28 diciembre 2009

El libre pensador.com


El camino a Soradan de Yoon Heung-gil
Guillermo Arroniz

«No puedo dejar que se pongan a cavar la tierra congelada con este invierno frío y ventoso. Aunque tenga que agarrarme de los testículos de un demonio, pienso aguantar como un animal hasta que llegue la primavera y el deshielo y puedan enterarme en tierra seca». Página 31.
«-En verdá que en aquella época había muchísimos locos y locas por todas partes. Claro, jué un tiempo en el que se producían tantas situaciones tristes, injustas e indignantes por todas partes que era imposible encontrar otra manera de seguir sobreviviendo más que volviéndose loco de remate». Página 71.
«Hacía tanto tiempo que llevaba el librillo allí, que sus bordes estaban gastados y deshilachados. No se sabía cuál era su contenido, pero seguro que no era nada decente. En la parte superior del librillo que sobresalía del bolsillo se veía escrito descaradamente el título en letras rojas sobre fondo blanco: Estamos ante una colección de relatos fuertemente ligados por un lugar y una situación, por unas características muy peculiares como lo son el estar contados por adultos que sufrieron durante su infancia una guerra civil, la que enfrentó al pueblo coreano y, supuestamente, a los sistemas capitalista y comunista. El planteamiento de la obra es impecable: una reunión de antiguos alumnos regresa al pueblo donde pasaron sus primeros años desde diferentes lugares del país, fundamentalmente Seúl. En el autobús que los lleva recuperan el acento de su región, que habían disimulado en la capital… Lo cual se ha traducido como si fuera un pueblo español del interior. Esto, sobre todo al comienzo, desconcierta, genera algunas sonrisas… pero finalmente se acaba comprendiendo como un elemento fundamental del hombre paisaje y de la recuperación de las raíces.
La noche de encuentro se convierte en un Cuentacuentos o en una sesión de memoria colectiva donde se comparten las historias que cada uno ha mantenido en lo más hondo de su corazón. Y todas beben de la infancia y de las circunstancias provocadas por la guerra: niños huérfanos, familias sin casas, hambre, peleas por representar en los juegos al bando llamado «nacional»… En este sentido hay ecos de lo que hemos escuchado de nuestros padres y/o abuelos y no pocos podrán entender la contradicción de la edad de la inocencia (por mucho que la crueldad de la edad temprana sea notable) y el mundo de la violencia que salta por los aires.
El estilo es directo, sencillo, pero poblado de esa fina poesía de los pueblos del lejano oriente. No hay juicios expresados directamente, más bien una serie de hechos que cada uno (el lector, claro) es libre de evaluar. No hay conductismo ni despotismo por parte del autor, sino un fino observador que nos cuenta sensibles historias para que las podamos casi contemplar con todo tipo de detalles. Hay una maestría genial en este conjunto unido de memorias, reales o inventadas pero veraces y completas. Hay un saber hacer que nos presenta los horrores de la guerra a través de los ojos de unos niños envejecidos o de unos adultos puerilizados… unos hombres incapaces de olvidar pero que han superado su pasado, en general. Y ahí es donde las historias cobran todo su protagonismo. Son preciosos en sí mismos, válidos en su individualidad, pero capaces de generar una atmósfera unificada, mutilada para ser alegre, aunque no para contar belleza y sensibilidad, porque los recuerdos son tristes, como lo es la crueldad del ser humano que se olvida de .que fue niño y nunca hubiera querido conocer de lo que es capaz cuando crece.
Libro para pensar y, a pesar de todo, para disfrutar con sus exquisitas formas, capaces de entender el mecanismo humano que cifra las esperanzas en el sonido de una campana… y n sólo cuando es niño.

21 diciembre 2009

La biblioteca imaginaria



A veces pienso que las casualidades no existen, que tiene que haber algo más para que se den las coincidencias. Tan sólo un ejemplo para reafirmar lo que digo: existen en el mundo lugares mágicos, localizaciones que atraen por igual a novelistas y poetas a lo largo de los siglos. No, no creo que sea casual, pero, ¿qué tendrán estas localizaciones para que resulten tan magnéticos, tan evocadores, tan profundamente inspiradoras? Tal vez lo averigüemos tras la lectura de El golfo de los poetas, la última novela de Fernando Clemot.

El famoso escritor Leo Carver vuelve tras treinta años al Golfo de los Poetas, lugar que marcara su juventud y zona turística italiana ideal para pasar las vacaciones estivales en familia. Sin embargo, las cosas en la familia de Carver no van del todo bien, y ni siquiera la tranquilidad que ofrece un sitio tan bello como éste podrán hacer que las mejoren. ¿Será culpa del sitio y los acontecimientos que sucedieron allí en el pasado? ¿Tal vez Mery, la amiga de Rocío, la compañera de Carver, sea un obstáculo demasiado alto que saltar? ¿O será el propio Carver el que no quiera que las relaciones sean buenas?

El protagonista y narrador de esta historia no es otro que Leo Carver, ese escritor en decadencia que ya sólo escribe best-sellers para mitómanos, el hombre infiel por naturaleza, el que todo tiene que apuntarlo en sus libretas pues ya apenas consigue recordar nada de lo que ha hecho o dejado de hacer recientemente. Se trata éste de un narrador engañoso, demasiado subjetivo, tremendamente influenciado por el alcohol, la autocompasión, los recuerdos que le atormentan desde hace tiempo, la falta de memoria y el egocentrismo. Es un guía atormentado, una sombra de lo que un día fue o él cree que fue, que no deja de darle vueltas a los mismos asuntos, con una intensidad sobrecogedora. A veces parece dirigirse a sí mismo en su discurso, otras veces se dirige a las mujeres a las que ha amado, o más bien, con las que ha compartido lecho, como si de verdad alguna vez le hubieran importado las relaciones que con ella mantuvo.

La mayor parte de la acción tiene lugar en El golfo de los Poetas, apelativo con el que se conoce al Golfo de la Spezia, un sitio especialmente significativo no sólo para este Leo Carver que vaga sin rumbo por su propia vida, sino para la literatura universal, pues aquí se dieron cita, entre otros poetas e intelectuales, Dante Alighieri, Lord Byron, Percy y Mary Shelley, Cesare Pavese y Marguerite Duras. No sabría decir que atrajo a estos y otros autores justo a este punto geográfico; pero, desde luego, dan ganas de visitarlo después de leer las descripciones que de la zona hace Fernando Clemot, de dar al menos una vuelta por las canteras, las playas y los bares para captar ese magnetismo.

Leo Carver, como decíamos anteriormente, no está sólo en esta idílica localización. Le acompañan, por citar tan sólo algunos de los personajes secundarios, su compañera, Rocío, esa mujer con la que apenas comparte el lecho; Selma, la preciosa hija adolescente de Carver y Mery, ese ser incómodo que no dice ni una palabra en todo el libro, la amiga que se antepone entre Rocío y Carver.

El golfo de los Poetas, en conclusión, no es tan sólo una obra que nos habla de un hombre decadente y atormentado, un alcohólico sin remedio en busca de la respuesta a una pregunta que lleva muchos años haciéndose, un ser que en realidad no quiere cambiar, sea cual sea esa respuesta; sino también un lugar al que acudir cuando queramos plantearnos hasta qué punto nos engaña nuestra memoria, cuanto de cierto hay en la percepción que tenemos del mundo o porqué nos empeñamos en distorsionarlo todo a nuestro antojo. ¿Acaso no te lo cuestionas tú también a veces?

Nunca he estado en el Golfo de los Poetas, tal vez debería ir un día allí. O tal vez no, porque puede que el sitio real no me agrade tanto como el que he conocido en esta novela. Lo que sí puedo decir es que merece la pena adentrarse en El Golfo de los Poetas de Fernando Clemot. ¿Te lo vas a perder?


Cristina Monteoliva

La biblioteca imaginaria


Hoy tenemos el gusto de ofreceros en La Biblioteca Imaginaria la interesante entrevista que nos ha concedido Fernando Clemot hace unos días vía email. Fernando Clemot ha tenido un buen año 2009: ha publicado su novela El golfo de los poetas (de la que hablaremos con él a lo largo de este artículo y, como siempre, hallaréis la reseña tras las palabras del escritor) y ha ganado el premio VI Setenil al mejor libro de relatos publicado en España por su libro Estancos del Chiado.


En fin, amigos, que no os entretengo más, aquí os dejo con la entrevista:


¿Cuándo comenzaste a escribir?

Lo mío con la escritura no fue algo vocacional ni nada parecido, de hecho pensando en el tema creo que indudablemente tuve que llegar a escribir de mano de la lectura, ya que desde muy joven sí que fui buen lector. No había escrito nada (con excepción de una historia de romanos que debí escribir con nueve años bajo el influjo de la serie Yo Claudio y Quo Vadis) hasta los veinticuatro años. Por entonces trabajaba en la administración y se organizó un concurso de relato corto en el que fui premiado. Aquello debió mover algo, como esas reacciones químicas de laboratorio, una primera eclosión moderada que afectó a la estructura de la composición, ya que aquel pequeño concurso hizo que me volcara de una forma decidida en la escritura.


¿En qué género te encuentras más cómodo?

En estos momentos en la novela. No escribo cuentos desde hace cinco años. Desde esa fecha hasta ahora he escrito dos novelas y creo que en estos momentos tengo más fresco el tempo de la novela, una forma de escribir no tan inmediata como la que exige el cuento, que creo que demanda un trabajo más de orfebre y de precisión que de largos plazos.


¿Imaginas tu vida sin la literatura?

No en estos momentos. Sobre todo por la lectura ya que, aunque me resulta molesto y me genera angustia, he podido pasar largas temporadas sin escribir. Dejar de leer y escribir sería una limitación excesiva, una carga que llevaría mal, desde luego, aunque creo que como cualquier imposición que limitara mi libertad.

Este año has publicado El golfo de los poetas y te han concedido el premio VI Setenil al mejor libro de relatos publicado en España, ¿qué ha supuesto todo esto para ti?

Posiblemente he ganado una visibilidad que no tenía. Aunque tanto “El golfo de los Poetas” como “Estancos del Chiado” eran libros escritos hace tiempo han sido en este año en que se han editado y han tenido repercusión. Antes había tenido una buena trayectoria en premios de cuentos pero lo del Setenil creo que ha sido una bonita conjunción de elementos, un hecho que posiblemente marque un antes y un después en mi carrera, tanto por la entidad del premio como por el hecho de que lo ganara desde una editorial minúscula y con una distribución manual. También que lo ganaran en años anteriores libros que luego tuvieron una gran notoriedad (en el caso de “Los girasoles ciegos”, o el de Pàmies y Fernández Cubas) y que en la final hubiera nombres y libros de relumbrón ( como los de Bonilla, Millás o Molina Foix) le ha dado una significación especial. Creo que este hecho demuestra que no todo el mundo de los premios literarios apesta (aunque una parte muy grande de los premios de novela están “pasteleados”) y queda todavía un espacio para los premios limpios y los jurados que no se mueven por intereses, amiguismos o manipulaciones. No lo digo porque ganara yo, si hubiera ganado Millás, Bilbao o Márquez hubiera sido igual de justo y limpio todo, pero seguramente al ganar un semidesconocido como yo se hizo todo más expreso.


¿Cómo surgió la idea de escribir “El golfo de los poetas”?

Buena pregunta. He tenido que pensar bastante ya que es una novela que empecé a escribir a principios de 2005 y cuyos primeros momentos tengo perdidos entre tinieblas. Creo recordar que se dibujó primero un escenario general que eran unas vacaciones en familia como fuente de conflictos. Las vacaciones son un escenario de tensiones inigualable: en ningún momento del año estamos más juntos y nos podemos odiar más y mejor que en unas vacaciones. Luego ya ahondé en una personalidad problemática como podía ser la del personaje central, Leo Carver, luego fueron apareciendo su mujer, su hija, y esa amiga o amigo insoportable que siempre hemos tenido que tragar en nuestras parejas. Recuerdo que aquellas primeras semanas busqué la casa donde tenían que pasar las vacaciones, como si realmente fuera a alquilarla, la busqué hasta que encontré unas fotos del tipo de casa que buscaba. Tenía jardín y estaba en cuesta; también tenía una piscina, tres plantas y estaba pintada de color crema. Era la casa de Leo. La memoricé en sus rasgos y también me dibujé un pequeño plano que me puse frente al ordenador. En todo momento traté que el espacio de juego fuera conocido, familiar, y la mejor forma de que eso fuera así era que yo lo sintiera como mío, que tuviera una imagen exacta del lugar donde tenía que moverse buena parte de la novela.

¿Cuántas veces has estado en el lugar donde transcurre esta historia?

He estado en Carrara, Pisa y toda la zona de costa de Toscana y Liguria bastante. En concreto la zona de Marina di Carrara me pareció un lugar hermoso y evocador. En pleno verano desde la playa hay una vista muy hermosa de las Montañas Blancas, las montañas del mármol con sus explotaciones mineras brillan como si estuvieran nevadas. Luego también desde los miradores que hay en la sierra (en concreto desde el de Campo Cecina sobre las canteras) se puede sacar material para el recuerdo, para una memoria atormentada que brille como el mármol en la oscuridad.


¿Y has escrito allí?

La verdad es que cuando estuve allí no escribí ni una letra aunque sí que bebí bastante y creo que para el lector de “El golfo de los Poetas” le resultará igual de reveladora una circunstancia como la otra. Por aquel entonces escribía muy poco.


¿Te sientes identificado con Leo Carver?

Leo Carver no es un personaje simpático. No es ningún arquetipo ni modelo de nada. Es un personaje extremo que sobrevive como puede a su instinto de destrucción aunque en este precipicio sin fondo en el que vive mantiene una cierta coherencia autodestructiva.


¿Crees que si su vida hubiera sido de otra manera si los hechos terribles de su juventud no hubieran llegado a suceder?

Si Leo Carver no hubiera tenido la historia de Val en la recámara hubiera buscado otra que le sirviera de excusa. Simplemente busca un punto, un elemento que le sitúe en el momento en que las cosas le empezaron a ir mal. Busca un chivo expiatorio en su pasado, un hecho que le haga pensar que si hubiera ido en otra dirección todo hubiera ido mejor. Es difícil reconocer de una forma directa un fracaso ( en este caso su vida) sin buscarle peros y circunstancias que atenúen el peso de nuestra culpa. En este caso la historia de Val es una salida, un recurso mental para ahuyentar un error de peso, un error de fondo.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en El golfo de los poetas?

El golfo de los Poetas es una historia intensa y dura, narrada desde un yo hegemónico y ambiguo. Hay un narrador poco fiable. No es evidentemente una historia divertida pero creo que si el lector acierta a entrar en la dinámica mental del narrador puede obtener un acercamiento a un infierno personal. Sería como acercarnos al fuego sin llegar a quemarnos las pestañas. También creo que es una novela que apuesta de forma definitiva por la palabra, por la palabra en su sentido cognitivo más profundo, no como vehículo de una historia sino la palabra como historia misma. Si dejamos de lado el valor de la palabra, del lenguaje, la literatura acabará semejándose cada vez a la imagen y en esa partida tenemos todas las de perder. Si nos limitamos a narrar una historia de forma aséptica convertimos la novela en guión, en pura imagen. En una época en que la imagen tiene un peso atroz la apuesta por la palabra es la apuesta por la literatura de principio.


¿Tienes ya nuevos proyectos?

Tengo una novela acabada y alguna en ciernes. También un libro de cuentos. Me gustaría cerrar en tres novelas un ciclo sobre la memoria y sus mecanismos. La memoria es seguramente el secreto (junto con la vida, el sueño y la muerte) más poderoso que albergamos los seres humanos. Me gustaría escarbar en los mecanismos que hacen que despierten los recuerdos de ese limbo oscuro en el que viven. Cómo funciona la memoria, cómo miente, cómo rellena lo que no ha ocurrido con recuerdos prestados… Creo que es un enigma y un campo de experimentación maravilloso. La memoria y sus secretos daría para una carrera literaria pero me gustaría dar mi granito de arena con este pequeño ciclo.


Muchas gracias, Fernando, por tus respuestas, tu tiempo y tus fotos de la presentación de El golfo de los poetas. Esperamos que el 2010 te sea tan favorable como el 2009, tanto en lo literario como en lo demás.


A vosotros, como siempre, queridos lectores, gracias por estar ahí un semana más.


Cristina Monteoliva

Encuentros de lecturas


Humo hacia el Sur es la nueva colección de bolsillo que Barataria dedica a las vanguardias latinoamericanas. En ella se van a ir publicando cada dos meses un par de obras de las vanguardias latinoamericanas que introdujeron la modernidad en aquella literatura y marcaron una transición imprescindible para renovar la novelística de Hispanoamérica. Se ha inaugurado con dos títulos: Un año, una novela breve de 1935, del chileno Juan Emar, al que Neruda consideraba nuestro propio Kafka, tranquilo y excéntrico, y La casa de cartón, del peruano Martín Adán, una novela lírica y descriptiva que refleja la capacidad poética de su autor y la intensa elaboración metafórica de su estilo.

Santos Domínguez

15 diciembre 2009

Encuentros de lecturas

Barataria incorpora a su colección Bárbaros, El camino a Soradan, una novela del coreano Yoon Heung-gil, conocido por Días de lluvia y por su celebrada adaptación cinematográfica. Una sucesión de historias en el viaje que hacen a Soradan un grupo de coreanos que han sido compañeros de estudios en su juventud. Ese regreso es también una vuelta a la infancia que rememora cada uno de ellos con unos relatos que son parte de su historia personal, pero también más que eso: el repaso de la realidad problemática de una época y unas circunstancias que provocaron la guerra que partió en dos aquel país del Extremo Oriente.

Santos Domínguez

Generación.net

EL GOLFO DE LOS POETAS
Fernando Clemot / Barataria, 2009


Por Guillermo Arroniz

La novela El golfo de los Poetas crea y destruye un mundo en siete días, como dice la historia bíblica que nos creó Dios, desde el cielo y las estrellas hasta la pareja humana. También aquí se pasa desde una llegada más o menos idílica de vacaciones con el cabeza de familia recuperándose de no se sabe qué accidente o enfermedad, a un final digamos que brutal. Por no decir más. El lector descansa el séptimo día y «disfruta» de lo que ha leído, dejándose que se pose después en su espíritu. Porque la novela es un torbellino espiritual que deja el corazón tocado hablándole de la memoria, los recuerdos dolorosos e infectos del pasado y los recuerdos recientes y sangrantes. El saber hacer literario de Fernando Clemot acaba de ser premiado por su última colección de cuentos. Es una magnífico momento para que, desde la alegría, nos hable de este libro triste:

Generación.net: Enhorabuena por tus recientes laureles. ¿Cómo te sientes?
Algo sorprendido con los del premio Setenil al mejor libro de
relatos. Me consideraba ya bastante halagado con que Estancos del Chiado estuviera entre el grupo de finalistas y quedar ganador por delante de libros de cuentos tan buenos como los de Jon Bilbao, Millás, Molina Foix o Bonilla me hace sentir muy bien. Creo que es una buena noticia también para las pequeñas editoriales. El libro fue publicado en una editorial pequeñísima, con una distribución manual y ha superado a otros libros que no tenían nada que ver con este perfil. Parece que queda un pequeño espacio para las editoriales independientes y para los nombres nuevos. Por ello, doblemente satisfecho.

G.n: ¿Qué significa para ti la memoria y qué papel juega, en tus palabras, en
El golfo de los Poetas?
La memoria es posiblemente uno de los campos más ámplios y desconocidos de la inteligencia humana. Sabemos qué es pero no conocemos demasiado como funci
ona. Por otra parte la memoria rescata recuerdos que permanecían a oscuras de una forma que a menudo podría parecer arbitraria, podemos estar contemplando una farola y que esa contemplación nos evoque una boda de hace veinte años o la entrada del colegio al que íbamos de niños. Entrelazamos recuerdos de forma caótica o desordenada, pero creo que simplemente desconocemos los mecanismos profundos de la selección que realiza nuestro cerebro.
Para un novelista la explicación de esta aparente arbitrariedad o su simple constatación puede dar alimento suficiente para una carrera literaria. La memoria representa en estos momentos una aventura para cualquier escritor, nos debería poner los pelos de gallina, como a aquellos exploradores de mitad del XVI que observaban un globo vacío en un mapa con el nombre de «terra incógnita».

G.n: ¿Cómo puede un hombre tan joven vestirse de un ánimo tan cansado, tan devastado como lo está el del protagonista? ¿Algún método Stanislavsky para escritores?
No, la verdad es que no he utilizado ningún método para meterme en la piel de un personaje tan desgastado como Leo Carver. La observación y experiencias personales bastan para elaborar una personalidad como la de él. El alcohol y el desengaño, la heroicidad y la miseria moral las encontramos expuestas en cualquier rincón. En cualquier bar podemos encontrar a alguién que nos contaría una historia que superaría a la que se narra en El golfo de los Poetas.


G.n: ¿Es mejor recordar u olvidar el dolor?
El dolor es una experiencia intrínseca al hombre. Lo sentimos desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. No lo podemos rodear. Quizá la mejor actitud ante él es trivializarlo, convertirlo en algo cotidiano; el dolor chaconvertido en rutina no asusta tanto, se deshace como un azucarillo en un mar de aburrimiento. Sería conveniente verlo tan natural como la felicidad o la apatía.


G.n: Siempre se ha dicho que de las equivocaciones se aprende, de hecho un método lleva el nombre «ensayo-error». ¿Tú crees en esa afirmación o eres de los que piensas que el hombre, no sólo es el único que tropieza dos veces con la misma piedra, sino que está eternamente condenado a darse de bruces?
El hombre es una animal tan orgulloso que raramente toma nota de sus errores con lo que se condena a repetir de forma continua los mismos, como en un cinta de Moebius. Socialmente, incluso se condecora a algunas conductas erróneas diciendo que pertenecen a personas «con carácter», que serían las personas que ahondan una y otra vez en los mismos errores y carencias. En esre aprendizaje estamos en la cola de cualquier especie, pero esa misma arrogancia nos hace a la vez interesantes.


G.n: Hay en tu novela, momentos muy, muy poéticos como cuando describes la luna reverberando en las canteras de Carrara, de las que ha salido tanta belleza... ¿amante inconfeso de la poesía? ¿O sólo coherencia interna de la novela?
El hecho que el personaje central sea un escritor me permitía jugar con un lenguaje, si se quiere llamar así, más alambicado, en el que me siento también bastante cómodo. El lenguaje es parte fundamental de la literatura, si nos limitamos a escribir crónicas o imitar el lenguaje periodístico. ésta acabará convirtiéndose en guiones o en puro periodismo, en imagen al fin y al cabo y, en una pugna de imagen, siempre vencerá la televisión o el cine. La lucha por que el lenguaje tenga peso por sí mismo, tenga una significación que muy a menudo se rechaza, es uno de los tableros de juego en los que se está moviendo el futuro de la literatura de los próximos años.


www.generacion.net


12 diciembre 2009

El camino a Soradan de Yoon Heung-gil


Literatura coreana
La Universidad de Málaga difunde la desconocida literatura coreana a través de un original certamen de ensayos.
Enrique Benítez


Los aficionados a la lectura que frecuenten este suplemento tendrán dificultades, estoy seguro, para pronunciar el nombre de algún escritor coreano. Y es que si la literatura japonesa cuenta con miles de seguidores en todo el mundo y una larga tradición de éxito y reconocimiento en Occidente, y si bien no está de más recordar el auge del cine hecho en Corea en los primeros años del nuevo milenio -con directores como Kim Ki Duk o Park Chan Wook deslumbrando a los aficionados con obras como «Hierro 3» y «Old Boy», respectivamente- , tampoco puede catalogarse como excesivo admitir sin ambages que la penetración de la literatura coreana en España se ha visto confinada a reductos académicos, a círculos muy especializados en el estudio de la cultura del extremo oriente y a despistados inconformistas capaces de arriesgar en sus elecciones más allá de lo que hacemos reputados lectores y otras especies paranormales de compradores compulsivos de libros.
Precisamente por estos motivos, por la singularidad de la literatura coreana -procedente de un país marcado a hierro candente por su historia contemporánea- y por su casi absoluto desconocimiento en España, brilla con luz propia esta iniciativa de la Universidad de Málaga, capitaneada por el profesor Antonio Doménech y secundada con entusiasmo por el Vicerrectorado de Cultura, que consiste en seleccionar un libro coreano y convocar un concurso de ensayos entre la comunidad universitaria. Ha sido una experiencia asombrosa que ha revelado la sensibilidad yacente en la comunidad universitaria malagueña, que ha competido con obras muy notables y permite albergar aún ciertas esperanzas respecto al oscuro destino cultural al que se precipita nuestra ciudad.
La obra elegida este año, «La cuchara en la tierra» (Verbum), es de fácil consecución, y se da la circunstancia de que en los días previos a la entrega de los premios de ensayo -ceremonia a la que asistió el embajador de Corea del Sur en España- han llegado a las librerías de Málaga dos volúmenes adicionales muy interesantes: la novela «El camino a Soradan» (Barataria) y la selección de relatos «Ji-Do, antología de la narrativa coreana contemporánea», editada en Buenos Aires por Santiago Arcos editor. Disculpen que no cite a los autores, lo haré más adelante.
«La cuchara en la tierra». Novela autobiográfica escrita por Hyun Ki-Young (1941), esta obra melancólica y sentimental es, sin embargo, un libro testimonial que se caracteriza por la penuria y la dramática infancia de su autor. Los recuerdos narrados comienzan a los cuatro años de vida de su protagonista, lo que sitúa la acción en los años finales de la ocupación japonesa -una terrible barbarie tras la que el país quedó asolado, con episodios filonazis de exterminio y prostitución masiva de mujeres coreanas al servicio del ejército japonés- cuando el hambre y el caos apenas dejaban resquicio para vivir con esperanza.
Perteneciente a una familia muy humilde, pronto desgarrada por la ruptura y los problemas de convivencia, sin embargo «La cuchara en la tierra» no transmite casi nunca tristeza y pesar y mucho menos rencor o maldad. Todo lo contrario. A diferencia de la narrativa hispana, por ejemplo, la filosofía vital del autor, enfrentado a toda suerte de calamidades, rodeado de sufrimiento, es una filosofía positiva, volcada con la naturaleza, con el equilibrio, con la belleza de las pequeñas cosas. Incluso las experiencias más horribles y dolorosas son descritas desde una suave distancia, con una perspectiva de melancolía. Predomina el buen recuerdo de una infancia en el campo, a pesar de la pobreza, la alegría por la libertad por encima de cualquier otro matiz negativo. A lo largo de toda la novela fluye el agua, símbolo de la naturaleza, tan amada por los coreanos, tan presente en sus vidas, y aunque la obra discurra por vivencias terribles, se lee con una sonrisa las más de las veces, porque la iniciación de su protagonista a la vida, sus recuerdos más imborrables, destacan por encima de consideraciones interpretativas, de lamentaciones por un destino mejor.
Escritor valiente, Hyun Ki Sung sufrió la cárcel y la tortura por abordar en sus primeras obras un episodio histórico que preside toda esta novela que estamos comentando: la masacre de campesinos de la Isla de Jeju (su zona natal) aplastada a sangre y fuego, silenciada por las dictaduras militares que gobernaron el país desde 1961 hasta 1987, y que sólo en los últimos años ha emergido del pozo de silencio al que fue arrojada.
Como introducción a la literatura coreana, «La cuchara en la tierra» es una novela acertada, ya que permite conocer la cultura de este lejano país de la mano de uno de sus escritores más reconocidos, y de una obra cuyo carácter autobiográfico la llena de fuerza y verosimilitud. En ella sentiremos el amor por la naturaleza y el respeto a las tradiciones que forman parte de su idiosincracia cultural, y su lectura nos ayudará a conocer y a apreciar los sutiles matices de una civilización milenaria y admirable.
«Ji-Do». Antología de la narrativa contemporánea. El argentino Oliverio Coelho, escritor y beneficiario de un intercambio cultural con Corea del Sur, ha seleccionado a ocho autores contemporáneos, nacidos entre 1922 y 1968. Cabe destacar que dos de ellos nacieron en Osaka (Japón) durante la Segunda Guerra Mundial. Beligerante y atrevida, cargada de intencionalidad política, esta sabrosa antología nos acerca a la creación más actual, a través de ocho relatos muy diferentes entre sí pero que tienen la capacidad de transportarnos, de nuevo, a ese alejado confín que es Corea del Sur.
En su prólogo, Oliverio Coelho llama la atención sobre la influencia de la política en la producción literaria. Y es que en Corea del Sur, más que clasificar a sus autores a partir de escuelas de pensamiento o de influencia estética, es la propia Historia la que se ha encargado de modelar sus estilo y temáticas. Un país invadido por Japón desde 1910 hasta 1945, que se enfrentó más tarde a una cruenta guerra civil (1950-1953) cuyo resultado fue su partición en dos mitades y su ubicación perpetua como frente de batalla de la guerra fría, un país que sufrió dos largas dictaduras militares (desde 1961 hasta 1987) no puede dejar indiferentes a sus intelectuales.
«El camino a Soradan». De nuevo la pequeña editorial sevillana de nombre quijotesco sorprende a su legión de admiradores con esta novela diferente, escrita este mismo año por Yoon Heung-gil (1942) y que ya está disponible en castellano gracias a una subvención de The Daesan Foundation. Me baso en las solapas ante la imposibilidad de acometer su lectura: «varios antiguos alumnos de una escuela secundaria se reunen en un autocar en Seúl para emprender un viaje sentimental hacia su pueblo. (...). Una vez allí contarán historias de su infancia, en las que irán apareciendo los problemas que ya entonces se gestaban en medio de la guerra: la aparición de las actitudes dictatoriales, la pérdida de la magia y las tradiciones entre un desarraigo creciente, la colonización cultural, el abandono del campo y el crecimiento abusivo de la ciudad y de sus miserias». Una novela prometedora que enlaza muy bien con «La cuchara en la tierra», haciendo de ambas lecturas un enriquecedor ejercicio complementario.
Una última consideración. Si leen despacio este último párrafo, descubrirán que posiblemente haya muchos puntos en común entre Corea y España, porque la guerra civil, la emigración del campo a la ciudad, la colonización cultural y la perdida de la magia y las tradiciones son también capítulos de nuestra propia Historia. Y sin embargo la mirada coreana sobre su propio pasado es tan diferente a la nuestra que sólo por descubrir esa positiva manera de ver las cosas merece la pena explorar ese camino desconocido que abre ante nosotros esta reveladora literatura. Arriésguese y acertarán.

La Opinión de Málaga








04 diciembre 2009

Humo hacia el sur

Escritor en Allak – Delirios pertinentes

Se dice de los pioneros que están locos, que son salvajes, e incluso se les acusa de cierta solapada actitud pendenciera, pero pienso que lo más destacable es su gallarda indiferencia; a hacer el ridículo, me refiero.
Y, aún más, su candor, su digna inocencia.
Los pioneros son los que van primero y no precisamente por vanidad, ni animados por una pura valentía rabiosa, qué va, lo que les mueve es el hastío frente al estado de excepción cultural de su época. Es decir: el aburrimiento. Estos pioneros son los mal tenidos por vanguardistas.
El vanguardista es un hombre sin alma, aquel que hace de la máquina su diosa, y así, esa máquina de la guerra que es el lenguaje, se convierte en su prometida. Su pluma insolente ha de buscar allá donde no se sabe qué hay: en el desierto. Y en el yermo imprevisto horizonte amplísimo es donde se afana en inventar sus más recónditas y benditas groserías lingüísticas.
Porque el buen vanguardista no se subyuga al terno de suave plumaje que adorna al laureado poeta y el digno ciudadano, ah, no, el escritor vanguardista le saca el pescuezo a la gallina por ver qué esconde dentro.
Y es que el buen vanguardista es necesariamente un orate. Aquel que se asombra con el milagro espontáneo del devenir libre del lenguaje. Y, por ello, del absurdo hermético del mundo.
Otra característica de los escritores vanguardistas es que deben ser necesariamente raros, pero no porque se lo propongan, sino por la disfunción con la que su mente –y consecuentemente, su prosa- divisan la extrañeza del mundo. Y así es como la exponen.
Pues su modo de utilizar el lenguaje juzga lo visionario, lo onírico y lo decadente como únicas humoradas posibles.
Estas son las coordenadas de las primeras vanguardias de los años veinte, las tenidas por vanguardias históricas.
De entre todas estas vanguardias, las menos conocidas tal vez hayan sido las latinoamericanas, y para ponerle remedio a este estado de cosas, nace la colección Humo hacia el sur. Se trata de una colección de necesaria estética funesta y bella negritud, como corresponde a los irredentos cadáveres hermosos, y están editados pulcramente por Barataria, al cuidado de la chilena Claudia Apablaza. Sus dos primeros títulos son La casa de cartón, del peruano Martín Adán y Un año, del chileno Juan Emar.
Comencé a leer la obra de Martín Adán en uno de esos días que se duplican, en los que uno lleva tal vez 30 horas sin dormir, echado en el sofá, con la magia nueva de la mañana y recuerdo que me pareció estupenda, excitante e inspiradora. Y, sin embargo, la vuelvo a leer ahora, en el alba del domingo, y me resulta incomprensible. Parafraseando al protagonista de la novela cuando dice que “no estoy seguro de mi humanidad”, se ha de asegurar que La casa de cartón no está segura de su ficcionalidad. Así, el libro es una evocación líricamente metafísica de la trascendencia de la mirada. De hecho, la escritura de Martín Adán, como corresponde al primer hombre fundacional de la vanguardia peruana, es un puro desconcierto de la memoria, de la que van surgiendo destellos poéticos en tanto que el protagonista pasa varios días en un sanatorio, profecía tal vez de los años finales de la vida real del escritor Martín Adán, que serían consumidos físicamente en sanatorios.
Hay en Adán una sobreestimación fabulosa de la poesía, y del poeta como ser supremo. Y de ahí surge la hermosura del libro, incomprensible como siempre es la belleza. La casa de cartón Perorata del Apestado de Gesualdo Bufalino, podría ser perfectamente una (pre)cuela de Un año, de Juan Emar, también parte de un engaño: un falaz diario anual, que consta de 12 capítulos tomando como base el día primero de cada mes. La estructura de dietario pronto muda a perfecta maquinaria de destrucción de sí mismo, de negación de cualquier simbología (por la vía de la inversión y la prosopopeya), de la lógica (anulando la necesidad de la estructura por el capricho temporal, o mejor, “atemporal”) y de la continuidad de la trama de la historia. La narración pues abunda en retruécanos, supersticiones vacuas y extrañas hibridaciones fantasiosas. Y es de ahí de dónde saca todo su humor descabellado. No en vano es conocido Juan Emar como el Kafka chileno (en palabras de Pablo Neruda). Un año cierra con un imposible viaje regenerador que hace el protagonista, en un barco llamado Orangután, hacia el sueño, y en el que le acompaña un enorme y amistoso alcatraz.
Tanto Emar como Adán mezclan en sus libros elementos tradicionales (incluso arcaizantes) y contemporáneos que al lector le resultarán tremendamente atractivos. Sus fustigamientos estéticos son una burla mesiánica principalmente hacia la convicción del orden y la dialéctica del clasicismo, que se manifiesta en una constante evidencia del artificio (explicitando que la unidad textual se consigue sólo por la voluntad del escritor), en la forzosa soledad del lenguaje (en cuyo seno es el poeta quien domina el abismo) y, en último término, en una confianza suprema en el hombre como instrumento de la modernidad.
Por ello son ambos libros delirantes, siguiendo el sentido que le da Vicente Huidobro en su Manifiesto de Manifiestos, diciendo que ““mientras que el ensueño pertenece a todo el mundo, el delirio pertenece a los poetas”.
El lector español encontrará que Emar es quizá más terrenal y Adán más áureo, pero sentirá que ambos podrían participar sin problemas de la greguería de Goméz de la Serna, que tan bien se conoce por aquí.
En estos momentos en los que en España se trata de reactivar el movimiento de vanguardia con el corolario de los así llamados escritores mutantes, encontrará el lector ibérico una oportunidad magnífica para descubrir las raíces polifónicas de una continuidad vanguardística y experimental que hasta ahora teníamos huérfana en las librerías de la península.

J.S. de Montfort.

01 diciembre 2009

El golfo de los Poetas de Fernando Clemot

Blues toscano: El golfo de los poetas de Fernando Clemot

Hay algo meritorio si un narrador se fija en la influencia que el espacio puede generar sobre sus personajes. Ser humano implica oler y prenderse de las auras que rezuman los lugares. En el caso de Leo Carver, escritor de éxito sumido en una destructiva vorágine, volver al golfo de los poetas es una última oportunidad de encontrarse y cerrar agrias cuentas con sus años mozos. La vida le ha sonreído y el exceso ha sido su fiel compañero de viaje. Sin embargo, entre el vicio múltiple y las noches en blanco emerge un hombre lúcido que en plena edad madura revisita su existencia, balcón al que se asoma desde una casa toscana en la que transcurre sus vacaciones junto a su hija Selma, su segunda mujer, una amiga de la misma y un infinito surtido de licores, dulce y borrosa compañía de angustia y reflexión.
Fernando Clemot (Barcelona, 1970) ha creado una novela centrada en dos ejes de delirio y búsqueda. El primero articula todo el estilo narrativo y desde el empecinado alcoholismo del protagonista surca líneas en las que la confusión del pensamiento se expresa en redundancias amorosas y un deslizarse por marasmos conocidos a los que se vuelve por inercia y un cierto deseo de inmortalidad. Carver está en decadencia pero aun así conserva su halo carismático, lo que le permite tener una solvencia para con los demás que alarga su agonía entre devaneos amorosos, juergas demenciales parecidas a una ejecución cronometrada y un proceder que se sabe patético y sobrevive sólo porque el cuerpo resiste con plena independencia respecto a su dueño, obcecado en acceder a clavijas de su primera edad adulta, factor clave de su quete en pos de alcanzar verdades y saber si la muerte de su gran amor fue un accidente o un fatal error de sexo, drogas y rock and roll. Para descubrirlo y superar un dolor muy profundo quedará con el marginado de su pandilla de la universidad, un jurista con el que comparte abandono y pérdida bajo el signo de trágicas circunstancias ante las que el hombre común poco o nada puede hacer.


29 noviembre 2009

Humo hacia el sur


Debo a la Claudia Apablaza el descubrimiento de Juan Emar. Ya daré más crítica-ficción sobre Un año, la "anti-novela" que ve acaba de ver la luz en la editorial Barataria con prólogo de Enrique Vila-Matas. Ahora dejo un blog que es dedicatoria a su memoria, para el lector curioso: Juan Emar/Umbral
Además de Un año, la nueva colección de Barataria con título Humo hacia el sur también nos presenta La casa de cartón, del escritor peruano Martín Adán. Prólogo de Vicente Luis Mora.