20 febrero 2009

Erótika, escenas de la vida sexual de Patricia de Souza

No es la primera vez que leo una autora de “América Latina” expresando ideas sobre la libertad sexual, la realización del cuerpo, el deseo de ser en su deseo. Sin embargo la fuerza y el ardor de las mujeres de los relatos de Patricia de Souza no consumen la esencia ni la delicada literatura que vibra en ellos.
Los relatos, breves, exentos de acento dramático o desgarrador, pero intensos, auténticos, de una sinceridad en la voz que se agradece, parecen escenas extraídas aleatoriamente de la vida de una misma mujer que a veces podría creerse que es la propia autora en una autobiografía parcial o deformada por un espejo roto en muchos pedazos. Sin embargo quedan patentes los rasgos identificativos de esas protagonistas, rasgos que las diferencian, especialmente en sus historias, pues en los sentimientos no se muestran muy lejanas unas de otras. Hablan en primera persona de los apetitos sexuales, de sus preferencias, sus fantasías, su iniciación… y en ellas late un feminismo activo, a veces casi se diría que añorante de los hombres y de una libertad de culpa que se les (o nos) atribuye como género, valgan tres ejemplos: “Recuerdo que esa vez yo me estremecí de placer. Pero muy pronto comprendí que ese placer se me hacía sentir como una falta, algo sucio, como yo fuese un ser que carecía del órgano prominente que tenían los varones, y entonces empecé a sentir mucha frustración”.
El otro. Página 37.
“Para un hombre debe de ser lo mismo, con la diferencia de que ellos pueden sentirse menos afectados si separan el deseo del afecto. Están menos señalados por la sociedad y sienten menos culpa. En suma, siempre he estado muy dividida entre mis ganas de ser independiente y mi necesidad de afecto, pero ¿es siempre necesaria esa división? ¿Por qué de una maldita vez no podemos sentirnos unidas en el deseo? ¿Por qué no podemos vivir las cosas con libertad sin temer la mirada de los de más ni sus juicios? ¿Es un error querer aproximarse a una misma, aceptar las debilidades, los límites? Ésa ha sido mi gran pregunta y mi reclamo constante. Y siempre he sentido que hablaba en el vacío… ¡Ahhhh! Yo sé que me agota tratar de arrancarle a la vida lo que no te ofrece”.
El otro. Páginas 44 y 45.
“Se sentía culpable porque toda falta, toda carencia, nos hace, aunque no lo deseemos, responsables: culpables, culpables”.
El primer hombre. Páginas 60.
Además de esta necesidad por conquistar una libertad sexual y una realización del cuerpo y sus apetencias, que son la vida misma, la esencia de las historias, los personajes se quejan de los hombres, de su falta de compromiso, de su vacuidad, de su incapacidad para comprender el ánimo femenino, mucho más sutil, cambiante pero permanente, mucho más complejo: “Lo miró: no tenía nada de guapo, era una persona de físico insignificante, pero la mirada de su tía había despertado su deseo y construido una cierta mitología alrededor de aquel hombre que parecía ordinario: pocas ambiciones, ningún sueño. Se detuvo a mirar los estantes: vacíos, ni un solo libro, sólo revistas sobre autos o deporte”.
La habitación vacía. Página 24.
“Siempre me han hecho saber que soy muy atractiva, la mayoría de los hombres me estimaba por mi belleza más que por mis ideas, y era, la verdad, agotador. Gustar puede crear una esclavitud irreversible, puede ser una carga más que una liberación. Yo he estado atrapada en mi cuerpo, en la imagen de mujer atractiva que siempre me han impuesto, sin que pueda hacer nada. Un rostro es un rostro, pero un cuerpo… nadie sabe lo que es un cuerpo si no es a través de un rostro que lo contempla”.
Francisco y yo. Páginas 106 y 107.
Sin embargo los hombres y sus imperfecciones o virtudes no son el objeto central de la obra. Lo son las mujeres y su relación con el sexo y a través de este con la vida. Y en el desarrollo de sus ideas, de sus idas y venidas, de sus gustos literarios en lo erótico, de sus trabajos y las experiencias con sus amantes (mayores o más jóvenes que ellas según los casos), Patricia se nos revela como una escritora con una importante vena poética, cálida y húmeda como una flor en mitad de la selva, de un fuerte colorido que queda empañado por el vapor del mismo agua que la rodea: “Él llegó, hermoso como si fuese a una fiesta de bodas, o a un sacrificio. La camisa blanca marcaba sus músculos delgados y se había puesto una sortija en el dedo meñique”.
“Entonces imaginé una escena que siempre me ha acosado, la de Jacob en su lucha con el ángel, escena bíblica que para mí representaba la lucha que cada hombre (o mujer) tiene que librar contra su propio deseo; lucha que muchas veces exige ser valiente y perder el miedo a exponerse y entregarse”.
La escalera de Jacob. Página 77.
Por último, llama la atención la curiosidad de ver un Madrid de fondo en uno de los relatos, donde parece que la autora sitúa el antiguo ayuntamiento en la Plaza Mayor (quizá en realidad la Casa de la Panadería), lo que nos muestra una fisonomía de la ciudad subjetiva pero muy sugerente, pues es cierto que la fábrica no se diferencia demasiado de aquella de la Casa de la Villa: “Llegué antes de la hora y tuve que pasear bajo los soportales de la Plaza Mayor, observando a los vendedores de estampillas… No sé qué pudo suceder en aquel encuentro, pero mientras avanzaba para cruzar la plaza, un ruido agudo me atravesó los oídos, me hizo mirar la parte alta del ayuntamiento, como si algo me fuera a caer encima, produciéndome un sentimiento de pérdida y de vacío”.
La infancia. Página 110.
En resumidas cuentas una obra especial de pequeñas historias que nos hacen pensar sobre los deseos y el deseo de la mujer como algo siempre inexplorado y siempre inexplicado, incapaz de ser analizado bajo la luz de la lógica, sino de la carne y el ritmo, el alma y la apetencia. Una sucesión de relatos donde se defiende con rotundidad una forma y mil formas de situar el sexo en el corazón de la vida… de la mujer.

Guillermo Arroniz
El libre pensador


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