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18 junio 2010

Colores de Remy de Gourmont y Odilon Redon en Culturalia



Orgía simbolista policroma: Colores de Remy de Gourmont y Odilon Redon

Es de agradecer que en medio de la crisis más que económica algunas editoriales decidan mojarse con obras que superan la calidad media, como si con su apuesta quisieran decirnos que otro tipo de edición es posible. Las penurias monetarias han llevado al sector a una situación que en muchos casos se traduce, si bien durante este período han surgido sellos más que interesantes, en publicaciones donde, más que la magia del libro, se pretende vender un contenido textual desnudo. A veces el envoltorio, lo que da caché a la obra por belleza y cuidado en los detalles, está en su interior. Sucede en la joya que nos brinda Barataria, alhaja simbolista en la que un escritor de gran sensibilidad, Remy de Gourmont, se une a un pintor precursor, Odilon Redon, para hablarnos de personalidades, amor, hombres y mujeres.
Colores parte de una premisa y la cumple. La narrativa tendría que ser escrita como si de poesía se tratara. Así fue en Grecia y así tendría que ser en la contemporaneidad. Los motivos son simples. Cada frase ha de contener una fuerza que además del mensaje considere el encanto del verbo en grado superlativo para evitar nimiedades, rellenos que anulan virtudes. Gourmont nos regala 18 pigmentos que son los estados anímicos y sentimentales del alma humana. El escritor sufrió una enfermedad degenerativa que fue deformando sus facciones. Su obsesión por lo bello es comprensible, y en sus breves cuentos, delicias acompañadas por el pincel de Redon, aprehendemos las varias parcelas que configuran el amor y el palpitar. A veces no basta con un abrazo o un beso, cuenta más el después, la reacción de la amada tras los actos supremos, que pueden desvanecerse si las clavijas no se sitúan en el punto justo de cocción, que es la comprensión del otro, empatía que produce la unión de los parecidos en un magma indisoluble que en ocasiones se limita a una gozosa temporalidad.
Las historias de Colores son una Biblia abierta que incita a meditar más sobre los que nos rodean. Todos tendríamos que ser el juez que a partir de la lectura de unos ojos puede entender sin pestañear los entresijos de la joven acusada de envenenar a su dueña, verdes pupilas de vida y efemérides aun por ocurrir, futuros encerrados en partes corporales que admiramos pero no solemos tomar demasiado en serio. Dentro de nuestra sociedad impresionista se tiende a ir demasiado deprisa con las minucias significantes, cuadros reales que transmiten verdades desdeñadas por la aceleración. Gourmont da al todo un dramatismo propio de su época, exceso de la inquietud que en la segunda parte del libro, Antigüedades, adquiere trazos de anómala filosofía del espacio. Memorable es el fragmento dedicado a la Tour Saint Jacques, construcción pasada de moda que por eso mismo, a la vejez viruelas, es protegida por rejas que la preservan de la estupidez y la degradación. Otras piezas se sumergen en el surrealismo y plantean situaciones inverosímiles. Un hombre accede a una especie de reserva protegida donde conoce las exquisiteces de la mujer, un animal desconocido, una bestia sublime que lo descoloca y le hace comprender donde recae la soberanía estética. Pues si algo depara la lectura de Colores, y sus magníficas ilustraciones que merecerían otro artículo, es comprobar sin asombro, porque quien escribe es devoto, que la feminidad es un arma del deleite, y no sólo desde una perspectiva publicitaria, sino desde una totalidad eterna que se puede apreciar plenamente mediante rayos que iluminan el camino y lo hacen más transitable, digno y embelesador. Detalles.

31 mayo 2009

Colores de Remy de Gourmont y Odilon Redon

CUENTOS
REMY DE GOURMONT: CALORES Y COLORES

Remy de Gourmont defendía que toda novela que se preciase debía ser concebida y ejecutada como un poema. Ponía como ejemplos la versificación de la Odisea o la Eneida, pero también señalaba que Pantagruel, Don Quijote o Salambó estaban vertebradas mediante un informulado ritmo poético. Para reforzar esta afirmación, citaba la correspondencia de Falubert donde este revela las lógicas narrativas de Madame Bovary: «Es preciso dar a la prosa el ritmo del verso (dejando la prosa muy prosa; sin alterarla, eso sí, en lo más mínimo) y escribir la vida corriente como se escribe la historia o la epopeya.» Además de poetizar su prosa, Remy de Gourmont requería en el cuento otra condición imprescindible. «Es necesario, para escribirlo, la ilusión, por lo menos fugaz, de que se es feliz.» Escribir, para Remy de Gourmont, suponía un acto donde se armonizaba la poética y la experiencia gozosa.
En el último tercio del siglo XIX y principios del XX coincidieron en Francia un elenco de escritores. Destacar entre esos eximios literatos, incluso poseyendo talento y modos, suponía una ardua tarea. Remy de Gourmont (1858-1915), aunque de manera discreta, lo lograría. Tras estudiar Derecho en la Universidad de Caen, se instalará en París en 1879. Allí dirigirá una sección de la Biblioteca Nacional y, al mismo tiempo, colaborará en el diario Le Contemporaine y en la revista de arte La Vogue. A finales de los años ochenta se emparejará con Berthe de Courrière, modelo y heredera del escultor Auguste Clèsinger. En su novela Sixtina (1890), Remy de Gourmont se inspirará en su amante. Joris-Karl Huysmans también recurrirá a Berthe de Courrière como referente para su novela Lá-Bas. Por un artículo publicado en 1891 (Le Joujou Patriotisme), donde critica el chovinismo francés, Remy de Gourmont recibirá virulentas críticas, será despedido de la Biblioteca Nacional y los diarios en los que colaboraba le cerrarán las puertas. Sólo pudo seguir escribiendo en el Journal, gracias a la intermediación de su amigo Octave Mirbeau. En 1889, Remy de Gourmont, junto con Alfred Vallette, Louis Dumur, Ernest Raynaud yJules Renard fundará la revista Mercure de France, complementada cinco años después con una editorial que todavía perdura (actualmente pertenece al grupo Gallimard) y que tuvo a principios del siglo pasado una influencia hegemónica en los medios literarios franceses. Paul Léautaud, en su extenso journal littéraire, ha dado minuciosa cuenta de la fecunda trayectoria literaria de los escritores que participaron en Mercure de France. Afectado por un lupus que le iba deformando físicamente, Remy de Gourmont se retirará de la vida mundana parisina. Morirá en 1915 a causa de un infarto cerebral. Su obra abarca la poesía (Jeroglíficos,
Oraciones malas), el teatro (Lilith, Teodato) y la novela (Merlette, Sixtina, Prosas morosas, Una noche en Luxemburgo, Un corazón virginal); no obstante, a mi entender, es en los artículos periodísticos y los relatos breves, reunidos luego en libros, donde su estilo brilla con más intensidad y mejor aquilata el sentido de los temas tratados.
Podemos constatar una muestra de ese talento narrativo en Colores, compilación de relatos breves, que exquisitamente acaba de publicar Ediciones Barataria, acompañados con dibujos simbolistas de Odilon Redon (la mayoría de ellos, coloreados con mórbidos tonos pastel, representan a mujeres espectrales o con los ojos cerrados evocando un mundo onírico). En esta edición, junto a los trece relatos que componen Colores y que dan título al libro, se agregan otros dieciocho textos bajo el epígrafe de "Antigüedades". Todos los relatos tienen a la mujer como protagonista. Son concisos y directos, con prosa (poética) elocuente y precisa, más cercanos al naturalismo que al simbolismo. En Colores, Remy de Gourmont vincula simbólicamente un determinado tono cromático con un aspecto voluptuoso de la mujer. Los personajes femeninos que describe pertenecen a diversas clases sociales: campesinas, princesas, viudas burguesas, niñas párvulas, solteronas, beatas en lo público e infieles en lo privado, amigas o hermanas compitiendo entre sí en la artera caza de un marido... Son mujeres que entregan fácilmente su cuerpo, avariciosas, calculadoras, pérfidas e incluso criminales. Los hombres -sin coste social o moral- son los principales beneficiarios de esos cuerpos, cuya relajada sexualidad temen y, a la vez, anhelan.
En años de vida de Remy de Gourmont proliferaron los discursos misóginos. La constricción de la mujer a un modelo predeterminado ya no se ejercía a partir de la religión, sino desde la moral burguesa, usando para ello la literatura, el arte y determinadas disciplinas médicas. Brani Dijkstra, en su excelente ensayo Ídolos de perversidad, pormenoriza, especialmente en el arte, los distintos imaginarios femeninos que transgredían o cuestionaban el canon burgués de mujeres castas, sumisas, maternales y recluidas en su casa como "sacerdotisas de la inanidad virtuosa" o "monjas hogareñas". Las mujeres que se desviaban de ese modelo canónico serán consideradas infames, diabólicas (como las calificaría en una de sus obras Jules Barbey d'Aurevilly) o bien enajenadas. Uno de los paradigmas de perversión por entonces, como señala Elisabeth Roudinesco en Nuestro lado oscuro, será la mujer anómica a la que tipifican y medican- como histérica. Asimismo, los tratados médicos de antaño adjudicaban a las mujeres un remanente de animalidad que les hacía proclives a los placeres impúdicos y desordenados. Las mujeres perversas, en tanto que encarnación del mal, seducen fatalmente al hombre (Circe, Dalila, Judith y Salomé), le tientan para apartarle de su recto proceder (como a San Antonio), se aferran a él hasta hundirle (metáfora de las sirenas) o le absorben su vida y fortuna (súcubos y vampiras). Al cabo, la imagen misógina por excelencia es aquella que presenta a la mujer como atracción carnal que esconde, al mismo tiempo, una amenaza mortífera en potencia. Ese sentimiento ambivalente, de deseo y terror, es atávico en el hombre.
Los cuentos de Remy de Gourmont reunidos en Colores y Antigüedades -epígonos de las Thérèse Raquin, Nana o Madame Bovary- contribuyeron también en la estigmatización de la mujer perturbadora o perversa. Qué duda cabe que hoy en día son cuentos "políticamente incorrectos". No obstante, ese prejuicio sexista que los fundamenta no empaña su excelente factura literaria. Gourmont no juzga a las mujeres, sólo expone un determinado carácter voluptuoso tópico en su época. Incluso, se podría decir, que en estos relatos hay una cierta ternura y comprensión a favor de la mujer "ligera" o "perdida". Una última consideración respecto a este tipo de relatos: la mayoría de los autores no tenían como prima ratio una intención misógina, sino que alardeaban de expertos conocedores del alma femenina. ¡Qué ilusos!

Alberto Hernando
Revista Letras Libres
Mayo 2009


31 marzo 2009

Colores de Remy de Gourmont y Odilon Redon

Barataria, una de las siete editoriales a las que se concedió el Premio Nacional a la Mejor Laboral Editorial 2008, comienza el año con la creación de una nueva colección, que bajo el título de «Uno más uno» agrupa en las mismas páginas a un autor y un ilustrador. Esta circunstancia los hace especiales, pero su formato -16x 15 cm- los convierte también en un auténtico lujo de bolsillo. Los dos primeros títulos de la colección tienen a la mujer y al erotismo como centro temático. Erótika, escenas de la vida sexual de la escritora peruana Patricia de Souza, habla de un tema que a muchos les parecerá revolucionario: la aceptación del cuerpo y la búsqueda del placer, no sólo como una experiencia sensorial y sexual, sino también como una búsqueda de identidad. Sus relatos están protagonizados por mujeres que explotan y aceptan su sexualidad, y a la vez por hombres seducidos por la fuerza sexual de algunas mujeres. El libro ha sido ilustrado con fotografías de Ana Moreno Meyer. Por otro lado, Colores, del escritor normando Remy de Gourmont, se compone de dos partes. En la primera, titulada de forma homónima, hay trece cuentos, trece colores, uno para cada mujer, cada carácter y cada aspecto del erotismo: la ávida, la masoquista, la ridícula, la perversa, la sádica, la inocente, la iluminada, la asesina... En la segunda parte, Antigüedades, los relatos son como pequeños poemas en prosa de un erotismo doloroso y ambiguo. El libro está ilustrado por las imágenes del pintor francés Odilon Redon, considerado uno de los precursores del surrealismo.

Alex Oviedo
La Pérgola
El Periódico de Bilbao

02 febrero 2009

Colores de Remy de Gourmont y Odilon Redon


Si yo tuviese que escribir la vida de Cleopatra, la escribiría en verde, en verde Nilo, como es natural, y no creo que nadie se atreviera a contradecirme. Escribir vidas o cuentos en tal o cual color es lo que he intentado aquí.
De esa manera explicaba Remy de Gourmont el papel determinante que tienen los colores en la vida. Es parte del prólogo de un libro exquisito, Colores, que reúne a Remy de Gourmont (1858-1915) y a Odilon Redon (1840-1916). Lo publica Barataria en su colección Uno más uno.
La primera edición francesa (Couleurs, suivi de Choses anciennes) apareció en 1908 y en 1921 ya hubo una traducción española de Julio Gómez de la Serna en Biblioteca Nueva.
Entre colores fríos y calientes, entre el relato corto y las escenas de un diálogo teatral, en la primera parte del libro hay trece textos sobre trece colores, sobre trece mujeres y trece caracteres definidos por cada color, sobre trece maneras de vivir el erotismo. Subrayados por trece imágenes de Odilon Redon, un pintor contemporáneo de Remy de Gourmont, están aquí el amarillo de la moneda de oro, el negro inolvidable de una dalia en jardín normando, el alma azul de dos amantes adúlteros, el violeta de las solteras o la triste desazón del cinzolín, entre el violeta y el rojo.
Y es que –explica Remy de Gourmont- hay mujeres azules, las hay rosas, malvas o rojas. Es decir, que no puede uno representárselas más que asociadas a uno de los siete colores o a una de esas tonalidades.
El libro se completa en una segunda parte –Antigüedades- , con dieciocho cuentos cortos que están muy cerca en su técnica y en su tensión expresiva del poema en prosa. Frente al cromatismo intenso de las ilustraciones de la primera parte, predominan en estas Antigüedades los negros y los grises en una técnica expresionista que culmina en un Dibujo a lo Goya y en un magnífico texto, Iter ad Luxuriam.
Rubén Darío, que matizó el simbolismo cromático como nadie hasta entonces en español, habló de ambos, el escritor y el pintor, con fervor de discípulo y reconoció siempre en Gourmont un maestro del refinamiento que le enseñó a mirar la realidad y en Odilon Redon un ejemplo de
pureza y ensoñación visionaria.
Al evidente acierto de reunirlos en un libro se anticipaba Remy de Gourmont cuando escribió estas líneas: no pretendía con este entretenimiento reformar la estética ni revolucionar las normas del arte de escribir. Jugué, sencillamente, con una caja de lápices de pastel; me gustaban los colores por ellos mismos, uno por uno, como al singular y gran artista Odilon Redon, cuyas flores resultan tan vivas que quiere uno respirarlas.

Santos Domínguez
Encuentros de lecturas

28 enero 2009

Colores de Remy de Gourmont y Odilon Redon

Pocas veces se encuentra uno con ediciones de autores simbolistas, flor rara entre los estilos por su corta vida en comparación con otros, y menos aún con libros tan cuidados como éste.
Además de la novela A rebours, de Huysmans, y de fabulosos poemas, el simbolismo también abarcó los relatos, como es el caso y el mundo de las artes plásticas en general. Odilon Redon fue uno de los pintores que la crítica ensalzó por encima de otros con mayor dominio del dibujo, como podría ser Gustave Moreau, por ser un precursor del Surrealismo y avanzar en el sorprendente proceso evolutivo del arte. Sus dibujos y cuadros, sus pasteles, son un magnífico acompañamiento para esta obra, en la que cada cuento de la colección Colores es como una bella poesía en el mejor de los sentidos y sin perder su fuerza narrativa, absolutamente magnífica e ígnea. Ya en el “prólogo” el autor muestra su convencimiento de que una novela, si ha de ser algo, tiene que ser un poema “La novela no requiere una estética diferente a la del poema… de sus orígenes conserva la novela la posibilidad de cierta nobleza… toda novela que no es un poema, no existe”, página 7. “La novela no habla más de los amores posibles; la historia habla de los amores auténticos, atestiguados por cartas y reliquias” (Violeta, página 68).
La fuerza metafórica, simbólica, de las flores, las telas y los colores se hace presente a cada paso de esos relatos que nos presentan mujeres perversas, inocentes, avariciosas, lujuriosas o amorales en un espectro que abarca colores primarios, no-colores (blanco y negro) y tonalidades poco comunes como el cinzolín. La prosa es cuidada. Hay economía de palabras, de gestos, pero no de descripciones fundamentales y precisas, con la perfección de pinceladas geniales. “Era un camino hondo y abandonado que conducía a una antigua cantera. Ella andaba deprisa evitando las zarzas, rozando las retamas, las madreselvas, las digitales que se entretejían caóticamente en aquel agujero sombrío de arena y piedras que las ramas de las hayas, de los fresnos y de las encinas resguardaban con su manto verde y tupido” (Amarillo página 23).
Se respira una admiración y una crítica simultáneas a la mujer, muy en la línea de la idolatrada Salomé, mito del fin de siglo, aunque sin malditismo y sin deificación. “Un filósofo habría encontrado en aquella niña esa pasión por el sufrimiento que los curas han explotado tanto en las mujeres, que no es nada rara, y que enamora a los hombres porque halaga su vanidad…” (Cinzolín, página 98). “Pauline pasó en el confesionario media hora muy agradable. A medida que se desprendía de los pesados frutos del pecado, el árbol aligerado enderezaba sus ramas y recobraba su actitud primaveral” (Malva, página 133). Ni uno solo de los breves cuentos es desaprovechable. Todo es finura, precisión, belleza versicular.
Para terminar de completar el libro, se añaden una serie de relatos muy breves (hoy algunos estarían clasificados como microcuentos), bajo el título agrupador de Antigüedades, de un sarcasmo, de una violencia negra, amoral, definitivos. Para ilustrarlos se pasa al Odilon Redon
que seguía las lecciones de Goya en sus Pinturas negras, inquietantes, profundas, capaces de colarse en nuestros sueños para convertirlos en pesadillas inexplicables o en aventuras grises de viajes al subconsciente. “-Mire como son –murmuraba el viejo entristecido- estos viejos europeos… Guardar y rodear de verjas unas piedras deformes y decrépitas… ¿Y por qué? Porque son viejas” (La torre Saint-Jaques, página 181).
En conjunto la obra destila una ligera amargura triste mezclada con una sensibilidad para captar los pequeños rincones de la vida y disfrutarlos siquiera de lejos, como espectador con microscopio; una ironía punzante con un detenimiento propio de abeja que liba para dar la mejor de las mieles, aunque a veces la flor pueda llevar en su polen un poco de veneno. “-Vengo –dice la Sombra- para recordarte también el olor de las cicutas, de las supremas cicutas cortadas en el verdor matinal; para recordarte la cicuta y su olor insólito y asesino” (Las alegrías elementales, página 201).
¿Quién puede pedir más?

Guillermo Arroniz
El libre pensador