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31 octubre 2010

«Performance», de Fernando Sánchez Pintado



Una novela de ambiente carcelario obra de un escritor que en su día estuvo preso y fue después alto cargo de Instituciones Penitenciarias. Performance también es el relato mordaz del ansia de poder, de la inanidad de las instituciones culturales que crecen a su sombra, de la trayectoria de unos personajes que se entregan en cuerpo y alma a él y de aquellos otros que tratan de huir inútilmente de su atracción.

¿Qué puede llegar a ocurrir cuando un publicista con grandes ideas descubre que la cárcel, el panóptico, puede ser vista no sólo con los ojos de carcelero que vigila, sino también con la mirada del público que contempla como en un museo la performance perfecta: hombres que se mueven en su agujero, que no pueden liberarse y están condenados a exhibirse como materia del arte?

Performance es el retrato de dos mundos: el de la marginación social y el del poder, el de las cárceles y el de la cultura institucionalizada. Dos mundos que, en apariencia, están completamente separados y cuyas relaciones se basan en la dominación y en la exclusión. Sin embargo, a lo largo de la novela se van mostrando cada vez más interrelacionados, cada vez más próximos.

La novela gira en torno a la reclusión. Pero no es únicamente la de los presos, la del espacio cerrado de las cárceles, sino también la de quienes los vigilan, la de quienes las dirigen y, a veces, se esfuerzan en hacer de esa marginación extrema algo humano, e incluso la de quienes pretenden embellecerla, convirtiéndola en un producto cultural más en una sociedad en la que todo, hasta el sufrimiento de la prisión, parece que ha quedado reducido a espectáculo.

01 octubre 2010

La marginación como espectáculo



Performace es el retrato de dos mundos: el de la marginación social y el del poder, el de las cárceles y el de la cultura institucionalizada. Dos mundos que, en apariencia, están completamente separados y cuyas relaciones se basan en la dominación y en la exclusión. La novela gira en torno a la reclusión. Pero no es únicamente la de los presos, la del espacio cerrado de las cárceles, sino también la de quienes los vigilan, la de quienes las dirigen y, a veces, se esfuerzan en hacer de esa marginación extrema algo humano, e incluso la de quienes pretenden embellecerla, convirtiéndola en un producto cultural más en un sociedad en la que todo, hasta el sufrimiento de la prisión, parece que ha quedado reducido a espectáculo.
Performance también es el relato mordaz del ansia de poder, de la inanidad de las instituciones culturales que crecen a su sombra, de la trayectoria de unos personajes que se entregan en cuerpo y alma a él y de aquellos otros que tratan de huir inútilmente de su atracción. Sin embargo, en esos espacios cerrados, tanto dentro como fuera de las cárceles, son las víctimas quienes, sin fuerza y casi sin voz, mantienen la esperanza.
Fernando Sánchez Pintado (Madrid, 1950) es licenciado en filosofía y administrador civil del Estado. Ha publicado poesía en la revista Hiperion y las novelas Un tren puede ocultar a otro (Endymion, 2004), Contrariar al zurdo (Barataria, 2006) y Performance (Barataria, 2010).

Revista de la Policía
Junio-Julio 2010

10 septiembre 2010

Polifonía: "Performance"




La polifonía en narrativa no es un descubrimiento del siglo XX, pero se ha experimentado “de otra manera” en ese siglo que terminó. En el siglo XX la polifonía narrativa la reinventa Aldous Huxley en Contrapunto. Es de 1928. Pocos años después se publica la primera narración polifónica moderna española, en ese estilo, una novela poderosa, magnífica: Vida privada, de Josep Maria Sagarra, 1932. La polifonía requiere un narrador que sea un maestro. Eso sí, tiene una ventaja: la caracterización de los personajes puede ser más fácil. A excepción de los protagonistas, sin duda.

Hace pocos años José Abello Flórez daba una de las novelas polifónicas más importantes de los últimos años (¿de los últimos treinta o cuarenta años…?). Su título, Jugadores de billar. No se sorprenda si no la conocen. La publicó una editorial importante, que de inmediato debió de arrepentirse de ello por alguna razón.

Ahora nos llega una novela de ese estilo: Performance, de Fernando Sánchez Pintado (Madrid, 1950). Es el contrapunto. Es una fuga a varias voces. Para concluir con un episodio en el que las voces principales llegan al enfrentamiento y la solución y la disolución. Más allá del “descanso tonal”. El mundo de Performance se nutre de carceleros. Carceleros humanistas. O carceleros rutinarios. O carceleros reformistas. O con mala conciencia. O carceleros tocados por algún grado de corrupción. Incluso carceleros que casi nunca pisan la cárcel y dirigen desde el ministerio la maniobra de la reforma y los recodos de la redención.

Ahora bien, aunque la acción de Performance se da sobre todo fuera de las cárceles, su mundo se nutre también de encarcelados. Recuerdo aquella vieja parábola teatral de Manuel de Pedrolo: Homes i No. Resulta que el carcelero estaba a su vez encarcelado. Algo de eso hay en uno de los protagonistas, veterano de la profesión, uno de esos hombres a la antigua guiados por su interior, no por los demás. Él se siente así, y trata de demostrar su libertad improbable mediante ausencias, convivencias en el margen social y cierto enfrentamiento final al que ya hemos aludido y que no debemos desvelar.

Este carcelero desengañado (Ferreras) no se enfrenta al cínico ni al corrompido. Sólo que su oponente, su superior (Sandoval), lleva adelante una política lo bastante ambiciosa como para no tener más remedio que “tragar” con el cinismo y la corrupción. Pero la performance, la gran experiencia sico-teatral que se prepara en esta novela (casi, casi como la comisión de Kakania preparaba ciertos festejos, ¿recuerdan?) es obra de un personaje secundario, Blasco. A la política del gesto teatral (¿y de la mentira?) le sigue la política de las nuevas formas de apariencia vanguardista. Como eso que se llama performance, y que no es teatro ni nada codificado hasta ahora. Sino otra cosa, con mucha provocación. No valoremos si es mejor o peor.

Nuestro novelista no confía en la literatura y el cine carcelarios, visión “que no refleja el sentido profundo del universo carcelario, de una institución total de la que forman parte no sólo los presos sino los propios carceleros y todos aquellos que giran en torno a ella: responsables políticos, jueces, comunicadores...”

Hay más personajes, claro. Esto es polifonía, dijimos. Algunos de ellos van más allá del hallazgo feliz, como ese tal Chivas, que fluctúa entre la cárcel y la disolución. Hay personajes femeninos importantes, como esa mujer que no sabemos si se desdobla en dos, si consiste en dos, o si no tiene nada que ver con la segunda. El estallido final, la “secuencia” última nos lleva a pensar que Performance, escrita antes de estrenarse Celda 211, de Daniel Monzón, podría ser un contrapunto (de nuevo la polifonía) a esta película que el año pasado fue de lo más destacado de la cartelera. Un contrapunto en el sentido de otra historia distinta e incluso opuesta.

Fernando Sánchez Pintado no se sirve sólo de una doble experiencia carcelaria para escribir este relato contrapuntístico. La imaginación es imprescindible para dar vida a este tipo de mundos complejos y entreverados. “Cualquier obra, si excluimos las estrictamente autobiográficas, dice el autor, trasciende por entero esa experiencia (autobiográfica)”. Esta novela no es parábola de lo que ocurre fuera, aunque haya paralelismos innegables.

Performance la publica Barataria. Fernando Sánchez Pintado ha publicado dos novelas antes que ésta: Un tren puede ocultar a otro (Endymion) y Contrariar al zurdo (Barataria).

07 julio 2010

El otro Miguel Hernández de la cárcel



Fernando Sánchez Pintado ambienta su nueva novela en la antigua prisión palentina, donde estuvo preso en 1973.


Durante varios meses de 1941, en los primeros años de la dictadura, permaneció encarcelado en la antigua Prisión Provincial de Palencia el célebre poeta Miguel Hernández, a quien se le había conmutado la condena a pena de muerte por la de treinta años de cárcel. Su delito fue apoyar a la República en contra del Ejército nacional. Si esto ocurrió en los albores del anterior régimen, en su agonía se repitió la historia. Durante unos ochos meses de 1973 fue encarcelado en el penal palentino un joven anarquista que había luchado contra la dictadura. Vino de la cárcel de Ocaña -Miguel Hernández fue trasladado desde Palencia a ese mismo centro-, y tuvo que abandonar Palencia porque aquí contrajo la tuberculosis, por lo que fue derivado al Hospital Penitenciario de Madrid, desde donde ya salió en libertad una vez que se curó.
Ese joven anarquista es en la actualidad asesor del Ministerio de Interior y antes había sido, entre 1989 y 1992, subdirector de Personal de Instituciones Penitenciarias, y en sus ratos libres se dedica a escribir novelas. La última se titula 'Perfomance' y está ambientada en parte en la cárcel de Palencia. Se llama Fernando Sánchez Pintado. Los recuerdos de su estancia en el desaparecido penal le han permitido ubicar allí uno de los escenario de una trama en la que, como él asegura, aborda «un mundo de encierros, que por un lado es el de el interior de las cárceles y por otra el del exterior, de los que gestionan estos centros desde el punto de vista de la organización, es decir del poder, que aparentemente está muy alejado del primero, pero que no deja de ses otro encierro».
La novela parte de la doble experiencia personal de vivir las cárceles como preso -entre 1968 y 1973 en diferentes penales- y como directivo en varios puestos de Instituciones Penitenciarias. De esta época recuerda los cambios positivos que experimentaron las cárceles españolas. «En los años ochenta, la situación de los centros penitenciarios era muy mala desde el punto de vista de los edificios y de los medios. Entonces se hizo un gran esfuerzo para mejorarlas. Había mucha preocupación por mejorar las condiciones de vida de los presos», señala Fernando Sánchez Pintado.
La novela está escrita no desde el punto de vista de los presos, según su autor, sino de los funcionarios de prisiones, «porque entiendo que también están encerrados, como se constata en la obra». La novela, además de las oficinas centrales de Instituciones Penitenciarias, describe dos cárceles que él conoció, la de Palencia y la de Ocaña, ambas ya sustituidas por otras más amplias. «No he tenido un propósito de ser fiel a lo que eran los edificios físicamente. La de Ocaña la hago mucho más grande de lo que era en realidad en los años sesenta por razones narrativas, porque la cárcel de Palencia era muy pequeña, casi, casi era familiar. La ubicación de las escenas de 'Perfomance' sirve como elemento de referencia para reelaborar la historia, que tiene algo de ficción y por lo tanto no se atiene a las dimensiones o características de las prisiones», explica el novelista.
Fernando Sánchez Pintado vivió en Palencia sus últimos meses como recluso, por lo que tenía la libertad de salir a la calles por la mañana y por tarde, en una situación que hoy se denomina tercer grado, aunque entonces no existía como tal. De esta forma conoció la ciudad. En el texto aparecen el Cristo del Otero o el Salón, así como los árboles de la avenida de Valladolid, donde está ubicado el edificio que ahora se está rehabilitando como centro social y cultural. «Esas referencias están confiadas mucho a la memoria, son escenarios que evidentemente ya no están como cuando yo los conocí», señala el escritor. «Una narración no puede ser un reportaje ni unas memorias, pero las cárceles que conocí sí tienen que ver con las que describo en mi novela», agrega.
Impresionado
Hace dos o tres años, Sánchez Pintado, en una visita a Palencia, tuvo la oportunidad entrar al edificio ya cerrado y en espera entonces de su rehabilitación. «Un guardián muy amable me dejó entrar al interior y sentí pena de que se deteriorara. Sí pensé que podía ser utilizado para otros fines. El guardián me comentó entonces que pensaban hacer algo con el edificio. Me parece una excelente idea. Ver vacía la cárcel me dejó impresionado», agrega. Cuando se le recuerda al novelista que en la cárcel de Palencia también estuvo preso Miguel Hernández, rehusa las comparaciones. «Miguel Hernández como poeta es muchísimo mejor, y tuvo la desgracia de no sobrevivir», señala.
De sus estancias en la cárcel palentina, Sánchez Pintado recuerda como más traumático cuando enfermó de tuberculosis. «La cogí jugando al frontenis cuando tuve un vómito de sangre. Los presos jugaban mucho al frontón por las grandes paredes de ladrillo que tenían las cárceles. Las nuevas ya son diferentes, tienen otros medios, campos de deportes, gimnasios y otras actividades», señala. «Por lo demás, salvo situaciones muy extremas, como esa enfermedad, la vida dentro de la cárcel es un continuo vacío y un todo igual. Lo que termina quedando es esa continuidad. Lo único que se podía hacer era leer, estudiar o trabajar en un taller», rememora.
De la Palencia que él conoció en sus salidas, recuerda una «ciudad muy agradable y muy tranquila». «Entonces era más pequeña, no estaba la fábrica de coches de Renault. El recorrido de la avenida de Valladolid, donde estaba la cárcel, hasta el final de la Calle Mayor lo hacía todos los días cuatro veces. Tengo un recuerdo muy vivo de la ciudad. En la cárcel los espacios eran muy reducidos y monocromos, y salir a la calle, ver los colores y los árboles de la avenida de Valladolid era un choque de los que no se olvidan fácilmente», agrega.
Fernando Sánchez Pintado, pese a sus experiencias carcelarias, conserva de Palencia una imagen muy positiva. La ha visitado posteriormente en varias ocasiones, ha pernoctado incluso en ella, en hoteles, por supuesto, y cuando se le pregunta por las referencias actuales cita la Calle Mayor, la catedral y el restaurante Damián, «que es el de toda la vida», apostilla.

27 mayo 2010

Performance. Fernando Sánchez Pintado

Una novela de ambiente carcelario obra de un escritor que en su día estuvo preso y fue después alto cargo de Instituciones Penitenciarias.

Un autor a los dos lados de la barrera

Fernando Sánchez Pintado (Madrid, 1950) es licenciado en Filosofía y Administrador Civil del Estado.
Desde 1968 a 1973 estuvo en la cárcel por su militancia antifranquista. Como Administrador Civil del Estado fue subdirector general de recursos humanos de Instituciones Penitenciarias (1989-1991). A partir de los años ochenta ha desarrollado su actividad profesional en ámbitos muy diversos de la gestión pública, como director de gabinete, gerente del museo Reina Sofía o la dirección de la campaña de comunicación del euro.

Entrevista


El título, Performance, remite al mundo del arte. Pero se nos anuncia una novela de ambiente penitenciario...

El término performance se suele aplicar al arte y a él están asociados elementos como teatralidad, espectáculo, improvisación y provocación, que pretenden superar las representaciones convencionales. La vida social y el comportamiento de los hombres pueden ser vistos y recreados como performance. Lamento que en español no exista un término equivalente, pero he querido usarlo por su expresividad y porque tiene el sentido de espectáculo en el que se recrea de manera más o menos espontánea y provocativa las relaciones humanas. En el transcurso de la novela la vida penitenciaria y el ansia de poder se van entrecruzando, pero, en lugar de hacer que los personajes terminen descubriendo algún sentido nuevo a sus actos, sólo repiten lo que ya eran y hacían. Ni en las cárceles ni en el poder hay espacio para una catarsis liberadora, sólo para performances, para una representación cruel de la realidad.

... lo cual no quiere decir que transcurra entre barrotes.

Así es. En la propia estructura de Performance, en las situaciones, en el estilo y en los personajes se va alternando el mundo penitenciario con el del poder y las instituciones culturales que crecen a su sombra. En gran medida la acción se desarrolla fuera de los muros de la prisión, pero el peso de lo que ocurre “allí dentro” no deja de imponerse a todos, a quienes vigilan a los presos, a quienes dirigen las prisiones, a quienes se esfuerzan por hacer de ellas algo más humano y también a quienes pretenden convertirlas en un espectáculo cultural más.

Los lectores y espectadores de obras carcelarias (si se me permite la expresión) caemos fácilmente en la tentación de intentar sacar, a partir de lo que pasa dentro, conclusiones válidas para el mundo de fuera. ¿Es una actitud razonable?

La aproximación literaria, por no hablar de la cinematográfica, al mundo de las cárceles suele centrarse en sus aspectos más tópicos y tremendistas; a veces parece que se tratara de satisfacer la curiosidad del lector y de tranquilizar su conciencia. Al margen de su mayor o menor verosimilitud, casi siempre escasa, esta visión me produce cierto malestar, porque no refleja el sentido profundo del universo carcelario, de una institución total de la que forman parte no sólo los presos sino los propios carceleros y todos aquellos que giran en torno a ella: responsables políticos, jueces, comunicadores...

En Performance, incluso en la parte que transcurre en la cárcel, los presos no son los protagonistas, sino los carceleros, precisamente para ofrecer desde su visión y su vida ese otro sentido de la reclusión, porque ellos, en cierto sentido, también están encerrados, también padecen las consecuencias del encierro al que someten a otros hombres. Creo que de esta manera –más allá de la trama narrativa y de las situaciones concretas en que se desarrolla la acción- se descubre que, en efecto, existe un cierto paralelismo entre lo que ocurre en el interior de una prisión y la vida social.

¿Hasta qué punto lo que ocurre en la novela tiene que ver con tu experiencia personal? Y no me refiero sólo a tu paso por la cárcel y por Instituciones penitenciarias, sino también a tu paso por los museos.

Es imposible que exista una obra literaria que no hunda sus raíces en la experiencia vital del autor. Sin embargo, cualquier obra, si excluimos las estrictamente autobiográficas, trasciende por entero esa experiencia. En primer lugar, porque el propio tratamiento literario exige que se aleje de ella, que no sea más que materia bruta con la que se trabaja. Pero, sobre todo, porque más allá de lo que narra y de las intenciones del autor, la obra se constituye como un todo autónomo. Y por ello trasciende su experiencia individual y puede ofrecer a los demás una visión de una época, de una sociedad, de unos personajes y unas situaciones en los que puedan reconocerse.

En el caso de Performance, mi experiencia y mi conocimiento directo de los distintos ambientes en que se desarrolla, me han proporcionado muchos elementos a la hora de escribirla. Pero no son más que un punto de partida. Sin duda, me han permitido tener una perspectiva realista de la vida cotidiana de cárceles y de museos, de la marginación social y de la cultura institucionalizada, en suma, del poder, pero quiero subrayar que la relación que a lo largo de la novela aparece entre estos dos mundos, además de construida como ficción, responde al propósito de mostrar cómo hoy desde el mayor sufrimiento hasta el ansia de libertad pueden convertirse en espectáculo y, de esa manera, privarles de valor, incluso de sentido.

¿Conociste a gente como Ferreras o Sandoval... o como esos mecenas y esas directoras a los que no pareces apreciar

Ninguno de los personajes de Performance es real, todos ellos son personajes de ficción y, como es lógico en una novela, se han ido formando en función del conjunto de la propia historia narrativa: su carácter, sus pasiones, sus esperanzas y sus temores, no pueden corresponderse con una persona real previa. El resultado novelesco sería desastroso, no tendría para el lector el menor interés. Sin embargo, tanto los personajes como los ambientes en que transcurre o lo que sucede, son reales o, si se quiere, realistas. La descripción de las galerías, de las celdas de aislamiento, el silencio y el paso del tiempo vacío de las cárceles; el hastío y la mala conciencia de los funcionarios de prisiones; los momentos terribles en que estalla un motín; todo ello está descrito de manera precisa y realista. De la misma manera que el mundo del poder, las formas cada vez más vacías en que la cultura se nos ofrece como espectáculo, la inanidad de los personajes que toman decisiones decisivas como si no fueran a afectar a personas de carne y hueso, todo esto también es muy real.

Impresiona tu manejo del argot de la cárcel, que suena muy real, nada afectado.

El uso impostado del lenguaje me parece insoportable, da igual de cuál se trate, culto o popular. Pero ocurre con más frecuencia cuando tiene que ver con algunos grupos sociales, en este caso con el argot carcelario. Es artificioso y el lector lo nota inmediatamente y, por supuesto, no se cree lo que está leyendo. En mi caso, pasar años en la cárcel alguna ventaja tenía que tener... Obviamente, en una prisión ni los presos ni sus vigilantes hablan como en los despachos oficiales. Pero, al mismo tiempo, he procurado no abusar de términos que harían difícil la lectura y la comprensión del texto, he utilizado los imprescindibles y de manera tal que, gracias al contexto, se entiendan. Y, desde luego, que cada personaje hable tal y como hablaría en la realidad.

Al cabo, Performance es una novela sobre...

Para un autor resumir su obra no es, precisamente, lo más fácil. Performance gira una y otra vez en torno a la reclusión y también en torno al poder. Son dos caras de la misma moneda. Reclusión penitenciaria y otra reclusión, la del poder, la de quienes son una representación, una performance del poder, que es aún más cruel y grotesca. A lo largo de la novela se va avanzando hacia el encuentro entre estos dos mundos, que habitualmente se nos presentan separados de manera radical, como si en realidad no tuvieran nada que ver.

También es una novela de la redención imposible, el peso de lo que ha ocurrido y de lo que sigue y, posiblemente, seguirá ocurriendo, hace inútiles todos los esfuerzos por liberarse. La posibilidad de escapar, incluso de rebelarse, es cada vez más una forma de teatralidad y de falsa conciencia.