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01 junio 2011

Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (y II)

Nota 13, Así habló Vallejo (Y no le entendió casi nadie): "Luis Urquizo [sic] habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos. Trepida; guillotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete, depone algunas fintas; conifica [sic] en álgidas interjecciones las más anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el brazo, ríe: es patético, es ridículo: sugestiona y contagia en locura" ("Los Caynas", 71-72).

Nota 14, Más políticas de la Posvanguardia: Las poéticas de Emar, Macedonio, Vallejo y Adán son poéticas de la discontinuidad y de la fragmentación, así como de la negatividad y de la ruptura; los procedimientos que emplean (la descontextualización, la sustracción, la parodia, el sinsentido, la puesta en cuestión de la autoridad narrativa, la irracionalidad, lo inverosímil) varían de autor en autor pero les unen en un rechazo radical de las convenciones no sólo narrativas de su época. Este es todo el mensaje político de las vanguardias, y resulta de un descontento con el estado del mundo del que carecen las propuestas estéticas contemporáneas que reivindican el legado de la vanguardia. El resultado de esa apropiación es el de una vanguardia sin programa político, una vanguardia afirmativa de los valores dominantes cuyo Dios es el mercado, al que se ha entregado hace tiempo a juzgar por los sellos en los que publican sus principales representantes. Alguien llamaba a esto en una época "literatura de derecha". Éste también es el drama de la posvanguardia.

Nota 15, Vidas complicadas: Ninguno de los escritores mencionados tuvo una vida simple, pero la verdad es que casi ningún escritor la tiene: Pablo Palacio murió en un psiquiátrico a los cuarenta y un años; Martín Adán se recluyó en un sanatorio en 1960 a consecuencia de su alcoholismo y murió allí veinticinco años después; Juan Emar jamás vio editada su última novela. Ninguno de ellos supera sin embargo a Horacio Quiroga (1878-1937), quien, en una hipotética competencia por convertirse en el vanguardista latinoamericano que peor la pasó, se llevaría todos los premios: su padre murió en un accidente de caza, su padrastro se suicidó, dos de sus hermanos murieron de tifus, su mejor amigo murió cuando Quiroga le disparó por accidente, su primera mujer se suicidó después de una fuerte discusión matrimonial y la segunda lo abandonó y la aparición hacia 1930 de una nueva promoción de autores vinculados al vanguardismo acabó expulsándolo de la escena literaria.

Nota 16, Los silencios: Sin embargo, ninguna de estas tragedias es mencionada en las trescientas ochenta cartas que conforman la correspondencia del uruguayo, reunida por la joven académica y poeta española Erika Martínez en Quiroga íntimo[1]. Las cartas de Quiroga resultan fascinantes por lo que dicen y por la importancia de muchos de sus corresponsales pero también por los hechos que callan, uno de los cuales es la determinación del suicidio, que Quiroga cometió poco después de despachar la última de ellas. Aunque el escritor no habló en su correspondencia sobre los hechos más trágicos de su vida sí dejó testimonio de ellos al menos en una ocasión y de forma indirecta: en el silencio epistolar de un año y medio que tuvo lugar tras la muerte de su primera esposa; ese silencio y la ausencia de testimonios, cartas o fotografías, y la indeterminación incluso de la fecha exacta de su muerte, son paradójicamente lo que Quiroga nos ha dejado de ella.

Nota 17, París: La publicación de la correspondencia del escritor uruguayo se completa con la del diario que llevó durante su viaje a París de marzo y junio de 1900. Quiroga viajó a la capital francesa con la excusa de visitar la Gran Exposición Universal y conocer de primera mano la pasión francesa por el ciclismo, pero allí pasó penurias económicas, no pudo establecer relaciones duraderas y acabó aborreciendo la ciudad. Su rechazo a París fue algo más que una cuestión de simpatías. En su prólogo, Martínez sostiene: "Quiroga cambió las grandes lenguas de cultura por el castellano mestizo de frontera, el ocio burgués por la consagración al trabajo manual, la gran metrópolis por un pueblecito cercado por la selva". Quizás haya que felicitarse por el hecho de que al gran escritor rioplatense del monte y la selva y la naturaleza cruel la ciudad no le haya gustado, porque en la breve y malograda estancia en París, más que en los largos años de residencia en San Ignacio, está todo el origen de su obra.

Nota 18, Macedonio: Unos años después de regresar de París, Quiroga ejerció la función de justicia de forma heterogénea en una pequeña localidad del noreste argentino; allí conoció a Macedonio Fernández (1874-1952), que por entonces era juez. Macedonio fue un autor excéntrico y genial; la publicación de sus Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada (1929 y 1944)[2] es la que más cerca pone al lector español de una auténtica revelación. El escritor argentino produjo una literatura provisional y desmadejada producto de un recelo radical por la forma escrita: en ella, Macedonio se apropia de discursos de gran circulación social en su tiempo como el género epistolar, los anuncios publicitarios, la autobiografía breve, la causerie y el brindis público y los vacía de convencionalismos mediante la comicidad, la ironía sentenciosa y el absurdo. Su gran novela, Museo de la Novela de la Eterna, fue escrita, reescrita, anunciada, postergada y publicada fragmentariamente entre 1904 y 1952 hasta su publicación definitiva en 1967; en ese período tuvieron lugar varios movimientos literarios, incluyendo toda la vanguardia, y dos guerras mundiales, pero Macedonio continuó interesado en dinamitar las convenciones de la novela realista permitiendo la entrada en la literatura argentina de lo paradójico, lo insólito y lo poco convencional. Sin su obra, las de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ricardo Piglia no hubieran sido posibles, pero Macedonio, a diferencia de muchos autores que leemos como meros precursores de escritores importantes (y por lo tanto como autores de segunda categoría), tiene entidad y merece ser leído sin necesidad de invocar a sus sucesores.

Nota 19, Personas con las que podría confundirse a Macedonio Fernández en la Argentina si se lo llamara Fernández: Felipe Fernández, poeta y narrador; Guillermo Oscar Fernández, poeta; Mauro Fernández, poeta; Aníbal Fernández, jefe de gabinete; Adrián Fernández, portero de Banfield (1997); Adrián Gustavo Carucha Fernández, de paso risible por el Colo Colo chileno en 2004; Christian Román Fernández, seis partidos con Independiente de Avellaneda en la temporada 1992-1993; Cristian Gabriel Fernández, ex jugador de Racing de Avellaneda; Eber El Pájaro Fernández, jugador que, militando en Cerro Porteño de Paraguay, recibió una cachetada de Diego Armando Maradona en un partido amistoso contra Boca Juniors; Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la Nación; Fernando Fabián Fernández, dieciséis partidos en la Primera de Talleres de Córdoba de 1991 a 1993; Francisco Mate Fernández, jugó tres minutos en la primera división de Olimpo de Bahía Blanca en 2002; Cintia Fernández, modelo y actriz; José Manuel Fernández, treinta encuentros en Argentinos Juniors entre 1995 y 1996 y dos goles; Sergio Alberto Panchito Fernández, jugó cincuenta y dos encuentros en Rosario Central entre 1994 y 1997; Claudia Fernández, modelo y actriz.

Nota 20, Humorismo de Macedonio: Proviene de tres autores que menciona en uno de los textos de Papeles de Recienvenido, Mark Twain, Laurence Sterne y Ramón Gómez de la Serna, aunque también de cierto humor sentencioso y displicente que es propio de los primeros habitantes de la Argentina y puede leerse aún en su gauchesca: piezas como "Aniversario de Recienvenido" están entre los mejores textos humorísticos que se han producido en español.

Nota 21, Las novedades: Al igual que Papeles de Recienvenido, ni Escalas melografiadas de César Vallejo ni Un año de Juan Emar, Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio o el Diario de París de Horacio Quiroga son obras nuevas, pero su radicalidad las asemeja a los proyectos que en la actualidad reivindican la herencia vanguardista. Macedonio Fernández se anticipó a su tiempo al plantear cuestiones como la de la obra abierta y la intertextualidad y la concepción del lector como productor de sentido, sobre los que escribirían más tarde Julia Kristeva, Roland Barthes, Jacques Derrida y otros. El repertorio de innovaciones reivindicado en nuestros días por la posvanguardia ya fue empleado por estos autores, lo que actualiza la pregunta acerca de la novedad de aquello que reclama para sí esa etiqueta. ¿Qué pasa cuando las vanguardias atrasan, cuando los procedimientos con los cuales pretenden ponerse "por delante" del resto de los autores de su tiempo han sido practicados ya hace casi cien años, cuando (para decirlo de otro modo) su novedad ya no es nueva? Nada probablemente, excepto que (como sucede en algunos casos) esa novedad sea lo único que la posvanguardia tenga para ofrecer. En ese caso, el resultado es la inopia.

Nota 22, Saúl Yurkievich y la inopia: Ningún estudiante que coleccione los momentos más desafortunados de la crítica literaria debería olvidar al crítico argentino Saúl Yurkievich. En su libro A través de la trama. Sobre vanguardias literarias y otras concomitancias (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2007), el crítico argentino dijo, de un poema de Martín Adán, que en él "la poesía se recoge, se retira del mundo para fabular su quimera, para entrar en el otro reino que le es inherente -inherencia que toca la trascendencia, que a la caza da alcance-, para entrar en el milagroso reino de la imaginación soberana" (244); hablando de Ecuatorial de Vicente Huidobro, afirmó: "Descendida al fondo sémico, al tiempo y al espacio unitivos, allí donde el ritmo vocal reencuentra el bucal, la lengua, melificada por el placer oral y glótico, opera su regresión genética, abandona la estructura frástica por la sopa sonora" (53). No sabemos lo que todo esto significa, y quizás ni siquiera tenga sentido, pero justifica plenamente la decisión de tanto estudiante de filología que se pasa a veterinaria.

Nota 23, La tradición de la ruptura: Aunque resulte paradójico que los autores rupturistas de las vanguardias latinoamericanas hayan sido incorporados con tanta facilidad al mismo canon cuyos criterios de valor despreciaban y cuya existencia misma les resultaba inconcebible, que escritores como Juan Emar, César Vallejo, Pablo Palacio o Martín Adán sean leídos actualmente como miembros destacados de una tradición rupturista o anti tradicional y que esta tradición ocupe un lugar central en lo que llamamos la literatura latinoamericana, habla de cambios en los valores que determinan la incorporación al canon pero también de la riqueza y la solidez de una literatura que ha podido incorporar incluso a aquellos que procuraron socavarla.

Nota 24, Rescates, posibles explicaciones: Naturalmente existen razones principalmente económicas para este auge de los rescates en España, y esas razones están relacionadas con la pertenencia de las obras rescatadas al dominio público, lo que abarata considerablemente su publicación, ya abaratada en relación a otras épocas en virtud de la incorporación de nuevas tecnologías a la producción editorial. Otra explicación plausible se encuentra en esa precocidad y en la actualidad de las obras recuperadas, que a menudo superan a sus epígonos. Otra se halla en una cuestión generacional: los autores eran jóvenes a la hora de producir estos textos y sus editores a menudo también lo son y unos y otros comparten la muy sana intención de patearle el culo a un par de viejos; en ese sentido, una explicación alternativa se deriva del hecho de que la ruptura producida por estas obras genera la simpatía de editoriales cuyo carácter y programa alternativos les llevan a interesarse por obras situadas fuera del campo de lo establecido. Otra explicación plausible radica en el hecho de que, al menos aparentemente, la popularidad de los epígonos ha preparado a un cierto tipo de lector para el consumo de obras mucho más radicales que las que son escritas en el presente; una última explicación es que quizás, simplemente, la tradición rupturista de la literatura latinoamericana producida entre 1920 y 1940 es, con excepciones obvias, mucho más interesante y posee mayor calidad que la literatura iberoamericana posvanguardista producida en nuestros días. En el caso de que esto último sea cierto, como todo parece indicarlo, supongo que podemos comenzar a celebrar: aún nos queda por leer a Jorge Cuesta, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Gilberto Owen, Norah Borges, Arqueles Vela, Santiago Dabove, Hefrén Hernández, Vicente Huidobro y Felisberto Hernández (éste último rescatado recientemente en la Argentina) y a muchos otros, entre ellos los textos más importantes de los miembros de la vanguardia argentina de la primera mitad de los setenta: El fiord de Osvaldo Lamborghini, El frasquito de Luis Guzmán y La piel de caballo de Ricardo Zelarayán. Todos ellos surgen de una fuente que parece inagotable.

Nota 25, Bibliografía: En la ingente bibliografía de la vanguardia latinoamericana destacan el libro de María Bustos Fernández Vanguardia y renovación de la narrativa latinoamericana (Madrid: Pliegos, 1996), el de Carlos García y Dieter Reichardt Las vanguardias literarias en Argentina, Uruguay y Paraguay. Bibliografía y antología crítica (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2003), la antología de Mihail Grünfeld Antología de la poesía latinoamericana de vanguardia (1916-1935) (Madrid: Hiperión, 1997) y el extraordinario ensayo de Ana María Amar Sánchez "Literature in the margins: a new canon for the XXI century?". Ciberletras. 26 marzo 2007 . También el libro de Katharina Niemeyer ya mencionado. En todos estos casos, sin embargo, es pertinente recordar al lector las palabras que Martín Adán dirige a su amada en La casa de cartón: "¡Ah, Catita, no leas libros tristes, y los alegres tampoco los leas!" (88).


[1] Quiroga, Horacio: Quiroga íntimo: Correspondencia. Diario de viaje a París. Ed. y pról. Erika Martínez. Madrid: Páginas de Espuma, 2010.

[2] Fernández, Macedonio: Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada. Pról. Ramón Gómez de la Serna. Epíl. Jorge Luis Borges. Barcelona: Barataria, 2010.

[Publicado originalmente en Quimera 330. Abril de 2011]

Fichas libros

30 mayo 2011

Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (I)

El Boomeran(g)
Blog de Patricio Pron
30/05/2011



Nota 1, El Dedo de Dios: Algunos de estos rescates tuvieron lugar ya el año pasado, cuando la editorial barcelonesa Barataria inauguró una colección de vanguardistas latinoamericanos dirigida por la narradora chilena Claudia Apablaza. Una de esas obras, Un año de Juan Emar (1935)[i], es el relato de ese período de tiempo en la vida de su autor realizado a través de las entradas mensuales de un diario cuyos sucesos absurdos y extraordinarios ponen en cuestión la salud y la unidad de la conciencia del sujeto que narra: una figura resbala de una ilustración en un ejemplar de La Divina Comedia y queda tirada en la calle, el dedo de Dios se clava en la nuca del narrador, éste debe ser operado para que se le extraiga el auricular del teléfono que se le ha quedado pegado a la oreja tras una llamada y se producen otros prodigios que son narrados como si no lo fueran, lo que ha llevado a que algunos críticos comparasen a Juan Emar con Franz Kafka. César Aira, quizás el escritor que más le debe entre los latinoamericanos contemporáneos, lo comparó a su vez con Raymond Roussel y Witold Gombrowicz en su prólogo a la reciente edición de los cuentos de Emar por parte de la editorial argentina Mansalva, y describió su obra como "un surrealismo mecanicista y maniático".

Nota 2, Un cielo vanguardista: Si el fragmentarismo y la autoconciencia de Un año se proponen como el anticipo de la literatura que vendrá, La casa de cartón (1928)[ii] del peruano Martín Adán parece detenerse en el estadio previo a la vanguardia, en un malditismo y un decadentismo mucho más interesados en poner punto final a todo un período de la literatura que en adoptar las formas de una literatura futura. La casa de cartón no es tanto el relato de un verano en el balneario limeño de Barranco como el vehículo narrativo de una cierta mirada rompedora; bajo esa mirada el sol puede ser "un coleóptero, raro, duro, jalde, zancudo", una mujer es un "resorte vestido de jersey que saltaba de la caja de sorpresa del balneario peruano" y su "almita de educanda de monjas europeas" se abre "como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado mortal", en un despliegue de inventiva verbal que a duras penas puede ceñirse al argumento, si es que éste existe. Lo que La casa de cartón viene a contar es cómo se constituye esa mirada en las largas tardes indolentes de un balneario, en las que un viejo es "una bomba de aspiración y dos manos de párroco perdonadoras y joviales" y el cielo se afilia "al vanguardismo" y "hace de su blancura pulverulenta [sic], nubes redondas de todos los colores".

Nota 3, Aclaración: Aquí nadie se llama como dice hacerlo. Juan Emar es el pseudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi; Martín Adán, de Rafael de la Fuente Benavides; y a Macedonio Fernández los argentinos lo llaman sólo Macedonio, probablemente para no confundirlo con ningún futbolista apellidado Fernández.

Nota 4, Juan Emar (1863-1964): Fue un escritor y pintor chileno cercano al creacionismo de Vicente Huidobro y a las vanguardias europeas de las décadas de 1920 y 1930, en particular el cubismo y el surrealismo. Su obra comprende un libro precoz, Torcuato (1917), tres novelas breves y simultáneas, Miltín, Un año y Ayer (todas de 1934), un libro de relatos, Diez (1937), y un silencio público, resultado quizás de la incomprensión que generó su obra entre sus lectores, y un esplendor creativo completamente privado cuyo producto fue Umbral, una novela de cuatro mil páginas compuesta por cinco libros que sólo vio la luz en su totalidad en 1996, treinta y dos años después de la muerte de su autor.

Nota 5, El pasado: Ninguna época dispuso de tanto pasado, pero todas las que le sigan tendrán mucho más a su disposición; la afirmación es pueril pero puede ser esgrimida como una posible explicación a los rescates recientes de vanguardistas latinoamericanos. Juan Emar, Pablo Palacio, Martín Adán y Macedonio Fernández son relativamente desconocidos en España fuera de los círculos de especialistas y César Vallejo y Horacio Quiroga tienen ese prestigio difuso del escritor que es más comentado que leído, el escritor que es sólo su nombre. Que sus libros sean rescatados del fondo difuso de un pasado inabarcable y puestos a disposición de los lectores españoles es una buena noticia, pero ésta no debería ser recibida sin preguntarse qué lleva a que esos rescates se produzcan en este momento y no en otro; toda historia, incluso la literaria, es historia del presente, y parece pertinente interrogarse antes de continuar acerca de qué es lo que falta en la actualidad para comprender la necesidad de estos rescates.

Nota 6, "Posvanguardia": Aunque poco difundida, quizás la opinión más consistente en torno al problema que plantea la apropiación del legado vanguardista por parte de lo que llamamos los escritores "posmodernos" sea la de la profesora de la Washington University Elzbieta Sklodowska; para ella, nuestra época debería entenderse como una contestación a las vanguardias históricas, por lo tanto como una "posvanguardia", que recoge buena parte de sus innovaciones formales restableciendo una tradición interrumpida por las dos guerras mundiales. Sklodowska propone reemplazar el término "posmoderno" por el término "posvanguardista" para evitar confusiones entre el "modernism", término que incluyó a las propias vanguardias históricas, y el movimiento literario finisecular conocido en Hispanoamérica como modernismo, con el que no está relacionado. Que textos como Un año y La casa de cartón parezcan contemporáneos en su escepticismo ante las convenciones narrativas debería ser entendido pues como el resultado de un lazo invisible que reúne a las vanguardias y a quienes adoptan su legado, cuya dificultad principal radica en ignorar las dos guerras mundiales que han tenido lugar en el período que media entre unas y otros y la conciencia de que la mayor parte de las contravenciones a las convenciones narrativas han sido realizadas ya por los vanguardistas históricos.

Nota 7, Tensiones: La tensión que recorre la vanguardia y la posvanguardia es la que tiene lugar, en palabras de la crítica argentina Ana María Amar Sánchez, "between ‘high, experimental and politicized art' and ‘mass, consumerist and alienated' forms". La convicción de que el arte politizado ha agotado su reserva de sentido tras el fracaso de los proyectos utópicos del siglo XX supone la pérdida de uno de los elementos cuya tensión hacía productiva a la vanguardia. La posvanguardia es una vanguardia sin política, y este es uno de los grandes dramas de la literatura vanguardista del presente y una de las razones de estos rescates.

Nota 8, La cárcel del lenguaje: La narrativa más reciente comparte con el vanguardismo de autores como César Vallejo o Juan Emar una autoconciencia cuya consecuencia más desencantada y evidente es la afirmación implícita de que todo es lenguaje, que la lleva a poner el énfasis en las formas narrativas. Que todo es lenguaje es, sin embargo, una convicción presente ya en obras como La casa de cartón y en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio. En la primera de estas obras una mujer es "parecida a la b en las manos, a la n en los ojos, a la r en el andar, a la ñ en el carácter, a la k en el genio, a la s en la mala memoria, a la z en la buena fe..."; algo similar sucede en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930)[iii], en los que la narrativa parece escapar continuamente del control del narrador, movida por una potencia y por una lógica que son las del lenguaje. A menudo, el escritor ecuatoriano parece olvidar qué desea contar y se abandona a la pura invención lingüística, al retruécano ingenioso y a la reflexión irónica sobre la propia escritura. Allí donde consigue controlar al menos parcialmente su imaginación verbal, el resultado es extraordinario, como en "El antropófago", "La doble y única mujer" y "Relato de la muy sensible desgracia acaecida en la persona del joven Z".

Nota 9, Pablo Palacio: Nacido en la ciudad ecuatoriana de Loja en 1906, Palacio vivió tan sólo cuarenta y un años y sólo escribió durante once, en los que produjo dos novelas, Débora (1927) y Vida del ahorcado. Novela subjetiva (1932) y una tercera llamada Ojeras de virgen (1921) que ganó un concurso y cuyo manuscrito se perdió. En 1940 se internó voluntariamente en un psiquiátrico y murió allí en 1947. Su narrativa fue incómoda en su momento, y esto por dos razones: la primera, que se deriva de su adhesión a las ideas de izquierda y de su rechazo a acogerse a los cánones del realismo proletario y la novela indigenista, lo llevó a ser criticado por sus camaradas revolucionarios. La segunda se extrapola del estado de la novela en el momento en que Palacio produjo su obra, que el autor parodia en el relato "Novela guillotinada" al prometer que su novela que "se venderá a 7 pesetas" reunirá tópicos y lugares comunes como "Tocado con elegante sombrero de felpa", "La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios", "El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura", "Se sirvieron apetitosas truchas", etcétera. Que el lector pueda encontrar frases de este tipo en la narrativa actual, incluso en aquella que pretende pasar por vanguardista, es otros de los dramas de la posvanguardia, que, sin la política, apenas puede imitar las "‘mass, consumerist and alienated' forms" de la literatura y de las otras formas de circulación social de las ficciones. Lo propio del vanguardismo es el rechazo y la negación de formas funcionalizadas y comercializadas; lo propio de la posvanguardia es la producción de narrativas aparentemente alternativas pero que en realidad hace tiempo que están en el centro del mercado literario; éste no es un drama de la posvanguardia, desde luego: es su condición de existencia.

Nota 10, Emar y Adán, fragmentación, velocidad: Al igual que en Un año, la obra de Emar se caracteriza por una enorme autoconciencia, que lleva al autor a utilizar y desechar géneros principalmente fragmentarios y autoconclusivos. Aquí la mera contemplación del mar o de un edificio de apartamentos adquiere las características de una auténtica revelación, y el narrador no es sólo aquel que asume la autoridad sobre el relato sino también, y sobre todo, quien posee la facultad de verlo todo "por encima", mediante una visión aérea que lo deshumaniza y resta entidad a los sujetos observados ("los deudos, que marchaban a ambos lados de ella [la carroza fúnebre], iban ahí como hormigas, como hormiguitas, como hormiguititas... titas", 31) y cuyo antecedente quizás pueda encontrarse en los adelantos tecnológicos de la época, como sostiene Katharina Niemeyer en su excelente Subway de los sueños, alucinamiento, libro abierto: La novela vanguardista hispanoamericana (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2004), en el que analiza las obras de Arqueles Vela, César Vallejo, Xavier Villaurrutia, Pablo Palacio, Macedonio Fernández y el propio Juan Emar, a quien Enrique Vila-Matas sitúa "en la brillante constelación marginal de los marginados de la literatura latinoamericana" (9-10). Lo mismo sucede en el caso de Adán, cuya mirada no se detiene en los detalles o toma la parte por el todo que desea describir, como si no tuviera tiempo para más: "hombres que no son sino sus pantalones vacíos", mujeres "que apenas son una mano postiza en la cartera de piel de asno. Frailes que apenas son una arruga de una sotana" (61). Al igual que la de muchos vanguardistas, la literatura de Adán es la del aceleramiento de la percepción asociado a las nuevas tecnologías de locomoción de comienzos del siglo XX; así, a la vida de Miss Annie Doll, personaje de La casa de cartón, "había que remontarla en trineo y en aeroplano, en automóvil y en transatlántico" (28). Es también una mirada desencantada con un estado de la cultura cuyo paroxismo parecía ser la Gran Guerra y que resultaría la Segunda Guerra Mundial, de la que Adán también sería contemporáneo; el resultado de la aparición de la guerra y la muerte en la vida de los vanguardistas fue un curioso vitalismo, que llevó a Martín Adán a ordenarse a sí mismo, en otro pasaje de la obra: "Di lo que se te ocurra, juguemos al psicoanálisis, persigamos viejas, hagamos chistes... Todo, menos morir" (70).

Nota 11, Adán: Martín Adán (1908) siguió al pie de la letra su propio consejo: tras publicar La casa de cartón con sólo veinte años escribió una tesis doctoral en 1938 y ocho libros de poesía entre 1939 y 1973 (entre ellos el importante Travesía de extramares, 1950) caracterizados por la radical novedad del lenguaje y la adopción de formas poéticas convencionales como el soneto y una fuerte impronta filosófica, antes de que el alcoholismo y la pobreza lo obligasen a internarse en un sanatorio a comienzos de la década de 1960. Allí murió en 1985, después de un silencio literario de doce años.

Nota 12, La charca: "La vida no es un río que corre: la vida es una charca que se corrompe", escribió Adán en La casa de cartón, y no es improbable que César Vallejo (1892-1938) pensase igual en su celda de la prisión de Trujillo unos años antes. Durante una breve visita a su localidad natal, en 1920, Vallejo se vio envuelto en unos disturbios que le acarrearon una condena a ciento veinte días de cárcel; el escritor hablaría de esa experiencia en su extraordinario Trilce (1922), pero antes utilizaría el encierro para escribir los relatos de Escalas melografiadas (1923)[iv], cuya primera sección reúne estampas carcelarias en una disposición que sigue la de los muros de una celda. Los otros relatos del libro pertenecen al género fantástico y guardan vínculos importantes con los de Las fuerzas extrañas (1906) del argentino Leopoldo Lugones, deudores a su vez de los de Edgar Allan Poe y otros autores de lo extraño y lo maravilloso. En el primero de ellos un hijo regresa para rendir los últimos honores a la madre muerta, a la que sin embargo encuentra viva; en otro, dos amantes platónicos se unen en la muerte. A lo largo de extensos pasajes de estos relatos, Vallejo es agotador, pero su estilo (notablemente más cercano a la prosa poética que a la narrativa convencional) casi siempre es magnético; a pesar de su verborrea, siempre hay algo que Vallejo no dice y que queda escamoteado, y eso es lo que contribuye al efecto de sus relatos. Dos de ellos, "Los caynas" y "Mirtho", están entre los mejores cuentos fantásticos escritos en América Latina, dentro y fuera de las vanguardias y en cualquier tiempo.

[i] Emar, Juan: Un año. Pról. Enrique Vila-Matas. Barcelona: Barataria, 2009.

[ii] Adán, Martín: La casa de cartón. Pról. Vicente Luis Mora. Barcelona: Barataria, 2009.

[iii] Palacio, Pablo: Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930). Ed. Yanko Molina Rueda. Pról. Christopher Domínguez Michael. Madrid: Veintisiete Letras, 2010.

[iv] Vallejo, César: Escalas melografiadas por. Pról. Patricia de Souza. Barcelona: Barataria, 2010.

Fichas libros

[Próximo miércoles: Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (y II)]

18 octubre 2010

La tradición de la ruptura




Juan Emar, Martín Adán, Macedonio Fernández y César Vallejo integraron las vanguardias iberoamericanas. Las editoriales españolas apuestan por rescatar sus obras.

Quizás haya algo paradójico en el hecho de que los autores rupturistas de las vanguardias latinoamericanas hayan sido incorporados con tanta facilidad al canon cuyos criterios de valor despreciaban y cuya existencia misma les resultaba inconcebible; que escritores como Juan Emar, César Vallejo, Pablo Palacio o Martín Adán sean leídos actualmente como miembros destacados de una tradición rupturista o antitradicional y que esta tradición ocupe un lugar central en la literatura latinoamericana habla de cambios en los valores que determinan la incorporación al canon pero también de la riqueza y solidez de una literatura que ha podido incorporar a aquellos que procuraron socavarla. Una serie de rescates por parte de editoriales españolas devuelve actualidad a esa literatura. Dos de estas obras, Un año, de Juan Emar (1935), y La casa de cartón, de Martín Adán (1928), fueron publicadas ya en 2009 por Barataria.


LA CHARCA CORROMPIDA. Un año, de Juan Emar (pseudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi, 1863-1964), es el relato de un año de la vida de su autor realizado a través de un diario cuyos sucesos absurdos ponen en cuestión la salud y la unidad de la conciencia del sujeto que narra, situaciones extraordinarias que son contadas como si no lo fueran, lo que ha llevado a que algunos críticos comparasen al escritor chileno con Kafka. César Aira, quizás quien más le debe, lo comparó a su vez con Rousell y Gombrowicz y describió su obra como «un surrealismo mecanicista y maniático», muy diferente del malditismo y al decadentismo de La casa de cartón (1928), del peruano Martín Adán (pseudónimo de Rafael de la Fuente Benavides, 1908-1985). La historia de La casa de cartón es la de cómo se constituye una mirada en las largas tardes indolentes en el balneario limeño de Barranco. Martín Adán escribió que «la vida no es un río que corre: la vida es una charca que se corrompe», y no es improbable que otro de los autores recuperados recientemente, el peruano César Vallejo (18921938), pensase igual en su celda unos años antes. Durante una breve visita a su localidad natal, en 1920, se vio envuelto en unos disturbios que le acarrearon una condena a ciento veinte días de cárcel. Vallejo hablaría de esa experiencia en su extraordinario Trilce (1922), pero antes utilizaría los días en la cárcel para escribir los relatos de Escalas melografiadas (1923), publicados por Barataria. Dos de ellos, «Los caynas» y «Mirtho», están entre los mejores cuentos fantásticos escritos en América Latina.

LA VIDA DIFÍCIL. La narrativa más reciente comparte con el vanguardismo de autores como Vallejo, Adán y Emar una autoconciencia cuya consecuencia más evidente es la afirmación implícita de que todo es lenguaje. En los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930) (Veintisiete Letras), la narrativa parece escapar continuamente del control del narrador. A menudo, el escritor ecuatoriano parece olvidar qué desea contar y se abandona a la pura invención lingüística, al retruécano ingenioso y a la reflexión irónica sobre la propia escritura. Allí donde consigue controlar al menos parcialmente su imaginación verbal, el resultado es extraordinario y está entre lo mejor de la vanguardia latinoamericana, de la que Pablo Palacio (1906-1947) es un miembro marginal pero imprescindible. Ni él ni ninguno de los otros escritores tuvo una vida simple: Palacio murió en un psiquiátrico a los cuarenta y un años; Adán se recluyó en un sanatorio en 1960 a consecuencia de su alcoholismo y no volvió a salir de allí hasta su muerte, veinticinco años después; Emar jamás vio editada en vida su monumental novela (cuatro mil páginas) Umbral, publicada en su totalidad tan sólo treinta y dos años después de la muerte de su autor. Ninguno de ellos supera sin embargo a Horacio Quiroga (1878-1937): su padre murió en un accidente de caza, su padrastro se suicidó, dos de sus hermanos murieron de tifus, su mejor amigo murió cuando Quiroga le disparó por accidente, su primera mujer se suicidó después de una fuerte discusión matrimonial y la segunda lo abandonó. Ninguna de estas tragedias es mencionada en las trescientas ochenta cartas que conforman Quiroga íntimo (Páginas de Espuma). Resultan fascinantes por lo que dicen pero también por los hechos que callan, uno de los cuales es la determinación del suicidio, que cometió poco después de echar la última de estas cartas. La publicación de su correspondencia se completa con la del diario que llevó durante su viaje a París de marzo y junio de 1900. Unos años después de regresar de París, trabó contacto con Macedonio Fernández (1874-1952). Macedonio fue un autor excéntrico y genial; la publicación por parte de Barataria de sus Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada con prólogo de Gómez de la Serna y epílogo de Borges es la que más pone al lector español ante las puertas de una revelación. El escritor argentino produjo una literatura provisional y desmadejada resultado de un recelo radical por la forma escrita. Su gran novela, Museo de la Novela de la Eterna, fue escrita, reescrita, anunciada, postergada y publicada fragmentariamente entre 1904 y 1952 hasta su publicación definitiva en 1967; en ese período tuvieron lugar varios movimientos literarios, incluyendo toda la vanguardia, y dos guerras mundiales, pero Macedonio continuó interesado en dinamitar las convenciones de la novela realista permitiendo la entrada en la literatura argentina de lo paradójico, lo insólito y lo poco convencional. Sin su obra las de Borges, Cortázar y Piglia no hubieran sido posibles.

LA FUENTE INAGOTABLE. Macedonio Fernández se anticipó a su tiempo al plantear cuestiones como la de la obra abierta y la intertextualidad y la concepción del lector como productor de sentido, sobre los que escribirían más tarde Kristeva, Barthes, Derrida y otros. Una plausible explicación de su rescate se encuentra en esa precocidad y en la actualidad de las obras recuperadas. Una explicación alternativa se deriva del hecho de que la ruptura producida por estas obras genera la simpatía de editoriales cuyo carácter y programa alternativos les llevan a interesarse por obras situadas fuera del campo de lo establecido. Otra explicación plausible radica en el hecho de que, al menos aparentemente, la popularidad de los epígonos ha preparado a un cierto tipo de lector para el consumo de obras mucho más radicales que las que son escritas en el presente: una última explicación es que quizás la tradición rupturista es, con excepciones, mucho más interesante y posee mayor calidad que la literatura latinoamericana producida en nuestros días. En el caso de que esto último sea cierto, como todo parece indicarlo, podemos felicitarnos: aún nos queda por leer a Jorge Cuesta, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Gilberto Owen, Norah Borges, Arqueles Vela, Santiago Dabove, Hefrén Hernández, Vicente Huidobro, Felisberto Hernández y muchos otros. Todos ellos surgen de una fuente que parece inagotable.

04 abril 2010

Un año de Juan Emar






The Barcelona Review
Iván Humanes
01/04/2010



Ediciones Barataria abre fuego de vanguardia en la colección “Humo hacia el sur” con Un año, de Juan Emar (Santiago de Chile, 1893-1964). En el propósito de Barataria está publicar a autores que -quién sabe los motivos- el lector español no ha recibido como debiera, este el caso de Juan Emar, o bien del peruano Martín Adán o del argentino Macedonio Fernández, este último más conocido pero no difundido como se merece. Todos ellos cabeza de vanguardia hispanoamericana, precursores de la explosión y experimentación literaria en esas tierras.

Juan Emar consigue con Un año situarnos en la excepcionalidad literaria, en la literatura vista desde el envés y atacando con nuevas formas la redacción de un diario que comienza el día 1 de cada mes.

Enero 1º:“Hoy he amanecido apresurado. Todo lo he hecho con apresuramiento vertiginoso: bañarme, vestirme, desayunarme, todo Y rápidamente también terminé la lecutra de Don Quijote y empecñe la de La divina comedia”

Julio 1º: “hoy he vagado sin rumbo. Tras de mí, paso a paso, el dedo de Dios. Lo he sentido a todo momento. Dos veces se me ha clavado en la nuca”

La irregularidad vital y el surrealismo de su diario, escrito en 1935, lo hacen una obra singular, un lugar nada común. Juan Emar es una isla extraordinaria que actúa como detonante creativo, para el lector que se sumerge y para el escritor que tiene la curiosidad de probar otras recetas literarias apartadas de lo habitual. La edición viene acompañada de un prólogo de Enrique Vila-Matas que ya nos situa en la “rareza” del escritor chileno. Sintomática es la noticia que publicó El Mercurio en 1964, tras su muerte, y a la que Vila-Matas hace referencia en dicho prólogo: “una extraña personalidad que pasó por la vida como un inadaptado y un rebelde”. Acérquense a Juan Emar, introdúzcanse como una burbuja en medio del mar o rebélense contra las sombras, pongan atención a los bichitos que carcomen los libros de sus bibliotecas no sea que estallen fruto de los Cantos de Maldoror, henchidos de crueldad, como le sucede al narrador de Un año. La anti-novela espera ser devorada. No se arrepentirán.

10 marzo 2010

Dos excéntricos vanguardistas





Culturas
La Vanguardia
Miércoles, 10 marzo 2010
Mauricio Bach




Con encomiable espíritu arqueológico, la editorial Barataria inicia una colección dedicada al rescate de textos de la vanguardia histórica latinoamericana y la inaugura con dos novelas breves de sendos excentricos - en lo personal y en lo literario-, poco conocidos en nuestro país.
Lo de llamar a estos libros novelas implica utilizar el término en su sentido más amplio, de obra en prosa en la que se relata -aunque sea de forma más o menos difusa- una historia. Pero en ambos casos se trata de unos artefactos literarios cuyo interés fundamental no reside en la construcción de una trama o de un personaje central, sino en la plasmación de un cúmulo de emociones, referentes metaliterarios y arabescos lingüísticos. Y en ambos casos se constata que la vanguardia histórica, que dio buenos resultados en pintura o en poesia - hay hitos memorables en latinoamérica, desde el Borges primerizo hasta el Neruda de Residencia en la tierra, pasando por Huidobro, Vallejo o las más juguetones Ol¡verio Girondo o Nicanor Parra- , obtiene unos resultados más discutibles cuando se aplica a artes esencialmente narrativas como la novela.
Un año, del chileno Juan Emar (1893-1964), al que Neruda calificó de "nuestro propio Kafka", consiste en trece breves capítulos situados cada uno de ellos el primer día de cada mes del año, y el final en el último día de diciembre. Con un hilo argumental mínimo, el planteamiento hace pensar en los muy posteriores experimentos del Oulipo, sobre todo del gran George Perec. Pero Emar, más visionario y arrebatado, carece del elemento lúdico y el rigor constructivo del autor de La vida, instrucciones de uso.
El peruano Martín Adán (1908-1985), figura legendaria de la bohemia que pasó su vida entre los cafés y los sanatorios mentales, fue sobre todo poeta y La casa de cartón es una novela primeriza que relata el despetar a la vida, el amor y el erotismo de un joven que vive y pasea por una aburrida ciudad balnearia. Impregnado de referencias literarias, mas allá de la trama argumental, su verdadero valor está en los hallazgos lingüísticos del autor, que retuerce y exprime el lenguaje en busca de poderosas imágenes de raigambre poética: "El mar es un alma que tuvimos, que no sabemos dónde está, que apenas recordamos nuestra"; "en la taza de café del firmamento, flotará indisoluble, ingrávido, el terrón de azúcar de la luna".


24 enero 2010

La Nación







Colección rescata a los padres del “Boom latinoamericano”
Por Javier García / La Nación

Titulada “Humo hacia el sur”, el sello inauguró las ediciones de bolsillo con Juan Emar y Martín Adán. Ahora, acaba de publicar dos novelas de Macedonio Fernández y los cuentos de César Vallejo.

¿De quiénes nacieron los grandes autores del “Boom latinoamericano”? Es la pregunta que sirvió para el despegue de la nueva colección de la editorial española Barataria llamada “Humo hacia el sur”.
El sello, parte del grupo Contexto (donde destacan las editoriales Sexto Piso, Periférica, Nórdica, y otras) comenzó hace dos meses el rescate de autores claves de las vanguardias latinoamericanas del siglo XX. Los dos primeros títulos salidos son “Un año”, del autor nacional Juan Emar -con prólogo de Enrique Vila-Matas- y “La casa de cartón”, del peruano Martín Adán.
Dirigida por la escritora chilena Claudia Apablaza los seleccionados para la colección son “narradores que por el trabajo con las estructuras y contenidos narrativos establecieron un punto de inflexión con los escritores costumbristas y realistas de su época”, y para ser más precisos Apablaza dice que son “los padres literarios del ‘Boom latinoamericano’, que ejercieron una influencia en su obra, aunque luego escritores como Borges, Vargas Llosa o García Márquez desarrollaron una obra diferente de sus antecesores”.
“Humo hacia el sur” tiene proyectada publicar a dos escritores cada dos meses (en total 20 títulos). Y esta vez sus novedades son “Papeles de recienvenido y continuación de la nada”, de Macedonio Fernández y “Escalas melografiadas”, de César Vallejo.
Mientras se ofrecen en librerías de la Península, en abril los libros (de formato de bolsillo) serán distribuidos en Chile y Argentina gracias a la subvención del Ministerio de Cultura de España y la Agencia de Cooperación española.

NADA AL OTRO LADO

En cuanto al nombre de la colección, “Humo hacia el sur”, está tomado de la novela homónima de la escritora chilena Marta Brunet. Y sobre el libro, o más bien, los dos libros en uno que trae el volumen de Macedonio Fernández: “Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada”, incluye una nota de Ramón Gómez de la Serna y una “Despedida” de Jorge Luis Borges.
Ambos títulos fueron escritos de forma independiente por el autor argentino, pero publicados en un solo volumen en 1944. “Papeles de Recienvenido” es una especie de invitación para cualquiera que viene llegando al mundo de las letras con trazos de discursos. Y en el caso de “Continuación de la Nada”, se construye con fragmentos de escrituras, como cartas no contestadas y reseñas de vidas imaginarias.
El otro libro que aparece por la colección de Barataria es “Escalas melografiadas”, de César Vallejo. Conocido por romper con los cánones de la poesía en castellano, esta vez el poeta peruano es rescatado con su primer volumen de cuentos (con prólogo de Patricia de Souza), que escribió en su encierro en la cárcel, igual que su poemario más reconocido, “Trilce”.
Publicado en 1923, “Escalas melografiadas” se divide en dos partes: Cuneiformes y Coro de vientos, donde los temas son la justicia divina, el amor, el miedo a la locura, la muerte ante la soledad brutal del autor que murió en París con aguacero.

Javier García
La Nación
20/01/2010

23 enero 2010

El Universo







El gran puente
Leonardo Valencia

Decía Lezama Lima que a un gran puente no se le ve, acaso porque cuando caminamos por ellos no divisamos sus bordes perdidos entre la bruma. La imagen del poeta cubano siempre me resultó estimulante para abrir la perspectiva sobre la rígida idea de las raíces identitarias, que da por supuesto el suelo que se pisa y que, más bien, es un puente. Visto así, hasta las raíces me interesarían por ser nómadas, si no fuera porque las únicas raíces que me interesan son las etimológicas y las que cultivo en las macetas de mi balcón. Por su grosor y su asma y su monumental talento, Lezama Lima necesitaba grandes espacios abiertos a la imaginación, aunque los espacios apenas los tuvo, reducido al abandondo y la desidia de un rinconcito tolerado a duras penas por el gobierno de Fidel Castro, que destrozaba a sus mayores talentos convirtiéndolos en burócratas culturales o empujándolos al exilio.
Pero por ahora no voy a hablar de política, ya lo hacen muy bien los columnistas de estas páginas, y hay tantas izquierdas buenas que no vale la pena desgastarse en la mediocre o simulada como la que va quedando en el gobierno actual. Hablaré de puentes. No grandes como los de Lezama, que esos son suyos, sino de otros, tan chiquitos que tampoco se los alcanza a ver y que más bien parecen cuerdas tensadas sobre el abismo. O como quería Kafka: colocadas a ras del suelo para hacernos tropezar.
Una editorial pequeña y arriesgada siempre tiene el deber de hacernos tropezar. Aunque más preciso sería decir que nos sacuda para mirar bien por donde caminamos con lo que leemos. Pienso ahora en la editorial española Barataria, que vale tanto como la ínsula que Don Quijote le prometió a Sancho Panza, y que es una ilusión para seguir con la aventura, en este caso, de la escritura. El asunto es que editorial Barataria, combativa como ella sola con la cantidad de autores italianos progresistas que ha publicado como Fenoglio, Tondelli o Meneghello, ahora hace otra apuesta: la colección “Humo hacia el sur”, dirigida por la escritora chilena Claudia Apablaza. Y lo que nos cuenta esta colección son las señales de humo que se emiten desde América Latina que ahora pueden circular en España.
Acaban de publicar La casa de cartón, del peruano Martín Adán; Un año, de Juan Emar; Los papeles de recienvenido de Macedonio Fernández, y en breve volverán a editar a Pablo Palacio y a tantos autores más de las vanguardias latinoamericanas que, no hay que sorprenderse, no habían sido publicados en España. Por cierto, España no puede publicarlo todo. Cada vez se reduce a ser un país más entre los tantos en los que se habla y publica en español, pero es cierto que todavía sigue siendo el país que ayuda a tender hilos editoriales en medio del marasmo latinoamericano de no ponernos de acuerdo para liberar fronteras e impuestos sobre los libros. Y es por aquí donde los lectores ganan releyendo o descubriendo a toda una vanguardia que amplió el puente de la lengua, tan grande, tan vasto, que nunca se lo termina de recorrer.


El Universo
Guayaquil - Ecuador

19/01/2010

04 enero 2010

Calidoscopio Panfleto Cultural


Es preferible entenderse con los patos
Alrededor de Un Año, de Juan Emar
Por Iván Humanes

Si Juan Emar no hubiera visitado Barcelona este mes que viene, no se me habría dado la posibilidad de tener esas mínimas palabras con el autor que confirman que es preferible tener que entenderse con patos que con las olas embravecidas. Porque estamos más cerca, en tamaño, al pato que a la inmensidad del océano. Así lo dice en su diario con título Un año, que recién ha editado Ediciones Barataria. Sintomática es la noticia que publicó El mercurio en 1964, tras su muerte, y que Enrique Vila-Matas da referencia en el prólogo: “una extraña personalidad que pasó por la vida como un inadaptado y un rebelde”. De esto mismo no ha dicho nada Juan Emar en nuestro brevísimo no-paseo por el puerto de Barcelona. Tan sólo ha confirmado que es preferible tener que entenderse con los patos, y luego ha hecho el ademán de estrecharme la mano y ha imprimido un paso matemáticamente tan complejo que me ha dejado descompuesto, sin personaje, y meditando sobre las gaviotas y la alteración. Con Emar yendo y viniendo, con su imagen que ya no era y que de repente iba y venía; un adiós más allá del espejo.
El autor chileno, de nombre civil Álvaro Yáñez, maneja la excepción y la irregularidad vital como nadie, como germen y post-vanguardia de aquellos que vinieron después. De muchos de ellos. Emar contiene el Boom (como en algún momento dijo el escritor ecuatoriano Leonardo Valencia el verdadero Boom arranca, inclusive, en la primera mitad del siglo XX). Un año debe situarse en el tiempo que se dio, y que lleva por numeral en vulgaris 1935. Es el 1 de cada mes el día en el que el diario se abre y cierra hasta conseguir una totalidad de 12 meses que dan como resultado un año natural y extraordinario. Aunque lo extraordinario y lo excepcional no debe contemplarse como algo fuera de un orden. Tiene su propio orden secreto. Y, por ejemplo, si en uno de los meses el narrador consigue hacer sonar un disco colocándolo sobre el índice de una mano, con la derecha raspándolo y abriendo la boca desmesuradamente hasta que atruena la voz de Caruso, no debe verse como una fantasía premeditada. Para algunos privilegiados la vida funciona así, se representa continuamente mediante excepciones y fragmentos, y no deberíamos suponer de forma simplista que utilicen juegos de magia para conseguir un resultado predefinido. Emar ve así, piensa de esa forma, respira literatura excepcional, y él mismo es un sujeto privilegiado que consigue hacer de la excepción la norma. A la manera que lo hicieron los surrealistas, o más concretamente, a la sazón de Alfred Jarry, por dar un nombre más a todo el embrollo (en 1919 Emar viaja a Europa y se instala en París).
Quién sabe los motivos que hacen circular y dar eco a algunos escritores. Juan Emar no lo tuvo, apenas su obra es conocida más allá de su país. Ediciones Barataria lo sirve en bandeja anual, bajo la colección Humo hacia el sur que dirige Claudia Apablaza. Y no habría que perderle ojo. Es más, debería vocearse aquí y allá, por eso de no hacer aún más injusta la literatura. Enrique Vila-Matas lo descubre en uno de sus viajes a Chile y le da la ventaja de “raro”. En la obra que referimos, Juan Emar describe ciertos hechos, luego medita sobre ellos. Es un meditar metafísico (¿o era mefistofélico?) y el hombre tiene en su cogote el dedo de Dios, que le apunta y le incomoda, debe indagar en el sentido recóndito de los elementos que le rodean. Con humor y gafas de visión intra-humana. Muy significativo es el simbolismo que también desprenden sus páginas. Como que Dante abra el diario, que luego el narrador descienda como una raíz hasta el subsuelo y visite los otros mundos inferiores (las diferentes capas del planeta) y que haga referencia velada a Hermes, entre otros, al dejar escrito esa máxima de que lo que está abajo es reflejo del cielo. En especial el número 14 es repetido durante el desarrollo de Un año. Leemos en enero: “Tengo cierta afinidad o cierta superstición con el número catorce. Ahí me detuve. No intenté la decimoquinta experiencia”. El número 14 es el límite, nunca llegar al 15. Y el número 14 también puede servir como lugar donde reposar. Unamos la numerología que emplea el autor con el Tarot. El 14 es La Templanza, el equilibrio y la transferencia de fluidos y el conocimiento, el número alquímico por excelencia. ¿Y el 15? Ah, estimados lectores, el número 15. ¡El número 15 es el arcano de El Diablo!
El Diablo espera, entonces, en el mes de octubre de su “antinovela” Un año para practicar el engaño: “Sin pérdida de tiempo, y ya que él apremia, he de decirle que acierta usted, en todo el sentido del verbo acertar, al haber calificado de mefistofélico o demoníaco a los seres y cosas de la séptima capa, y de puro y celestial a cuanto contemplaba su ojo cerrado y dirigido a la bóveda celeste”. ¡No pierdan línea!, continúa: “Mas he de advertirle –y le ruego ponga en esto toda su atención-, que una increíble e incalificable equivocación de los hombres, equivocación que perdura desde siglos y siglos, atribuye a lo subterráneo de la capa séptima un marcado tinte nefasto, y a lo que centellea en la luz de arriba un marcado tinte benévolo”. Más adelante: “De siglos atrás el mal tiene pétalos blancos y sedosos y el bien chifla de noche apestando el aire. Ruégole a usted creerme a pies juntillas”. El nombre del personaje con “ancho gabán, sombrero hongo y paraguas abierto” es Desiderio Longotoma. Ponga cuidado, lector intrépido, por lo tanto, en encontrarse a Desiderio un día en la mesa de un bar y escuchar sus argucias. Porque pueden ser verdad.
Juan Emar no es un lugar común. Tampoco su escritura. Huidobro le aconseja (¡!) que evite la frase fatal “una sonrisa estereotipada” en su escrito. Lo leemos en este mismo diario como guiño. Que es mucho mejor “una sonrisa de alambre”. La primera frase es una frase fatal de cuantos se sienten literatos. Y eso no. Eso no. Emar es una isla extraordinaria. No es un literatoide. Acérquense a Juan Emar, introdúzcanse como una burbuja en medio del mar o rebélense contra las sombras, pongan atención a los bichitos que carcomen los libros de sus bibliotecas no sea que estallen fruto de los Cantos de Maldoror, henchidos de crueldad. No se arrepentirán™. Y hagan caso de la recomendación: mucho mejor entenderse con patos que con olas embravecidas. Por tamaño, el hombre ocupa un punto mucho más cercano al pato que al océano. Y esperen en cualquier puerto la no-aparición del autor. Mientras tanto hagan tiempo hasta que se le haga justicia y honor en la literatura, ese océano que a veces nos hacen creer que es río.

Y no se arrepentirán porque, como apunta el autor, un diario en el que todos los días empiezan por: “Hoy he”… seguido de un participio, es una fórmula exitosa seguida como ley sagrada por todas las jovencitas que escriben su diario y por “todos los sabios profesores de gramática y retórica”.

Un año
Juan Emar (Santiago de Chile, 1893-1964)
Prólogo de Enrique Vila-Matas
Ediciones Barataria
Colección Humo hacia el sur

Calidoscopio PANFLETO CULTURAL

21 diciembre 2009

Encuentros de lecturas


Humo hacia el Sur es la nueva colección de bolsillo que Barataria dedica a las vanguardias latinoamericanas. En ella se van a ir publicando cada dos meses un par de obras de las vanguardias latinoamericanas que introdujeron la modernidad en aquella literatura y marcaron una transición imprescindible para renovar la novelística de Hispanoamérica. Se ha inaugurado con dos títulos: Un año, una novela breve de 1935, del chileno Juan Emar, al que Neruda consideraba nuestro propio Kafka, tranquilo y excéntrico, y La casa de cartón, del peruano Martín Adán, una novela lírica y descriptiva que refleja la capacidad poética de su autor y la intensa elaboración metafórica de su estilo.

Santos Domínguez

04 diciembre 2009

Humo hacia el sur

Escritor en Allak – Delirios pertinentes

Se dice de los pioneros que están locos, que son salvajes, e incluso se les acusa de cierta solapada actitud pendenciera, pero pienso que lo más destacable es su gallarda indiferencia; a hacer el ridículo, me refiero.
Y, aún más, su candor, su digna inocencia.
Los pioneros son los que van primero y no precisamente por vanidad, ni animados por una pura valentía rabiosa, qué va, lo que les mueve es el hastío frente al estado de excepción cultural de su época. Es decir: el aburrimiento. Estos pioneros son los mal tenidos por vanguardistas.
El vanguardista es un hombre sin alma, aquel que hace de la máquina su diosa, y así, esa máquina de la guerra que es el lenguaje, se convierte en su prometida. Su pluma insolente ha de buscar allá donde no se sabe qué hay: en el desierto. Y en el yermo imprevisto horizonte amplísimo es donde se afana en inventar sus más recónditas y benditas groserías lingüísticas.
Porque el buen vanguardista no se subyuga al terno de suave plumaje que adorna al laureado poeta y el digno ciudadano, ah, no, el escritor vanguardista le saca el pescuezo a la gallina por ver qué esconde dentro.
Y es que el buen vanguardista es necesariamente un orate. Aquel que se asombra con el milagro espontáneo del devenir libre del lenguaje. Y, por ello, del absurdo hermético del mundo.
Otra característica de los escritores vanguardistas es que deben ser necesariamente raros, pero no porque se lo propongan, sino por la disfunción con la que su mente –y consecuentemente, su prosa- divisan la extrañeza del mundo. Y así es como la exponen.
Pues su modo de utilizar el lenguaje juzga lo visionario, lo onírico y lo decadente como únicas humoradas posibles.
Estas son las coordenadas de las primeras vanguardias de los años veinte, las tenidas por vanguardias históricas.
De entre todas estas vanguardias, las menos conocidas tal vez hayan sido las latinoamericanas, y para ponerle remedio a este estado de cosas, nace la colección Humo hacia el sur. Se trata de una colección de necesaria estética funesta y bella negritud, como corresponde a los irredentos cadáveres hermosos, y están editados pulcramente por Barataria, al cuidado de la chilena Claudia Apablaza. Sus dos primeros títulos son La casa de cartón, del peruano Martín Adán y Un año, del chileno Juan Emar.
Comencé a leer la obra de Martín Adán en uno de esos días que se duplican, en los que uno lleva tal vez 30 horas sin dormir, echado en el sofá, con la magia nueva de la mañana y recuerdo que me pareció estupenda, excitante e inspiradora. Y, sin embargo, la vuelvo a leer ahora, en el alba del domingo, y me resulta incomprensible. Parafraseando al protagonista de la novela cuando dice que “no estoy seguro de mi humanidad”, se ha de asegurar que La casa de cartón no está segura de su ficcionalidad. Así, el libro es una evocación líricamente metafísica de la trascendencia de la mirada. De hecho, la escritura de Martín Adán, como corresponde al primer hombre fundacional de la vanguardia peruana, es un puro desconcierto de la memoria, de la que van surgiendo destellos poéticos en tanto que el protagonista pasa varios días en un sanatorio, profecía tal vez de los años finales de la vida real del escritor Martín Adán, que serían consumidos físicamente en sanatorios.
Hay en Adán una sobreestimación fabulosa de la poesía, y del poeta como ser supremo. Y de ahí surge la hermosura del libro, incomprensible como siempre es la belleza. La casa de cartón Perorata del Apestado de Gesualdo Bufalino, podría ser perfectamente una (pre)cuela de Un año, de Juan Emar, también parte de un engaño: un falaz diario anual, que consta de 12 capítulos tomando como base el día primero de cada mes. La estructura de dietario pronto muda a perfecta maquinaria de destrucción de sí mismo, de negación de cualquier simbología (por la vía de la inversión y la prosopopeya), de la lógica (anulando la necesidad de la estructura por el capricho temporal, o mejor, “atemporal”) y de la continuidad de la trama de la historia. La narración pues abunda en retruécanos, supersticiones vacuas y extrañas hibridaciones fantasiosas. Y es de ahí de dónde saca todo su humor descabellado. No en vano es conocido Juan Emar como el Kafka chileno (en palabras de Pablo Neruda). Un año cierra con un imposible viaje regenerador que hace el protagonista, en un barco llamado Orangután, hacia el sueño, y en el que le acompaña un enorme y amistoso alcatraz.
Tanto Emar como Adán mezclan en sus libros elementos tradicionales (incluso arcaizantes) y contemporáneos que al lector le resultarán tremendamente atractivos. Sus fustigamientos estéticos son una burla mesiánica principalmente hacia la convicción del orden y la dialéctica del clasicismo, que se manifiesta en una constante evidencia del artificio (explicitando que la unidad textual se consigue sólo por la voluntad del escritor), en la forzosa soledad del lenguaje (en cuyo seno es el poeta quien domina el abismo) y, en último término, en una confianza suprema en el hombre como instrumento de la modernidad.
Por ello son ambos libros delirantes, siguiendo el sentido que le da Vicente Huidobro en su Manifiesto de Manifiestos, diciendo que ““mientras que el ensueño pertenece a todo el mundo, el delirio pertenece a los poetas”.
El lector español encontrará que Emar es quizá más terrenal y Adán más áureo, pero sentirá que ambos podrían participar sin problemas de la greguería de Goméz de la Serna, que tan bien se conoce por aquí.
En estos momentos en los que en España se trata de reactivar el movimiento de vanguardia con el corolario de los así llamados escritores mutantes, encontrará el lector ibérico una oportunidad magnífica para descubrir las raíces polifónicas de una continuidad vanguardística y experimental que hasta ahora teníamos huérfana en las librerías de la península.

J.S. de Montfort.

29 noviembre 2009

Humo hacia el sur


Debo a la Claudia Apablaza el descubrimiento de Juan Emar. Ya daré más crítica-ficción sobre Un año, la "anti-novela" que ve acaba de ver la luz en la editorial Barataria con prólogo de Enrique Vila-Matas. Ahora dejo un blog que es dedicatoria a su memoria, para el lector curioso: Juan Emar/Umbral
Además de Un año, la nueva colección de Barataria con título Humo hacia el sur también nos presenta La casa de cartón, del escritor peruano Martín Adán. Prólogo de Vicente Luis Mora.

25 noviembre 2009

Humo hacia el sur


Así, en homenaje a la novela homónima de la chilena Marta Brunet, se titula la nueva colección que Barataria dedica a las vanguardias latinoamericanas.

El proyecto, dirigido por Claudia Apablaza, pretende ir publicando cada dos meses un par de obras de las vanguardias latinoamericanas con prólogos de un escritor español. Se trata de recuperar un eslabón olvidado con frecuencia: la ruptura con la tradición indigenista, realista y tardocostumbrista que promovieron las vanguardias en los años treinta. Una ruptura que hizo posible que algunos años después se produjese la primera explosión del Boom con Onetti, Borges, Asturias o Carpentier. Aquellas vanguardias latinoamericanas introdujeron la modernidad en aquella literatura y marcaron una transición imprescindible para renovar la novelística de Hispanoamérica.

Se presentaba la semana pasada en Sevilla en un cuidado y asequible formato de bolsillo con dos títulos: Un año, una novela breve de 1935, del chileno Juan Emar. Inadaptado y rebelde llama en su prólogo Enrique Vila-Matas a aquel Juan Emar al que Neruda consideraba nuestro propio Kafka, tranquilo y excéntrico.

La casa de cartón, del peruano Martín Adán, con prólogo de Vicente Luis Mora, es la otra novela breve con la que se abre la colección: una novela lírica y descriptiva que refleja la capacidad poética de Martín Adán y la intensa elaboración metafórica de su estilo.

20 noviembre 2009

Humo hacia el sur


Humo hacia el sur: recuperación de las vanguardias latinomericanas.

Antes del famoso boom latinoamericano de los sesenta, hubo otro en esas mismas latitudes, quizá más importante por pionero y libertador. La literatura del otro lado del charco decidió integrarse en la veloz modernidad del siglo XX y soltar amarras culturales con la Madre Patria para navegar y descubrir otros horizontes que la transformaron, dándole más brío, estilo y fuerza experimentadora.
Los hombres que propiciaron esta revolución siguen siendo grandes desconocidos. Estos malditos involuntarios vivieron su época bajo el signo de la más profunda incomprensión. Ahora su obra recobra vida mediante Ediciones Barataria y su colección Humo del sur, serie de doce títulos anuales, dos por bimestre, prologados por prestigiosos autores españoles.

Juan Emar abre el baile desde su afán rupturista, corroborado por el origen de su nom de plume. J’en ai marre. Estoy harto. Nacido en Santiago de Chile en 1893, desarrolló su actividad en varios campos de la creación, formando parte del colectivo de artistas plásticos Montparnasse, del que podemos destacar a los hermanos Ortiz de Zárate. En 1917 publicó Torcuato, debut que precedió a un largo silencio, roto en los años treinta, cuando vieron la luz varias novelas breves y el conjunto de cuentos Diez, relatos en los que exhibe un demoledor instinto de fractura en relación al pasado. Emar será ninguneado durante años y morirá en 1964 sin dar a conocer su proyecto más ambicioso, Umbral, novela de cuatro mil páginas dividida en cinco libros, finalmente editada en 1996. Para su presentación en nuestro país la editorial barcelonesa ha optado por Un año, breve texto que glosa el transcurrir de un hombre obsesionado con el número 14 a lo largo de doce meses agitados desde fragmentos y vivencias que pese a su apariencia surrealista hablan con voz certera sobre la realidad y sus fenómenos. Las alegorías fluyen y los significados emergen a medida que avanzan las páginas. La prosa juega y expresa una profunda necesidad de cambio con símbolos que marcan una evolución en el camino a seguir desde que Cristo resbala, se da un fuerte golpe en la nuca y sus clavos aterrizan punzantes en sus piernas. La muerte del hijo de Dios tiene su continuación en el deslizarse de los vocablos, metáfora útil para comprender la honda preocupación de Emar por apartar la ropa vieja y formular con el abecedario nuevos vestidos que en Un año lucen, y no sólo por el lenguaje, guerrero contra el tópico por influencia de Vicente Huidobro. El chileno bebió mucho vanguardismo durante su larga estancia en Paris y ello se nota en ciertas temáticas que van desde el uso de elementos cotidianos de modernidad, su pesadilla con el teléfono y la risa, hasta la plena conciencia de lo únicos y especiales que son los momentos carentes de trascendencia histórica. La rotunda imaginación del autor no le impide escarbar en terrenos filosóficos para apuntalar sus teorías. El bien y el mal son un punto erróneo de partida para comprender lo que nos rodea. Conviene prescindir de maniqueísmos para avanzar y fundirse con la naturaleza o el medio urbano, partes integrantes del devenir humano, totalidad benéfica que debe ser plasmada si se quiere captar una totalidad pura, cosmogonía de la repetitiva rutina y sus accidentes con vistas más allá del horizonte convencional.

Martín Adán o el atrevimiento
Rafael de la Fuente Benavides
nació en Lima el 27 de octubre de 1908. Conjugó en su seudónimo una especie de plenitud humana. Martín significa mono en Lima y Adán fue el primer hombre. Con tan sólo veinte años publicó La casa de cartón, novela que en muchos momentos puede recordar a las sinfonías urbanas que tanta fortuna cosecharon en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, tanto en cine como en literatura. Su endiablada prosa penetra en todos los matices de la calle, invadiendo baldosas, balcones, farolas, malecones, asnos y un largo etcétera con una exhuberancia propia de su juventud, que reparte colores a cada paso que da y llena el estilo de una carga lírica que llega al paroxismo en el capítulo Poemas underwood, mezcla de aforismos con toque de greguería, pequeños versos maquillados y una feroz crítica, estéril en más de una ocasión, hacia nombres ilustres de su tiempo, como si la mofa irónica sobre ellos le diera un inexistente plus. La mención a Pirandello, Proust, Joyce, Spengler y otras personalidades parece más bien un pedante e innecesario exorcismo de un autor novel preocupado por no dar la talla y mostrar ante sus compatriotas una cultura excepcional al alcance de muy pocos, alarde de frívola erudición que el conjunto exculpa por brillantez, originalidad y atrevimiento.

No creemos que sea casual la elección de dos novelas donde la desaparición de un amigo articula un discurso tendiente al encuentro de nuevas fórmulas y conocimientos, como si la existencia terrenal, demasiado apagada y conformista, fuera insuficiente para hallar la piedra filosofal válida para derribar los muros de la tradición y avanzar hacia senderos desconocidos que indudablemente beben de Europa y adquieren forma propia desde características locales. Otro aspecto que vincula Un año con La casa de cartón es la insatisfacción del amor, burla de quienes desean iluminaciones metafísicas porque los pies se cansaron de la tierra yerma y aspiran a flechazos metafísicos con vistas al futuro que es su escritura, santa arma decisiva al finiquitar de un difícil plumazo el vetusto edificio colonial y sus anquilosamientos culturales. Trazando la línea de la vanguardia en el continente andino lograron abrir la puerta al prohibido prohibir que abrazara una inmensidad donde fuera posible, y así fue, jugar al psicoanálisis, perseguir viejas, hacer chistes…todo, menos morir.

Jordi Corominas i Julián
Revista de Letras

22 octubre 2009

Barataria destapa el otro «boom» latinoamericano


Carola Moreno apuesta por los abuelos rebeldes del «boom» latinoamericano con su nueva colección de bolsillo «Humo hacia el sur». Precursores como el chileno Juan Emar o el peruano Martín Adán asaltan el catálogo de Barataria.

Raros, incomprendidos y muchos de ellos todavía desconocidos fuera de sus países de origen. «Fueron malditos involuntarios, porque nadie entendía lo que estaban haciendo», dice la editora de Barataria, Carola Moreno. Se refiere a Juan Emar, Martín Adán o Macedonio, los grandes nombres de la vanguardia latinoamericana cuyo legado aún hoy permanece oculto.
Moreno recupera esos nombres, junto a otros como el cubano Lorenzo Garcia Vega o el guatemalteco Luis de Lión, en su nueva colección en formato económico (10 euros) Humo hacia el sur. «Todavía se tiene la idea errónea de que el boom latinoamericano surgió de la nada. La idea de esta colección es dar a conocer a los precursores de esa explosión literaria, los que la propiciaron», explica.
Con una docena de títulos al año, a razón de dos por bimestre, la serie Humo hacia el sur saldrá a la venta el próximo 15 de noviembre. Primero en España y luego también en Estados Unidos, a través de la gigántesca distribuidora de Chicago IPG Books, que cuenta con una importante sección de libros en español y nutre de obras en dicha lengua a las bibliotecas y universidades americanas. En poco tiempo Moreno planea extender la distribución a toda América Latina, porque es consciente de que a «pesar de ser autores imprescindibles, son poco conocidos en Latinoamérica, fuera de sus respectivos países».

La serie arranca con la novela Un año (1935), de Juan Emar -el Kafka chileno, como lo llamaba Neruda-, con prólogo de Enrique Vila Matas. Juan o Jean Emar, seudónimo de Álvaro Yáñez (1893-1964) derivado de la expresión francesa «J'en ai marre» (estoy harto), fue además pintor y defensor acérrimo de las vanguardias europeas que, como amigo íntimo de Huidobro, se encargo de difundir en su célebre poema Altazor. Al morir, Emar, dejó una novela inconclusa de más de 5.000 páginas que hoy ya es leyenda. Le sigue La casa de cartón, la primera novela del hermético poeta peruano Martín Adán, por quien Allen Ginsberg sintió devoción, con prólogo de Vicente Luis Mora. Se trata de una novela publicada en 1928, cuando el autor contaba sólo con 20 años, y que significa unos de los primeros brotes del vanguardismo europeo en tierras de ultramar: en un balneario de Barranco, y sin que se atisbe una trama argumental convencional, el autor profundiza en las reflexiones de un joven con una prosa hermética que demuestra una profunda inclinación metafísica. Y para la tercera y próxima entrega, Barataria promete los Papeles de recienvenido, de Macedonio Fernández, uno de los escritores más desconocidos pero, a la vez, más importantes en el cambio del siglo XIX al XX. Amigo en su juventud del padre de Borges, Macedonio trabajo en los campos de la poesía, el periodismo y el ensayo. Papeles de recienvenido y continuación de la nada se publicó originalmente en 1929, y es uno de los ensayos que ayudaron a cimentar su prestigio en las letras argentinas.


Matías Néspolo

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