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24 mayo 2011

Hilda - Marie NDiaye





A Marie NDiaye (Pithiviers, Francia, 1967), autora francesa de origen senegalés, se le puede considerar como una “niña prodigio” de las letras francesas. Con sólo diecisiete años publicó su primera novela (Quant au riche del avenir, Minuit, 1985), aunque empezó a escribir con 12-13. De hecho, se cuenta que el editor de Minuit se presentó en el instituto en el que cual la “joven promesa” desarrollaba sus estudios para que firmara un importante contrato como escritora para dicha editorial. Su obra es muy amplia y abarca no sólo la novela y el relato corto sino además teatro, literatura infantil, ensayo y hasta un guión de cine basado en un de sus más aclamadas obras teatrales (Papa doit manger, Minuit, 2003).

En el año 2002 obtuvo el premio Fémina por Rosie Carpe y en el 2009, se alzó con el Premio Goncourt, por Trois Femmes puissantes. (Tres mujeres fuertes, publicada en el año 2020 en nuestro país por Acantilado en español y Quaderns Crema en catalán), libro de relatos en el que Ndiaye nos brinda tres narraciones euro-africanas, hermanadas por la potente personalidad de sus tres protagonistas; Norah, Fanta y Khady. En el tercero de ellos, aborda – al igual que hace en Hilda - una de las constantes de su obra: los modelos de nuevo esclavismo del siglo XXI y que se dan en sociedades presuntamente civilizadas, tolerantes y no racistas:

"Los inmigrantes pasan por situaciones terribles, demuestran un valor y un coraje admirables", dice. "Aunque son económicamente miserables, ante todo son unos héroes comparables a los de la mitología clásica, que van superando pruebas", afirma con contundencia (El País, 24/03/2010).

De hecho, tras la victoria de Sarkozy en el año 2007, optó por abandonar Francia y exiliarse en Berlín:

“Sarkozy forma parte de una derecha que roza con la extrema derecha, sin piedad con los pobres y los extranjeros. No guarda ningún parecido con la derecha tradicional, cristiana y compasiva. Angela Merkel, en cambio, no me molesta en absoluto (Qué leer).”

Esta inquietud está también muy presente en Hilda, la obra que nos ocupa en esta reseña. Aunque Hilda (publicada en el año 1999 en Francia) puede ser encuadrada por su estructura y formato dentro del género teatral lo cierto que también puede leerse como una novela breve ya que carece de algunas de las características propias de la dramaturgia tradicional como son las acotaciones entre paréntesis en los diálogos o las descripciones de escenarios en los cuáles transcurre la acción. De igual modo, debemos imaginar como son los personajes a través de las conversaciones que mantienen pero en ningún momento se indica ningún rasgo físico, de aspecto o de vestimenta o se nos describen acciones. Es decir, aunque adopta más bien la forma de una novela corta dialogada esto no quita que además pueda adaptarse con facilidad al teatro y ser representada por una compañía teatral en un escenario. De hecho, Marie Ndiaye es una de las pocas dramaturgas francesas vivas cuya obras teatrales son representadas con asiduidad por la Comédie Française, ya que algunas de ellas forman parte de su repertorio habitual.

Aunque la obra se llama Hilda, la joven africana no es la protagonista estelar de la trama (o al menos no directamente) sino que se trata de un personaje invisible, sin presencia física en la obra pero del que se habla sin parar en las seis conversaciones (o actos) que mantienen Madame Lemarchand con el marido de su nueva criada (que no es otra que Hilda). Aunque ésta se autodefine como una mujer de izquierdas, lo cierto es que desde el principio considera a Hilda como un capricho, como una especie de muñeca con la que jugar, a la que debe de cambiar de ropita o de peinado, reeducar sus hábitos y costumbres; en definitiva, alguien dúctil que moldear a su antojo.

Aunque básicamente sean estos dos personajes los que dialogan a lo largo de seis capítulos o actos (a excepción de uno de ellos en el cuál aparece también la hermana de Hilda) en realidad, la actitud del marido de la criada es más bien pasiva, tímida y pusilánime. Quién lleva la voz cantante en cada una de estas seis conversaciones es la “dueña” de Hilda quien se manifiesta en todas ellas como una mujer con mucho carácter, parlanchina y avasalladora, a la que es muy difícil llevar la contraria. De hecho, “atormenta” al pobre hombre con unos largos parlamentos que éste responde con cortas afirmaciones o monosílabos, o dándole la razón como a las locas.

Lo peor Madame Lemarchand es que no actúa con maldad sino que en su discurso todo el trato – claramente vejatorio o inhumano – que infringe a Hilda le parece absolutamente normal y lógico; es más, en su opinión, toda la labor que ejerce sobre su criada de reeducación de hábitos y costumbres o esos cambios de aspecto físico o de indumentaria lo hace como una especie de obra de caridad. Sus afirmaciones ni siquiera suenan a justificaciones: ella actúa de esa manera porque piensa que es lo mejor para Hilda y que en realidad le está haciendo un favor. Por otro lado, considera del todo lógico que una persona se convierta en un objeto más de su casa, en propiedad, y se preocupa mucho cuando su criada no sonríe o no se muestra contenta trabajando para ella, considerándolo una ingratitud por su parte. Sobre Hilda, su dueña deposita una mirada “civilizada” que se nos muestra claramente racista, intolerante, manipuladora y esclavizadora para con ella. Pero lo más grave es que en ningún momento se percata de que está actuando de manera incorrecta sino que su visión sobre la relación que mantiene con Hilda, lejos de ser idílica al menos a ella le satisface y cree firmemente que con su actitud le está haciendo a su criada mucho bien.

Frente a esta mirada colonialista, la respuesta del esposo de Hilda no resulta tampoco valiente. Sus respuestas no son contundentes, sino la de alguien que acepta lo que le viene con un encogimiento de hombros, con resignación “cartujana”. No será hasta los últimos capítulos (o actos) cuando éste comience a reaccionar un poco y a mostrar su indignación, sobre todo a partir del momento en que se percata de que su esposa está siendo prácticamente “secuestrada” por Madame Lemarchand. Pero es demasiado tarde ya: sus quejas, protestas o lamentos resultarán absolutamente inútiles ya que ésta no parece dispuesta a devolverle a su esposa.

Enlazando con lo anterior, podríamos describir a Hilda de Marie Ndiaye como una historia de angustia creciente, muy bien dosificada a lo largo de la trama, hasta límites realmente inquietantes o kafkianos y que por esa razón la he disfrutado mucho y considero altamente recomendable.


17 mayo 2011

Hilda, Marie NDiaye



La editorial Barataria ha publicado la pieza teatral, Hilda, de la talentosa autora francesa Marie NDiaye, una de las voces más subversivas y comprometidas de la actual narrativa de este país. Su peculiar forma de entender la literatura, de digerirla, posibilitó que recibiera, en 2009, uno de los premios galos más importantes y prestigiosos, el Goncourt, gracias a la publicación de Tres mujeres fuertes (Acantilado, 2010), obra en la que su autora nos ofrece los relatos de tres mujeres supervivientes, y sobre la que directamente vierte el eco de su pensamiento, el mismo que concede especial atención a los excluidos y desarraigados, a los que son víctimas del silencio, sea éste de la naturaleza que sea.
Hilda es la primera obra de teatro que escribe esta autora, en 1999, e intuyo que este título es, en gran medida, responsable de que Marie NDiaye sea la única escritora viva cuya obra teatral ha sido incluida en el repertorio de la Comédie Française; pero también intuyo que el mérito de Hilda no queda aquí. A lo largo de seis actos, con diálogos precisos e incisivos, y una perspectiva ideológica contundente, Hilda elabora un retrato escalofriante sobre la situación de lo social en la sociedad francesa, retrato que permite al lector proyectar una geografía bastante fiel de la inmigración, de la miseria humana y los desposeídos en el continente europeo; una geografía que pasa ineludiblemente por la reflexión en torno al miedo al Otro, en cómo el inmigrante pasa a ser objeto o moneda de cambio, sobre cómo pasa a ser una simple propiedad; una firme reflexión sobre la condición del individuo contemporáneo.
NDiaye decide no quedarse al margen de los diversos acontecimientos que han sacudido a la sociedad francesa, en las dos últimas décadas, para denunciar –siendo consciente del poder de la palabra– la situación de la mujer inmigrante en este país. Y para ello utiliza la figura caprichosa y despiadada de Madame Lemarchand (personaje de gran complejidad psicológica y social), una mujer de la alta burguesía que ejerce su poder sobre su criada, un poder que tendrá efectos devastadores en la vida e identidad de Hilda, quien desde el momento que entra a formar parte de la casa de los Lemarchand se desvanece entre las palabras que la oprimen y asfixian, entre palabras que le indican cómo debe pensar, hablar o vestir. Palabras que le recuerdan, una y otra vez, que es un objeto más.
Sin grandes artificios, siquiera palabras rimbombantes, sin trazar grandes ideas, NDiaye muestra al lector lo que sucede al otro lado de la pantalla, eso que, en ocasiones, olvidamos que es real y acontece; situaciones terribles sobre las que no pensamos hasta que alguien no las señala, cuenta o narra.