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30 agosto 2011

La pérdida y lo femenino burgués: “La mampara”, de Marta Brunet

Revista de Letras
Jordi Corominas Julián
30/08/2011



Las fronteras siempre han sido demasiado dañinas. Sin embargo sirven para entender el progreso de determinadas sociedades. El mundo no se para, es circular y reparte suerte y coincidencias en todos sus hemisferios. Mientras leía La mampara de la chilena Marta Brunet imaginaba la historia del joven Alberto Moravia paseando por Roma aquel lejano día de octubre de 1922 en que los fascistas iniciaron veinte años de negritud para el país transalpino. Un septenio más tarde el pequeño gran Pincherle sorprendió a propios y extraños con Gli indifferenti, ópera prima que tras sortear la censura marcó un antes y un después que en mi opinión aún no valoramos en su justa medida. Su demoledor retrato de la burguesía se movía por un clima ultradecadente donde la ciudad parecía congelada en un magma infinito del que no se podía escapar. El movimiento existía, pero las cosas permanecían inmóviles por el orden de una clase social demasiado arraigada a unos banales privilegios de los que nunca ha querido desprenderse. La crítica, maquillada en una historia de amoríos y posesiones, de ese sopor supuso un azote al régimen de Mussolini y exhibió unas constantes que acompañarían el resto de la trayectoria del escritor romano.

El ingrediente que excitó mi pensamiento comparativo entre Chile e Italia se debe a una característica compartida de la obra que motiva esta reseña con la que inauguró la singladura del autor de Il disprezzo. En ambas el núcleo central de la narración se configura a través de una familia huérfana del patriarca que ha posibilitado un pomposo estilo de vida, lo que implica una lucha por la supervivencia y mantener la apariencia de un estatus. En ambas hay una madre y dos retoños, que en La mampara son féminas. La única diferencia de peso en el armazón de personajes es que Brunet elige una aparición masculina menos peligrosa que el Leo de Moravia, pues coincidirán conmigo en que es más saludable el antiguo propietario de la casa que un amante con ambiciones inmobiliarias. El susto, la traca, espera en otra residencia, porque en el siglo XX una trama burguesa sin dudas de sensualidad y seducción quedaba coja.

Las casualidades mencionadas no son tales, sino que simplemente articulan contextos diferentes en sociedades que transitan por carreteras de diversas velocidades. El volumen que presenta Barataria en España fue editado en Buenos Aires allá por el lejano 1946, cuando su autora ya llevaba más de dos decenios sorprendiendo con una prosa atrevida, sumamente rítmica y muy moderna por los temas tratados, en los que privilegiaba una psicología de la mujer insólita para su época.

Vayamos al meollo. La muerte de su marido ha dejado a la madre de Ignacia Teresa y Carmen desconsolada y con la misión de cargar con el duro de peso de cambiar un rumbo de opulencia. Su experiencia le permite adaptarse al nuevo contexto. Renuncia a la mayoría de lujos y sólo se aferra a la mansión de siempre por amor, recuerdo o mera subsistencia. Ignacia Teresa es su mejor aliada. Trabaja en una empresa que la sume en la normalidad y cumple sus deberes de hija ejemplar, modesta y consciente del infortunio, rasgo que la aleja de Carmen, empeñada en soñar con una permanencia del esplendor pasado que simboliza su apego al teléfono como objeto de prestigio y contacto con una realidad de rompe y rasga. La chica, guapa y con clase, acude a fiestas galantes, se queja y pulsa con tenacidad un inexistente acelerador para no marchitar la flor de su condición, pues ella no ha nacido para ganar dinero con el sudor de su frente, está destinada a lo exclusivo, sea lo que sea, cueste lo que cueste.

La novela, estructurada en capítulos que por su duración crean una especie de tobogán de emociones, atiende con precisión el devenir de las tres protagonistas. La madre es la guardiana que cuida de cuatro paredes y pretende lo mismo con sus dos niñas. La luz que brilla en la noche es su padecer en la imposibilidad del control. Ignacia Teresa, más presente en el primer tramo, desaparece tras la parte más brillante, puro arte donde en pocas páginas se condensa una poética de lo cotidiano de muy altos vuelos.

Desde pequeña asocia ideas, busca símiles, piensa en imágenes. No es que le guste, porque eso indicaría preferencias y en ella esto es algo tan innato, como lo es tener los ojos azul oscuro, de uva, que parecen negros y que de pronto se observa que no lo son”.

Estas pocas líneas viran hacia una introspección absoluta de la mujer que se funde con el paisaje urbano porque tiene hambre y busca saciarla. Su apetito es culinario y vital, pues quien escribe supone que Ignacia Teresa es un alter ego de la narradora. Entra a un bar, duda y sigue el consejo del camarero. La escena que sigue, con sus manos y las de un inmigrante español queriendo entrelazarse, son una metáfora de la soledad y la ausencia de dos mundos que no volverán.

Si La mampara fuera una película imaginaríamos un fundido en negro. De repente saltaríamos a estancias nobles con jóvenes ávidos de una diversión que se presume, por poses y composición de la imagen que el texto forma en nuestra cabeza, más bien aburrida. Es el discreto encanto de la burguesía hundida en sus propias heces. Ignacia Teresa es clara, diáfana, por eso no ocupa mucho espacio. Carmen es complicada y confusa. Sus aventuras copan el final en una lágrima sostenida que abraza cuerpos en el baile, bebe whisky y se pavonea desde su inferioridad, que es temor a que un día se vierta la última gota de opulencia y aparezca su particular cenicienta.

La contraposición entre ambas hermanas vertebra un discurso basado en la aceptación de una metamorfosis en la que ganar no es quimérico. La asunción de la pérdida es la clave que apaciguará el dolor y engendrará otros horizontes en un canto a la capacidad de lo humano para sobreponerse a las adversidades y tumbarlas con capacidad de adaptación.

Celebramos la publicación de La mampara y deseamos que lleguen a nuestras manos más libros de Marta Brunet en la colección “Humo hacia el sur”, recuperadora de las vanguardias del Novecientos del otro lado del charco y titulada cómo una novela de la autora chilena. Lo anhelamos desde unas coordenadas de recuperación de un legado que sirve sobremanera en la actualidad, pues sin lo pretérito, sin lo clásico que es moderno a rabiar, no seremos capaces de lograr una literatura que no sólo sea fast food y voracidad de mercado, sino que innove, apueste por el riesgo y no olvide que lo que muestra el retrovisor es fuente de aprendizaje con sólidos cimientos, útiles para el presente, armas de calidad que den al viaje libresco fuegos nada artificiales.

04 julio 2011

Personas en la sala - Norah Lange

La biblioteca imaginaria
Eva Monzón Jerez
04/07/2011



Personas en la sala, novela escrita por Norah Lange, publicada por la editorial Barataria, es una obra que vale la pena leer despacio, sin prisas para dejarse llevar por el juego que la autora nos propone.
Norah Lange (1905-1972), poetisa y novelista argentina, publicó varios poemarios, autobiografías y novelas, la última no la vio publicada en vida. Perteneció a un grupo de escritores y artistas vanguardistas que se creó en Buenos Aires en los años veinte, donde ella era la única mujer. Se casó con Oliverio Girondo, fue amiga de Gómez de la Serna y musa de José Luís Borges, siendo este quien la apadrinó en su carrera de poeta.
Esta novela, Personas en la sala, es un espejo dentro de otro espejo y donde cada uno puede ver lo que crea que hay. Es un juego de observadores y observación. La protagonista, una joven introvertida, un tanto inestable, para nada satisfecha con la vida que lleva, una que nos deja entrever como la integrante de una familia burguesa acomodada, en la que no encuentra atención ni futuro.
La novela está llevada solo por su punto de vista, así que es engañosa: lo que nos comenta podría ser simplemente un diálogo consigo misma y su imaginación desbordada, anhelante de que algo interesante suceda en su vida.
La joven aparta su vida y la traslada a observar a un trío de mujeres que habitan la casa de enfrente, cuando por casualidad las vislumbra en una tormenta, bajo la fugaz luz de un relámpago. Queda admirada del cuadro, y a partir de ese instante, no dejará de espiarlas a través de su ventana, obsesionada hasta el punto de vivir solo para ellas. Las visitará, quizá en su imaginación, quizá no, ya que las pocas veces en las que la narrativa la deja a ella para apoyarse en los demás, parece desmentir las tardes en las que la protagonista va conociendo, intimando y viviendo una amistad con esas personas en una sala que quizá nunca pisó. Nos intriga con esas frases elegantes, sobrias y nos implica en ese voyeurismo del voyeur, introduciéndonos en la mente de esa joven obsesiva mientras nos atrapa en su imaginación.

27 junio 2011

La mampara - Marta Brunet

La biblioteca imaginaria
Eva Monzón Jerez
27/06/2011



La Mampara, de Marta Brunet, editado por Barataria, es una novela de una belleza y sencillez innegable.
Marta Brunet (1897 -1967), chilena, dedicó su vida a la escritura, al periodismo y a la diplomacia, recibió el Premio Nacional de Literatura en 1961 y tuvo una muerte novelesca: falleció mientras leía el discurso de incorporación a la Academia Uruguaya de las Letras. La descubrió un crítico literario, Alone, que, deslumbrado por su prosa, la ayudó a lanzar su primera novela, la que sería Montaña Adentro, y desde donde se hizo imparable.
La Mampara, una novela mínima en su extensión pero grande en su contenido, nos muestra la vida de un puñado de mujeres, y sus relaciones entre ellas y con sus vidas.
Con una elegancia en las frases, casi mágicas, nos describe el ambiente, cerrado, opresivo, vulgar, mísero de la madre y las hijas; nos cuenta sus inquietudes, su rutina, los pasos que dan cada día, inexorables, labrándose un círculo cerrado donde su apertura es casi imposible, cualquier incidente mínimo, las perturba.
Nos describe dos modos de vida, uno que desde el principio nos lastra por sus miras tan cortas y otro, representado por la hija más joven, que en anacronismo con la vida dura y sacrificada de la madre y la hermana, parece vivir más allá de las posibilidades; fiestas, vida sin horarios, mimos constantes, pero a pesar de todo, controlados, como el teléfono, único lujo apenas, que engarza los dos mundos: las llamadas que se hacen por necesidad, y las que se esperan para entrar en ese universo de lujos. Uno que se nos cae encima, cuando la narración pasa a ella, a la más joven, para mostrarnos cómo se siente realmente en él.
La mampara de la puerta de entrada a la casa, con los reflejos de colores de sus vidrios, nos introduce a ese mundo espeso, parado, atascado en la vida que les tocó vivir y nos despide, al contarnos ella, ese otro mundo al que tuvieron que renunciar.

02 junio 2011

Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada. Macedonio Fernández.



“Yo iba a contestar al Ministerio interpelante que no podía reinar el hambre en Alemania porque, como república que era -según se advertía por la orientación de las calles y la costumbre de que los habitantes de las casas las ocupen por dentro-, ninguna entidad puede reinar en ella”.
Páginas 41 y 42.

“Alguien dirá: <>

Yo, efectivamente, entre amigos no lo haría. Mas en las biografías nada más exigido”.
Página 69.

“[...] saltarían del planeta las 298 morales, las 1.413 religiones, las 921 superioridades de raza y nacionalidad y los 198 motivos de envanecerse de habar nacido en algún punto (¡qué trabajo me dio formular tantas cifras variadas sin repetir centenas ni decenas!), cuyas despedidas entidades, encontrándose y fundiéndose, compusieran un grumo que tapara el agujero de entrada al mundo de la infatuación y la mala voluntad”.

Página 87.

“Pero los 450 millones de moradores de Europa tienen una productividad mental conjunta que fácilmente impresiona, sin embargo de ser proporcionalmente, acaso, exigua hoy. No diríamos lo mismo de la Inglaterra de hace 60 años, la Francia de Voltaire, Lavoisier, Laplace, Rouseeau, Lagrange, Lamarck; de la Alemania de 1860, de la España del siglo 16. Ya hicimos salvedad de lo pasajero de las superioridades y sus causas”.

Páginas 107 y 108.

“Tengo un lote de enfermedades, pero creo que con una me bastará al fin. No las combato porque no sé cuál es la que necesitaré mi último día, día que espero será muy concurrido y en el cual todo el mundo descubrirá, con un talento que siempre disimularon, que yo era buena persona (como lo proclamaba en vano)”.

Página 173.

“Y se dirigió directamente a casa de Conan Doyle. Había nacido máximo pesquisante; ahorcó a éste por mal novelista policial, y rectamente fue luego hacia la tumba de Poe, sobre la que escribió: <>”.

Página 193.

No es fácil escribir sobre la obra de Macedonio Fernández, ni es fácil leerla. Estamos ante dos aparentes compilaciones de artículos o brindis aparecidos, también aparentemente, algunos de ellos en diversas revistas o publicaciones de la época.

El valor de Barataria al rescatar al autor es inmenso ante un público cada vez más ahíto de novelas sin gran calado donde los hechos se suceden continuamente. Macedonio Fernández contemporáneo y amigo de Borges y Ramón Gómez de la Serna con cuyos escritos se cierra y abre el libro respectivamente, tenía una pluma endiabladamente ingeniosa, llena de humor, de filosofía y de agudeza. Donde hay una contradicción podemos rascar hasta encontrar una duda. Donde niega lo que acaba de decir se reafirma. Donde su ironía es, como La Pampa, llana e infinita, también hay mucho más.
Macedonio Fernández ponía en tela de juicio casi todo y a casi todos, se posicionaba claramente en Literatura, y en gustos, y rechazaba de plano las estatuas y las vanaglorias vacías. Pero, más allá de estas características que saltan a la vista, ¿a qué estructura responden estos libros? ¿Son en realidad recopilaciones de artículos/reseñas/brindis a amigos y artistas o esconden una línea que los une, que les otorga una personalidad común? Macedonio parece teorizar sobre la novela y sus personajes pero nada se concreta. A veces parece que inicia una leve narratividad que se pierde sin desembocar en una historia que cuaje.

Su humor es algo que destacan sus contemporáneos pero yo me pregunto, ante tanta queja solapada por la falta de lectores y su insistencia en presentarse como alguien “sin importancia”, alguien que es la “Nada” y que teoriza sobre la continuación de la Nada no hay una amargura fina provocada por el éxito de escritores con mucho menos talento pero un público más amplio.

La lectura tiene que ser reflexiva o no será en absoluto productiva porque la sonrisa que provoca su texto aparentemente contradictorio va más allá de la originalidad que lleva a la sonrisa como sucede con las agudas greguerías. Su texto contiene una filosofía, un pensamiento crítico contra normas establecidas o a favor de artistas de quienes suele evitar hablar con un elogio fácil y simple, porque eso sería lo esperable y porque eso probablemente desmotivaría al lector o al que escucha a conocer sus obras.

Especialmente agudas las “ocurrencias” de
El Bobo de Buenos Aires. Más fáciles quizá de entender, como si fueran las crónicas de “El pobrecito hablador” pero hechas con la ironía argentina de Macedonio: “Primero anduve preocupado en advertir a muchas personas en la calle que se les estaba quemando tabaco en la punta del cigarrillo y causándoles mundo humo en la cara” (página 230); “He aquí que en un tranvía acudí en socorro del culto viajero en momentos en que el guarda lo quería obligar a comprar ese trocito de literatura que sacan de una máquina e imponen a cambio de 10 centavos” (página 231); “Como su padre puso a su hotel el nombre de <>, el hijo, poeta, subtitulaba a todo poema suyo Gran Poema. Pero no por haberlos leído transigía nadie en que el Gran Hotel fuera otra cosa que un hotelucho malo” (Página 236); o también “-Se exagera mucho sobre el aumento de la locura: en una sala donde sólo están dos personas nunca hay más de dos locos” (Página 248).

Ficha del libro

01 junio 2011

Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (y II)

Nota 13, Así habló Vallejo (Y no le entendió casi nadie): "Luis Urquizo [sic] habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos. Trepida; guillotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete, depone algunas fintas; conifica [sic] en álgidas interjecciones las más anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el brazo, ríe: es patético, es ridículo: sugestiona y contagia en locura" ("Los Caynas", 71-72).

Nota 14, Más políticas de la Posvanguardia: Las poéticas de Emar, Macedonio, Vallejo y Adán son poéticas de la discontinuidad y de la fragmentación, así como de la negatividad y de la ruptura; los procedimientos que emplean (la descontextualización, la sustracción, la parodia, el sinsentido, la puesta en cuestión de la autoridad narrativa, la irracionalidad, lo inverosímil) varían de autor en autor pero les unen en un rechazo radical de las convenciones no sólo narrativas de su época. Este es todo el mensaje político de las vanguardias, y resulta de un descontento con el estado del mundo del que carecen las propuestas estéticas contemporáneas que reivindican el legado de la vanguardia. El resultado de esa apropiación es el de una vanguardia sin programa político, una vanguardia afirmativa de los valores dominantes cuyo Dios es el mercado, al que se ha entregado hace tiempo a juzgar por los sellos en los que publican sus principales representantes. Alguien llamaba a esto en una época "literatura de derecha". Éste también es el drama de la posvanguardia.

Nota 15, Vidas complicadas: Ninguno de los escritores mencionados tuvo una vida simple, pero la verdad es que casi ningún escritor la tiene: Pablo Palacio murió en un psiquiátrico a los cuarenta y un años; Martín Adán se recluyó en un sanatorio en 1960 a consecuencia de su alcoholismo y murió allí veinticinco años después; Juan Emar jamás vio editada su última novela. Ninguno de ellos supera sin embargo a Horacio Quiroga (1878-1937), quien, en una hipotética competencia por convertirse en el vanguardista latinoamericano que peor la pasó, se llevaría todos los premios: su padre murió en un accidente de caza, su padrastro se suicidó, dos de sus hermanos murieron de tifus, su mejor amigo murió cuando Quiroga le disparó por accidente, su primera mujer se suicidó después de una fuerte discusión matrimonial y la segunda lo abandonó y la aparición hacia 1930 de una nueva promoción de autores vinculados al vanguardismo acabó expulsándolo de la escena literaria.

Nota 16, Los silencios: Sin embargo, ninguna de estas tragedias es mencionada en las trescientas ochenta cartas que conforman la correspondencia del uruguayo, reunida por la joven académica y poeta española Erika Martínez en Quiroga íntimo[1]. Las cartas de Quiroga resultan fascinantes por lo que dicen y por la importancia de muchos de sus corresponsales pero también por los hechos que callan, uno de los cuales es la determinación del suicidio, que Quiroga cometió poco después de despachar la última de ellas. Aunque el escritor no habló en su correspondencia sobre los hechos más trágicos de su vida sí dejó testimonio de ellos al menos en una ocasión y de forma indirecta: en el silencio epistolar de un año y medio que tuvo lugar tras la muerte de su primera esposa; ese silencio y la ausencia de testimonios, cartas o fotografías, y la indeterminación incluso de la fecha exacta de su muerte, son paradójicamente lo que Quiroga nos ha dejado de ella.

Nota 17, París: La publicación de la correspondencia del escritor uruguayo se completa con la del diario que llevó durante su viaje a París de marzo y junio de 1900. Quiroga viajó a la capital francesa con la excusa de visitar la Gran Exposición Universal y conocer de primera mano la pasión francesa por el ciclismo, pero allí pasó penurias económicas, no pudo establecer relaciones duraderas y acabó aborreciendo la ciudad. Su rechazo a París fue algo más que una cuestión de simpatías. En su prólogo, Martínez sostiene: "Quiroga cambió las grandes lenguas de cultura por el castellano mestizo de frontera, el ocio burgués por la consagración al trabajo manual, la gran metrópolis por un pueblecito cercado por la selva". Quizás haya que felicitarse por el hecho de que al gran escritor rioplatense del monte y la selva y la naturaleza cruel la ciudad no le haya gustado, porque en la breve y malograda estancia en París, más que en los largos años de residencia en San Ignacio, está todo el origen de su obra.

Nota 18, Macedonio: Unos años después de regresar de París, Quiroga ejerció la función de justicia de forma heterogénea en una pequeña localidad del noreste argentino; allí conoció a Macedonio Fernández (1874-1952), que por entonces era juez. Macedonio fue un autor excéntrico y genial; la publicación de sus Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada (1929 y 1944)[2] es la que más cerca pone al lector español de una auténtica revelación. El escritor argentino produjo una literatura provisional y desmadejada producto de un recelo radical por la forma escrita: en ella, Macedonio se apropia de discursos de gran circulación social en su tiempo como el género epistolar, los anuncios publicitarios, la autobiografía breve, la causerie y el brindis público y los vacía de convencionalismos mediante la comicidad, la ironía sentenciosa y el absurdo. Su gran novela, Museo de la Novela de la Eterna, fue escrita, reescrita, anunciada, postergada y publicada fragmentariamente entre 1904 y 1952 hasta su publicación definitiva en 1967; en ese período tuvieron lugar varios movimientos literarios, incluyendo toda la vanguardia, y dos guerras mundiales, pero Macedonio continuó interesado en dinamitar las convenciones de la novela realista permitiendo la entrada en la literatura argentina de lo paradójico, lo insólito y lo poco convencional. Sin su obra, las de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ricardo Piglia no hubieran sido posibles, pero Macedonio, a diferencia de muchos autores que leemos como meros precursores de escritores importantes (y por lo tanto como autores de segunda categoría), tiene entidad y merece ser leído sin necesidad de invocar a sus sucesores.

Nota 19, Personas con las que podría confundirse a Macedonio Fernández en la Argentina si se lo llamara Fernández: Felipe Fernández, poeta y narrador; Guillermo Oscar Fernández, poeta; Mauro Fernández, poeta; Aníbal Fernández, jefe de gabinete; Adrián Fernández, portero de Banfield (1997); Adrián Gustavo Carucha Fernández, de paso risible por el Colo Colo chileno en 2004; Christian Román Fernández, seis partidos con Independiente de Avellaneda en la temporada 1992-1993; Cristian Gabriel Fernández, ex jugador de Racing de Avellaneda; Eber El Pájaro Fernández, jugador que, militando en Cerro Porteño de Paraguay, recibió una cachetada de Diego Armando Maradona en un partido amistoso contra Boca Juniors; Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la Nación; Fernando Fabián Fernández, dieciséis partidos en la Primera de Talleres de Córdoba de 1991 a 1993; Francisco Mate Fernández, jugó tres minutos en la primera división de Olimpo de Bahía Blanca en 2002; Cintia Fernández, modelo y actriz; José Manuel Fernández, treinta encuentros en Argentinos Juniors entre 1995 y 1996 y dos goles; Sergio Alberto Panchito Fernández, jugó cincuenta y dos encuentros en Rosario Central entre 1994 y 1997; Claudia Fernández, modelo y actriz.

Nota 20, Humorismo de Macedonio: Proviene de tres autores que menciona en uno de los textos de Papeles de Recienvenido, Mark Twain, Laurence Sterne y Ramón Gómez de la Serna, aunque también de cierto humor sentencioso y displicente que es propio de los primeros habitantes de la Argentina y puede leerse aún en su gauchesca: piezas como "Aniversario de Recienvenido" están entre los mejores textos humorísticos que se han producido en español.

Nota 21, Las novedades: Al igual que Papeles de Recienvenido, ni Escalas melografiadas de César Vallejo ni Un año de Juan Emar, Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio o el Diario de París de Horacio Quiroga son obras nuevas, pero su radicalidad las asemeja a los proyectos que en la actualidad reivindican la herencia vanguardista. Macedonio Fernández se anticipó a su tiempo al plantear cuestiones como la de la obra abierta y la intertextualidad y la concepción del lector como productor de sentido, sobre los que escribirían más tarde Julia Kristeva, Roland Barthes, Jacques Derrida y otros. El repertorio de innovaciones reivindicado en nuestros días por la posvanguardia ya fue empleado por estos autores, lo que actualiza la pregunta acerca de la novedad de aquello que reclama para sí esa etiqueta. ¿Qué pasa cuando las vanguardias atrasan, cuando los procedimientos con los cuales pretenden ponerse "por delante" del resto de los autores de su tiempo han sido practicados ya hace casi cien años, cuando (para decirlo de otro modo) su novedad ya no es nueva? Nada probablemente, excepto que (como sucede en algunos casos) esa novedad sea lo único que la posvanguardia tenga para ofrecer. En ese caso, el resultado es la inopia.

Nota 22, Saúl Yurkievich y la inopia: Ningún estudiante que coleccione los momentos más desafortunados de la crítica literaria debería olvidar al crítico argentino Saúl Yurkievich. En su libro A través de la trama. Sobre vanguardias literarias y otras concomitancias (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2007), el crítico argentino dijo, de un poema de Martín Adán, que en él "la poesía se recoge, se retira del mundo para fabular su quimera, para entrar en el otro reino que le es inherente -inherencia que toca la trascendencia, que a la caza da alcance-, para entrar en el milagroso reino de la imaginación soberana" (244); hablando de Ecuatorial de Vicente Huidobro, afirmó: "Descendida al fondo sémico, al tiempo y al espacio unitivos, allí donde el ritmo vocal reencuentra el bucal, la lengua, melificada por el placer oral y glótico, opera su regresión genética, abandona la estructura frástica por la sopa sonora" (53). No sabemos lo que todo esto significa, y quizás ni siquiera tenga sentido, pero justifica plenamente la decisión de tanto estudiante de filología que se pasa a veterinaria.

Nota 23, La tradición de la ruptura: Aunque resulte paradójico que los autores rupturistas de las vanguardias latinoamericanas hayan sido incorporados con tanta facilidad al mismo canon cuyos criterios de valor despreciaban y cuya existencia misma les resultaba inconcebible, que escritores como Juan Emar, César Vallejo, Pablo Palacio o Martín Adán sean leídos actualmente como miembros destacados de una tradición rupturista o anti tradicional y que esta tradición ocupe un lugar central en lo que llamamos la literatura latinoamericana, habla de cambios en los valores que determinan la incorporación al canon pero también de la riqueza y la solidez de una literatura que ha podido incorporar incluso a aquellos que procuraron socavarla.

Nota 24, Rescates, posibles explicaciones: Naturalmente existen razones principalmente económicas para este auge de los rescates en España, y esas razones están relacionadas con la pertenencia de las obras rescatadas al dominio público, lo que abarata considerablemente su publicación, ya abaratada en relación a otras épocas en virtud de la incorporación de nuevas tecnologías a la producción editorial. Otra explicación plausible se encuentra en esa precocidad y en la actualidad de las obras recuperadas, que a menudo superan a sus epígonos. Otra se halla en una cuestión generacional: los autores eran jóvenes a la hora de producir estos textos y sus editores a menudo también lo son y unos y otros comparten la muy sana intención de patearle el culo a un par de viejos; en ese sentido, una explicación alternativa se deriva del hecho de que la ruptura producida por estas obras genera la simpatía de editoriales cuyo carácter y programa alternativos les llevan a interesarse por obras situadas fuera del campo de lo establecido. Otra explicación plausible radica en el hecho de que, al menos aparentemente, la popularidad de los epígonos ha preparado a un cierto tipo de lector para el consumo de obras mucho más radicales que las que son escritas en el presente; una última explicación es que quizás, simplemente, la tradición rupturista de la literatura latinoamericana producida entre 1920 y 1940 es, con excepciones obvias, mucho más interesante y posee mayor calidad que la literatura iberoamericana posvanguardista producida en nuestros días. En el caso de que esto último sea cierto, como todo parece indicarlo, supongo que podemos comenzar a celebrar: aún nos queda por leer a Jorge Cuesta, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Gilberto Owen, Norah Borges, Arqueles Vela, Santiago Dabove, Hefrén Hernández, Vicente Huidobro y Felisberto Hernández (éste último rescatado recientemente en la Argentina) y a muchos otros, entre ellos los textos más importantes de los miembros de la vanguardia argentina de la primera mitad de los setenta: El fiord de Osvaldo Lamborghini, El frasquito de Luis Guzmán y La piel de caballo de Ricardo Zelarayán. Todos ellos surgen de una fuente que parece inagotable.

Nota 25, Bibliografía: En la ingente bibliografía de la vanguardia latinoamericana destacan el libro de María Bustos Fernández Vanguardia y renovación de la narrativa latinoamericana (Madrid: Pliegos, 1996), el de Carlos García y Dieter Reichardt Las vanguardias literarias en Argentina, Uruguay y Paraguay. Bibliografía y antología crítica (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2003), la antología de Mihail Grünfeld Antología de la poesía latinoamericana de vanguardia (1916-1935) (Madrid: Hiperión, 1997) y el extraordinario ensayo de Ana María Amar Sánchez "Literature in the margins: a new canon for the XXI century?". Ciberletras. 26 marzo 2007 . También el libro de Katharina Niemeyer ya mencionado. En todos estos casos, sin embargo, es pertinente recordar al lector las palabras que Martín Adán dirige a su amada en La casa de cartón: "¡Ah, Catita, no leas libros tristes, y los alegres tampoco los leas!" (88).


[1] Quiroga, Horacio: Quiroga íntimo: Correspondencia. Diario de viaje a París. Ed. y pról. Erika Martínez. Madrid: Páginas de Espuma, 2010.

[2] Fernández, Macedonio: Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada. Pról. Ramón Gómez de la Serna. Epíl. Jorge Luis Borges. Barcelona: Barataria, 2010.

[Publicado originalmente en Quimera 330. Abril de 2011]

Fichas libros

30 mayo 2011

Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (I)

El Boomeran(g)
Blog de Patricio Pron
30/05/2011



Nota 1, El Dedo de Dios: Algunos de estos rescates tuvieron lugar ya el año pasado, cuando la editorial barcelonesa Barataria inauguró una colección de vanguardistas latinoamericanos dirigida por la narradora chilena Claudia Apablaza. Una de esas obras, Un año de Juan Emar (1935)[i], es el relato de ese período de tiempo en la vida de su autor realizado a través de las entradas mensuales de un diario cuyos sucesos absurdos y extraordinarios ponen en cuestión la salud y la unidad de la conciencia del sujeto que narra: una figura resbala de una ilustración en un ejemplar de La Divina Comedia y queda tirada en la calle, el dedo de Dios se clava en la nuca del narrador, éste debe ser operado para que se le extraiga el auricular del teléfono que se le ha quedado pegado a la oreja tras una llamada y se producen otros prodigios que son narrados como si no lo fueran, lo que ha llevado a que algunos críticos comparasen a Juan Emar con Franz Kafka. César Aira, quizás el escritor que más le debe entre los latinoamericanos contemporáneos, lo comparó a su vez con Raymond Roussel y Witold Gombrowicz en su prólogo a la reciente edición de los cuentos de Emar por parte de la editorial argentina Mansalva, y describió su obra como "un surrealismo mecanicista y maniático".

Nota 2, Un cielo vanguardista: Si el fragmentarismo y la autoconciencia de Un año se proponen como el anticipo de la literatura que vendrá, La casa de cartón (1928)[ii] del peruano Martín Adán parece detenerse en el estadio previo a la vanguardia, en un malditismo y un decadentismo mucho más interesados en poner punto final a todo un período de la literatura que en adoptar las formas de una literatura futura. La casa de cartón no es tanto el relato de un verano en el balneario limeño de Barranco como el vehículo narrativo de una cierta mirada rompedora; bajo esa mirada el sol puede ser "un coleóptero, raro, duro, jalde, zancudo", una mujer es un "resorte vestido de jersey que saltaba de la caja de sorpresa del balneario peruano" y su "almita de educanda de monjas europeas" se abre "como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado mortal", en un despliegue de inventiva verbal que a duras penas puede ceñirse al argumento, si es que éste existe. Lo que La casa de cartón viene a contar es cómo se constituye esa mirada en las largas tardes indolentes de un balneario, en las que un viejo es "una bomba de aspiración y dos manos de párroco perdonadoras y joviales" y el cielo se afilia "al vanguardismo" y "hace de su blancura pulverulenta [sic], nubes redondas de todos los colores".

Nota 3, Aclaración: Aquí nadie se llama como dice hacerlo. Juan Emar es el pseudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi; Martín Adán, de Rafael de la Fuente Benavides; y a Macedonio Fernández los argentinos lo llaman sólo Macedonio, probablemente para no confundirlo con ningún futbolista apellidado Fernández.

Nota 4, Juan Emar (1863-1964): Fue un escritor y pintor chileno cercano al creacionismo de Vicente Huidobro y a las vanguardias europeas de las décadas de 1920 y 1930, en particular el cubismo y el surrealismo. Su obra comprende un libro precoz, Torcuato (1917), tres novelas breves y simultáneas, Miltín, Un año y Ayer (todas de 1934), un libro de relatos, Diez (1937), y un silencio público, resultado quizás de la incomprensión que generó su obra entre sus lectores, y un esplendor creativo completamente privado cuyo producto fue Umbral, una novela de cuatro mil páginas compuesta por cinco libros que sólo vio la luz en su totalidad en 1996, treinta y dos años después de la muerte de su autor.

Nota 5, El pasado: Ninguna época dispuso de tanto pasado, pero todas las que le sigan tendrán mucho más a su disposición; la afirmación es pueril pero puede ser esgrimida como una posible explicación a los rescates recientes de vanguardistas latinoamericanos. Juan Emar, Pablo Palacio, Martín Adán y Macedonio Fernández son relativamente desconocidos en España fuera de los círculos de especialistas y César Vallejo y Horacio Quiroga tienen ese prestigio difuso del escritor que es más comentado que leído, el escritor que es sólo su nombre. Que sus libros sean rescatados del fondo difuso de un pasado inabarcable y puestos a disposición de los lectores españoles es una buena noticia, pero ésta no debería ser recibida sin preguntarse qué lleva a que esos rescates se produzcan en este momento y no en otro; toda historia, incluso la literaria, es historia del presente, y parece pertinente interrogarse antes de continuar acerca de qué es lo que falta en la actualidad para comprender la necesidad de estos rescates.

Nota 6, "Posvanguardia": Aunque poco difundida, quizás la opinión más consistente en torno al problema que plantea la apropiación del legado vanguardista por parte de lo que llamamos los escritores "posmodernos" sea la de la profesora de la Washington University Elzbieta Sklodowska; para ella, nuestra época debería entenderse como una contestación a las vanguardias históricas, por lo tanto como una "posvanguardia", que recoge buena parte de sus innovaciones formales restableciendo una tradición interrumpida por las dos guerras mundiales. Sklodowska propone reemplazar el término "posmoderno" por el término "posvanguardista" para evitar confusiones entre el "modernism", término que incluyó a las propias vanguardias históricas, y el movimiento literario finisecular conocido en Hispanoamérica como modernismo, con el que no está relacionado. Que textos como Un año y La casa de cartón parezcan contemporáneos en su escepticismo ante las convenciones narrativas debería ser entendido pues como el resultado de un lazo invisible que reúne a las vanguardias y a quienes adoptan su legado, cuya dificultad principal radica en ignorar las dos guerras mundiales que han tenido lugar en el período que media entre unas y otros y la conciencia de que la mayor parte de las contravenciones a las convenciones narrativas han sido realizadas ya por los vanguardistas históricos.

Nota 7, Tensiones: La tensión que recorre la vanguardia y la posvanguardia es la que tiene lugar, en palabras de la crítica argentina Ana María Amar Sánchez, "between ‘high, experimental and politicized art' and ‘mass, consumerist and alienated' forms". La convicción de que el arte politizado ha agotado su reserva de sentido tras el fracaso de los proyectos utópicos del siglo XX supone la pérdida de uno de los elementos cuya tensión hacía productiva a la vanguardia. La posvanguardia es una vanguardia sin política, y este es uno de los grandes dramas de la literatura vanguardista del presente y una de las razones de estos rescates.

Nota 8, La cárcel del lenguaje: La narrativa más reciente comparte con el vanguardismo de autores como César Vallejo o Juan Emar una autoconciencia cuya consecuencia más desencantada y evidente es la afirmación implícita de que todo es lenguaje, que la lleva a poner el énfasis en las formas narrativas. Que todo es lenguaje es, sin embargo, una convicción presente ya en obras como La casa de cartón y en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio. En la primera de estas obras una mujer es "parecida a la b en las manos, a la n en los ojos, a la r en el andar, a la ñ en el carácter, a la k en el genio, a la s en la mala memoria, a la z en la buena fe..."; algo similar sucede en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930)[iii], en los que la narrativa parece escapar continuamente del control del narrador, movida por una potencia y por una lógica que son las del lenguaje. A menudo, el escritor ecuatoriano parece olvidar qué desea contar y se abandona a la pura invención lingüística, al retruécano ingenioso y a la reflexión irónica sobre la propia escritura. Allí donde consigue controlar al menos parcialmente su imaginación verbal, el resultado es extraordinario, como en "El antropófago", "La doble y única mujer" y "Relato de la muy sensible desgracia acaecida en la persona del joven Z".

Nota 9, Pablo Palacio: Nacido en la ciudad ecuatoriana de Loja en 1906, Palacio vivió tan sólo cuarenta y un años y sólo escribió durante once, en los que produjo dos novelas, Débora (1927) y Vida del ahorcado. Novela subjetiva (1932) y una tercera llamada Ojeras de virgen (1921) que ganó un concurso y cuyo manuscrito se perdió. En 1940 se internó voluntariamente en un psiquiátrico y murió allí en 1947. Su narrativa fue incómoda en su momento, y esto por dos razones: la primera, que se deriva de su adhesión a las ideas de izquierda y de su rechazo a acogerse a los cánones del realismo proletario y la novela indigenista, lo llevó a ser criticado por sus camaradas revolucionarios. La segunda se extrapola del estado de la novela en el momento en que Palacio produjo su obra, que el autor parodia en el relato "Novela guillotinada" al prometer que su novela que "se venderá a 7 pesetas" reunirá tópicos y lugares comunes como "Tocado con elegante sombrero de felpa", "La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios", "El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura", "Se sirvieron apetitosas truchas", etcétera. Que el lector pueda encontrar frases de este tipo en la narrativa actual, incluso en aquella que pretende pasar por vanguardista, es otros de los dramas de la posvanguardia, que, sin la política, apenas puede imitar las "‘mass, consumerist and alienated' forms" de la literatura y de las otras formas de circulación social de las ficciones. Lo propio del vanguardismo es el rechazo y la negación de formas funcionalizadas y comercializadas; lo propio de la posvanguardia es la producción de narrativas aparentemente alternativas pero que en realidad hace tiempo que están en el centro del mercado literario; éste no es un drama de la posvanguardia, desde luego: es su condición de existencia.

Nota 10, Emar y Adán, fragmentación, velocidad: Al igual que en Un año, la obra de Emar se caracteriza por una enorme autoconciencia, que lleva al autor a utilizar y desechar géneros principalmente fragmentarios y autoconclusivos. Aquí la mera contemplación del mar o de un edificio de apartamentos adquiere las características de una auténtica revelación, y el narrador no es sólo aquel que asume la autoridad sobre el relato sino también, y sobre todo, quien posee la facultad de verlo todo "por encima", mediante una visión aérea que lo deshumaniza y resta entidad a los sujetos observados ("los deudos, que marchaban a ambos lados de ella [la carroza fúnebre], iban ahí como hormigas, como hormiguitas, como hormiguititas... titas", 31) y cuyo antecedente quizás pueda encontrarse en los adelantos tecnológicos de la época, como sostiene Katharina Niemeyer en su excelente Subway de los sueños, alucinamiento, libro abierto: La novela vanguardista hispanoamericana (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2004), en el que analiza las obras de Arqueles Vela, César Vallejo, Xavier Villaurrutia, Pablo Palacio, Macedonio Fernández y el propio Juan Emar, a quien Enrique Vila-Matas sitúa "en la brillante constelación marginal de los marginados de la literatura latinoamericana" (9-10). Lo mismo sucede en el caso de Adán, cuya mirada no se detiene en los detalles o toma la parte por el todo que desea describir, como si no tuviera tiempo para más: "hombres que no son sino sus pantalones vacíos", mujeres "que apenas son una mano postiza en la cartera de piel de asno. Frailes que apenas son una arruga de una sotana" (61). Al igual que la de muchos vanguardistas, la literatura de Adán es la del aceleramiento de la percepción asociado a las nuevas tecnologías de locomoción de comienzos del siglo XX; así, a la vida de Miss Annie Doll, personaje de La casa de cartón, "había que remontarla en trineo y en aeroplano, en automóvil y en transatlántico" (28). Es también una mirada desencantada con un estado de la cultura cuyo paroxismo parecía ser la Gran Guerra y que resultaría la Segunda Guerra Mundial, de la que Adán también sería contemporáneo; el resultado de la aparición de la guerra y la muerte en la vida de los vanguardistas fue un curioso vitalismo, que llevó a Martín Adán a ordenarse a sí mismo, en otro pasaje de la obra: "Di lo que se te ocurra, juguemos al psicoanálisis, persigamos viejas, hagamos chistes... Todo, menos morir" (70).

Nota 11, Adán: Martín Adán (1908) siguió al pie de la letra su propio consejo: tras publicar La casa de cartón con sólo veinte años escribió una tesis doctoral en 1938 y ocho libros de poesía entre 1939 y 1973 (entre ellos el importante Travesía de extramares, 1950) caracterizados por la radical novedad del lenguaje y la adopción de formas poéticas convencionales como el soneto y una fuerte impronta filosófica, antes de que el alcoholismo y la pobreza lo obligasen a internarse en un sanatorio a comienzos de la década de 1960. Allí murió en 1985, después de un silencio literario de doce años.

Nota 12, La charca: "La vida no es un río que corre: la vida es una charca que se corrompe", escribió Adán en La casa de cartón, y no es improbable que César Vallejo (1892-1938) pensase igual en su celda de la prisión de Trujillo unos años antes. Durante una breve visita a su localidad natal, en 1920, Vallejo se vio envuelto en unos disturbios que le acarrearon una condena a ciento veinte días de cárcel; el escritor hablaría de esa experiencia en su extraordinario Trilce (1922), pero antes utilizaría el encierro para escribir los relatos de Escalas melografiadas (1923)[iv], cuya primera sección reúne estampas carcelarias en una disposición que sigue la de los muros de una celda. Los otros relatos del libro pertenecen al género fantástico y guardan vínculos importantes con los de Las fuerzas extrañas (1906) del argentino Leopoldo Lugones, deudores a su vez de los de Edgar Allan Poe y otros autores de lo extraño y lo maravilloso. En el primero de ellos un hijo regresa para rendir los últimos honores a la madre muerta, a la que sin embargo encuentra viva; en otro, dos amantes platónicos se unen en la muerte. A lo largo de extensos pasajes de estos relatos, Vallejo es agotador, pero su estilo (notablemente más cercano a la prosa poética que a la narrativa convencional) casi siempre es magnético; a pesar de su verborrea, siempre hay algo que Vallejo no dice y que queda escamoteado, y eso es lo que contribuye al efecto de sus relatos. Dos de ellos, "Los caynas" y "Mirtho", están entre los mejores cuentos fantásticos escritos en América Latina, dentro y fuera de las vanguardias y en cualquier tiempo.

[i] Emar, Juan: Un año. Pról. Enrique Vila-Matas. Barcelona: Barataria, 2009.

[ii] Adán, Martín: La casa de cartón. Pról. Vicente Luis Mora. Barcelona: Barataria, 2009.

[iii] Palacio, Pablo: Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930). Ed. Yanko Molina Rueda. Pról. Christopher Domínguez Michael. Madrid: Veintisiete Letras, 2010.

[iv] Vallejo, César: Escalas melografiadas por. Pról. Patricia de Souza. Barcelona: Barataria, 2010.

Fichas libros

[Próximo miércoles: Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (y II)]

29 marzo 2011

Macedonio Fernández

Paperblog
Revista de Libros
Santos Domínguez
29/03/2011



No sólo por su imposible biografía, hasta por su nombre aquel raro que se llamó Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) parecía un apócrifo. Toda su vida estuvo escribiendo una novela, la de su vida, y sólo cuando murió se comprobó que no era una invención de Gómez de la Serna y de Borges, que escribió a su muerte un texto de despedida al que pertenecen estas líneas, excepcionales por el afecto que manifiesta alguien tan habitualmente pudoroso:

Macedonio perdurará en su obra y como centro de una cariñosa mitología. Una de las felicidades de mi vida es haber sido amigo de Macedonio, es haberlo visto vivir.

Inclasificable narrador, precursor de la poesía ultraísta, ensayista irreverente, es uno de los autores que más influyen en la literatura argentina contemporánea. No sólo en Borges, claro. Ricardo Piglia hacía en 1992 en su novela La ciudad ausente un homenaje a la figura de Macedonio y a su capacidad para hacer de la perplejidad un instrumento narrativo.

Fue más que un precursor un escritor que rompió con lo anterior y asumió el vanguardismo no sólo como un estilo, sino como una forma de mirar la realidad y de estar en el mundo. Nieto de Sócrates, como Cervantes, por quien siempre manifestó una admiración sin límites, percibió la importancia de la lengua oral en la literatura. Es Borges otra vez el que lo recuerda menos en la lectura que en la conversación:

Antes de ser escritas, las bromas y las especulaciones de Macedonio fueron orales. Yo he conocido la dicha de verlas surgir, al azar del diálogo, con una espontaneidad que acaso no guardan en la página escrita.

Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada, los dos libros que reunió en un volumen en 1944, son dos manifestaciones de esa literatura radicalmente renovadora que usa el humor absurdo como arma destructiva de la lógica y como reflejo de una realidad absurda.

El misterio, el milagro de la irracionalidad y el escudo humorístico quedan reivindicados ya en Salvedad, el texto con el que justifica la publicación del libro:

Si muchos miedos, y una constante imposición del Misterio, hacen humorista, nadie escribirá más alegremente, hará más optimistas que yo.

En Papeles de Recienvenido (Ser "recienvenido" en Buenos Aires ni por un momento se perdona; es como insolencia) reunió las confesiones de un recién llegado a los ambientes literarios de Buenos Aires, los capítulos de una autobiografía del recienvenido con sus esforzados estudios y sus brillantes primeras equivocaciones (Alguien dirá: ¡Pero Recienvenido, otra vez de cumpleaños! ¡Usted no se corrige! ¡La experiencia no le sirve de nada! ¡A su edad cumpliendo años! Yo efectivamente entre amigos no lo haría. Mas en las biografías nada más exigido.)

Y en una segunda sección emuló la oratoria de un hombre confuso en los Brindis a Gómez de la Serna, a Jules Supervielle o a Gerardo Diego (Aceptad con certeza de afecto y apreciación de vuestros talentos la sinceridad de esta demostración. Sería indiscreto de mi parte intentar un encomio y examen de aquéllos. La salutación a un visitante que se hace querer es todo el significado de lo momentáneo actual. He dicho).

En Continuación de la Nada, que publicó como segunda parte (o mitad inconfundiblemente 2ª) de Papeles de Recienvenido, reunió cinco poses fotográficas para trazar una autobiografía, seis capítulos sobre él mismo como el Bobo de Buenos Aires y nueve temas del libro que se despide.

En su obra no sólo reflejó su personalidad: criticó con ironía y distancia –aunque formaba parte de su mismo carácter- al prototipo porteño que se mueve entre el desorden y la disculpa, entre la siesta y la retórica superficial, entre los brindis en las inauguraciones y el ingenio chistoso que advierte al lector:

Déjeseme prometer para algún día el trabajo coherente y sistemático sobre Comicidad, Chiste y Humorismo. El material y la doctrina casi están; faltan la disciplina y el orden, virtudes a veces útiles e importantes y que la economía mental del lector estima altamente.

Los dos títulos los publica Barataria en su espléndida colección Humo hacia el sur con el Retrato de Macedonio Fernández que escribió Ramón Gómez de la Serna y sirvió como prólogo en 1944. De ese retrato prologal son estas palabras:

Macedonio Fernández es un admirable criollo que desde el pórtico de su escondida estancia es el que más ha influido en las letras dignas de leerse pues lo que él encontró es el estilo de lo argentino, fue como el hallazgo de la arquitectura manuelina para Portugal.

Creador febril y visionario, en Macedonio Fernández vio Borges no sólo al maestro, sino un ejemplo de dedicación absoluta a la literatura:

Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color; entiendo que el epíteto genial, por lo que afirma y lo que excluye, es quizá el más preciso que puede hallarse.

17 noviembre 2010

Molaría que Martín Adán fuera el poeta de moda


Verán ustedes: Esta mañana me ha sido imposible desayunar. Pero cuando he llegado a casa mi amadísima Elisa Calatrava había hecho paella. Se me ocurrió sacar una botella de vino y me la he bebido casi entera, con paella, luego con queso parmesano y luego con mermelada de arándanos. Todo mientras veíamos un par de capítulos de Luther, una teleserie de la BBC. He acabado más borracho de lo que mis responsabilidades me habrían de permitir y no he corregido ni un solo examen esta tarde. ¡Cosas que pasan cuando la cafetería del instituto no está abierta y uno no puede hacer sus comidas a sus horas!

En cambio, he pasado toda la tarde dormitando y leyendo. En los momentos que he podido mantener los ojos abiertos solamente había una opción posible: La casa de cartón, de Martín Adán. La casa de cartón ha sido el único lugar posible donde pasar la tarde, solo se podía estar en ese texto, cualquier otro código de la realidad era completamente fugaz e ininteligible para mí. Abocado a un estado crítico como el de una borrachera tontorrona, uno solo puede salir adelante apoyándose en la complicidad que pueda reunir con el mundo, uno tiene que acudir a las primeras vanguardias peruanas si es necesario para poder tirar de sí mismo y encontrar la plasticidad necesaria para modelar una tarde plausible y practicable.

Pero uno no se encuentra con Martín Adán todos los días. ¿De dónde sale este tipo? ¿Este no es de esa clase de poetas que la Historia de la Literatura procura ocultar? ¿Por qué mis alumnos siguen sin leer a Martín Adán y, sin embargo, se insiste en que celebremos el aniversario del nacimiento de Miguel Hernández? Todavía seguimos sin entender la literatura española como toda aquella escrita en español, y así nos va.

Habrán comprobado que hablo de pocos libros de poesía. Para mí la poesía puede ser incluso mejor que un zumo de naranja (digo esto al tiempo que Elisa me trae un zumo para intentar recomponerme del todo, después de la borrachera y la lectura y una tos agarrada al pecho, ¡cuánto quiero a Elisa Calatrava!). He leído la suficiente poesía como para convertirme en un tipo que nunca está de moda. Los poetas que me gustan nunca son los más molones. No estoy a la última. No sigo a los jóvenes, ni tampoco a los carcas. Tengo a mis poetas favoritos, a los que en pocas ocasiones menciono, y no me da la gana de compartirlos. Esto es personal. Esto es lo que habilita completamente mi Historia de la Lectura Personal. Esto es demasiado personal.

Pero mejor me dejo de rabietas. Lo último que quisiera es parecer un outsider o un tío listo, por muy molesto que me sienta con el solapamiento de montones de tendencias poéticas en español dentro del siglo XX. Del mismo modo que la Generación del 27 ha destruido casi todo aquello que se acerque verdaderamente a las vanguardias históricas, la Poesía de la Experiencia ha invalidado por completo cualquier planteamiento de neovanguardia en las librerías. Si a uno ya le costó trabajo toparse, por ejemplo, con Juan Larrea o con Pedro Casariego Córdoba, imagínense todo lo que no me estoy encontrando en Visor, Lumen, etc, cada vez que me aparece una nueva antología de Altolaguirre o de García Montero. Acercarme a los estantes de poesía se ha terminado convirtiendo para mí en una suerte de tortura llena de pudor y autocompasión.

Ya no se trata solamente de leer a Vallejo, a Gelman o a Girondo. Con todo esto todavía hay chicas guapas con buen criterio y sensibilidad en el corazón y en los pezones que se dejan impresionar. Lo que me jode es que no puedo acceder a los libros de los estridentistas, por ejemplo. No puedo leer a Manuel Maples Arce o a Germán List Arzubide. Y como estos dos, un montón de casos en todo el siglo XX hispanoamericano. Y están ahí, dándole la vuelta al lenguaje y haciendo cabriolas que ya las quisieran todos los jóvenes poetas que salen ahora en los suplementos culturales y que tienen blogs y que también hacen fotografía o música o todo junto.

Aunque suene extraño, esta vez no pretendo ofender a nadie. No es eso. Es solo cansancio de ir a los estantes de poesía y no encontrar a los autores que deberían ser fundamentales en la literatura hispánica, porque son considerados como autores de riesgo. Todo este pataleo es mío y ya está. Cualquiera podrá decir lo contrario. Por ejemplo, yo mismo puedo decir lo contrario: Barataria está publicando autores poco conocidos de las vanguardias hispanoamericanas. Así ha llegado Martín Adán hasta mis manos. Del mismo modo que los otros dos o tres títulos de la colección han llegado hasta las manos de Elisa. Los vimos todos juntos y nos los llevamos todos juntos.

Discúlpenme el día que llevo. Siempre sueno demagógico, pero hoy parece como si lo estuviera siendo de verdad. Solo quería decir que molaría que Martín Adán fuera el poeta de moda, aunque solo fuera lo que queda de año. Después, ya encontraremos a otro pájaro a quien fotografiar de medio lado con cara de estar aquí pero no estar del todo. Si quieren me postulo yo mismo, poso muy bien en las fotos, de verdad.

18 octubre 2010

La tradición de la ruptura




Juan Emar, Martín Adán, Macedonio Fernández y César Vallejo integraron las vanguardias iberoamericanas. Las editoriales españolas apuestan por rescatar sus obras.

Quizás haya algo paradójico en el hecho de que los autores rupturistas de las vanguardias latinoamericanas hayan sido incorporados con tanta facilidad al canon cuyos criterios de valor despreciaban y cuya existencia misma les resultaba inconcebible; que escritores como Juan Emar, César Vallejo, Pablo Palacio o Martín Adán sean leídos actualmente como miembros destacados de una tradición rupturista o antitradicional y que esta tradición ocupe un lugar central en la literatura latinoamericana habla de cambios en los valores que determinan la incorporación al canon pero también de la riqueza y solidez de una literatura que ha podido incorporar a aquellos que procuraron socavarla. Una serie de rescates por parte de editoriales españolas devuelve actualidad a esa literatura. Dos de estas obras, Un año, de Juan Emar (1935), y La casa de cartón, de Martín Adán (1928), fueron publicadas ya en 2009 por Barataria.


LA CHARCA CORROMPIDA. Un año, de Juan Emar (pseudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi, 1863-1964), es el relato de un año de la vida de su autor realizado a través de un diario cuyos sucesos absurdos ponen en cuestión la salud y la unidad de la conciencia del sujeto que narra, situaciones extraordinarias que son contadas como si no lo fueran, lo que ha llevado a que algunos críticos comparasen al escritor chileno con Kafka. César Aira, quizás quien más le debe, lo comparó a su vez con Rousell y Gombrowicz y describió su obra como «un surrealismo mecanicista y maniático», muy diferente del malditismo y al decadentismo de La casa de cartón (1928), del peruano Martín Adán (pseudónimo de Rafael de la Fuente Benavides, 1908-1985). La historia de La casa de cartón es la de cómo se constituye una mirada en las largas tardes indolentes en el balneario limeño de Barranco. Martín Adán escribió que «la vida no es un río que corre: la vida es una charca que se corrompe», y no es improbable que otro de los autores recuperados recientemente, el peruano César Vallejo (18921938), pensase igual en su celda unos años antes. Durante una breve visita a su localidad natal, en 1920, se vio envuelto en unos disturbios que le acarrearon una condena a ciento veinte días de cárcel. Vallejo hablaría de esa experiencia en su extraordinario Trilce (1922), pero antes utilizaría los días en la cárcel para escribir los relatos de Escalas melografiadas (1923), publicados por Barataria. Dos de ellos, «Los caynas» y «Mirtho», están entre los mejores cuentos fantásticos escritos en América Latina.

LA VIDA DIFÍCIL. La narrativa más reciente comparte con el vanguardismo de autores como Vallejo, Adán y Emar una autoconciencia cuya consecuencia más evidente es la afirmación implícita de que todo es lenguaje. En los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930) (Veintisiete Letras), la narrativa parece escapar continuamente del control del narrador. A menudo, el escritor ecuatoriano parece olvidar qué desea contar y se abandona a la pura invención lingüística, al retruécano ingenioso y a la reflexión irónica sobre la propia escritura. Allí donde consigue controlar al menos parcialmente su imaginación verbal, el resultado es extraordinario y está entre lo mejor de la vanguardia latinoamericana, de la que Pablo Palacio (1906-1947) es un miembro marginal pero imprescindible. Ni él ni ninguno de los otros escritores tuvo una vida simple: Palacio murió en un psiquiátrico a los cuarenta y un años; Adán se recluyó en un sanatorio en 1960 a consecuencia de su alcoholismo y no volvió a salir de allí hasta su muerte, veinticinco años después; Emar jamás vio editada en vida su monumental novela (cuatro mil páginas) Umbral, publicada en su totalidad tan sólo treinta y dos años después de la muerte de su autor. Ninguno de ellos supera sin embargo a Horacio Quiroga (1878-1937): su padre murió en un accidente de caza, su padrastro se suicidó, dos de sus hermanos murieron de tifus, su mejor amigo murió cuando Quiroga le disparó por accidente, su primera mujer se suicidó después de una fuerte discusión matrimonial y la segunda lo abandonó. Ninguna de estas tragedias es mencionada en las trescientas ochenta cartas que conforman Quiroga íntimo (Páginas de Espuma). Resultan fascinantes por lo que dicen pero también por los hechos que callan, uno de los cuales es la determinación del suicidio, que cometió poco después de echar la última de estas cartas. La publicación de su correspondencia se completa con la del diario que llevó durante su viaje a París de marzo y junio de 1900. Unos años después de regresar de París, trabó contacto con Macedonio Fernández (1874-1952). Macedonio fue un autor excéntrico y genial; la publicación por parte de Barataria de sus Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada con prólogo de Gómez de la Serna y epílogo de Borges es la que más pone al lector español ante las puertas de una revelación. El escritor argentino produjo una literatura provisional y desmadejada resultado de un recelo radical por la forma escrita. Su gran novela, Museo de la Novela de la Eterna, fue escrita, reescrita, anunciada, postergada y publicada fragmentariamente entre 1904 y 1952 hasta su publicación definitiva en 1967; en ese período tuvieron lugar varios movimientos literarios, incluyendo toda la vanguardia, y dos guerras mundiales, pero Macedonio continuó interesado en dinamitar las convenciones de la novela realista permitiendo la entrada en la literatura argentina de lo paradójico, lo insólito y lo poco convencional. Sin su obra las de Borges, Cortázar y Piglia no hubieran sido posibles.

LA FUENTE INAGOTABLE. Macedonio Fernández se anticipó a su tiempo al plantear cuestiones como la de la obra abierta y la intertextualidad y la concepción del lector como productor de sentido, sobre los que escribirían más tarde Kristeva, Barthes, Derrida y otros. Una plausible explicación de su rescate se encuentra en esa precocidad y en la actualidad de las obras recuperadas. Una explicación alternativa se deriva del hecho de que la ruptura producida por estas obras genera la simpatía de editoriales cuyo carácter y programa alternativos les llevan a interesarse por obras situadas fuera del campo de lo establecido. Otra explicación plausible radica en el hecho de que, al menos aparentemente, la popularidad de los epígonos ha preparado a un cierto tipo de lector para el consumo de obras mucho más radicales que las que son escritas en el presente: una última explicación es que quizás la tradición rupturista es, con excepciones, mucho más interesante y posee mayor calidad que la literatura latinoamericana producida en nuestros días. En el caso de que esto último sea cierto, como todo parece indicarlo, podemos felicitarnos: aún nos queda por leer a Jorge Cuesta, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Gilberto Owen, Norah Borges, Arqueles Vela, Santiago Dabove, Hefrén Hernández, Vicente Huidobro, Felisberto Hernández y muchos otros. Todos ellos surgen de una fuente que parece inagotable.

01 octubre 2010

Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada de Macedonio Fernández



Out Magazine
Octubre/Diciembre 2010
X. Cañadas



Barataria recupera una obra de 1929 del coloso argentino, admirado por Borges entre otros, en la cual se aglutinan una amalgama de temas dispares, inclasificables, reformulando la concepción misma de ensayo (o quizá novela), y su forma, mediante cartas, relatos... papeles. Musculoso, inmortal volumen.

28 agosto 2010

Chicago, entre hampones y maderos

La Voz de Galicia
Culturas
Héctor J. Porto




BARATARIA PUBLICA DOS OBRAS DE EUGENE lZZl Y DESCUBRE AL LECTOR ESPAÑOL A TODO UN C LÁSICO DE LA NOVELA NEGRA ESTADOUNIDENSE. EL caso de Eugene Izzi (Chicago, 1953-1966) recuerda un poco al de Edward Bunker, feliz y recientemente descubierto para el lector español por el sello Sajalín. Se trata de un modelo de escritor de novela negra cuya juventud frecuentó el submundo de la delincuencia y los vicios compulsivos, poseedor del auténtico lenguaje de la calle -de la que extrae otros muchos valores-, que apuró sus dias con fruición y conoció muy bien los bajos fondos, los ambientes de la droga, los garitos, las bandas organizadas, las patrullas policiales, el calabozo y, en general, la exigente vida del barrio humilde. Con ese bagaje hay mucho camino andado a la hora de escribir novela negra y no existe necesidad de quemar la vista repasando las hemerotecas ni de hacer trabajo de investigación en las comisarias. Izzi y Bunker saben a que juegan. Uno en Chicago; el otro, en Los Los Ángeles. Lo suyo es más la línea clásica estadounidense más contundente del hardbolied -con David Goodis, Raymond Chandler y Jim Thompson a la cabeza- que, pongamos por caso, Donald E. Westlake, con su impecable y pulcro estilo. Los personajes de Izzi están extraidos de la calle y su credibilidad los avala de forma rotunda. Son gente corriente. Perdedores, rateros, matones, maderos, hampones, atracadores traficantes, expertos en cajas fuertes, mujeres aspirantes a fatales... Izzi desata una trama trepidante, que lo envuelve todo como un torbellino, en donde delincuentes y policías pueden llegar incluso a confundirse. Hay pocos agentes verdaderamente honrados en Chicago, y algunos delincuentes de fiar, y cruzan sus caminos en una acción que arrastra al lector por su sentido gráfico, su contundencia, sus diáiogos cortados a machete y el ruido de las pistolas humeantes. Algo que hace adictivos a sus personajes es el sentido de la amistad, que uno imagina perfectamente grabado en ese bello pero duro rostro cuadrado de la fotografla más difundida del autor -y que utiliza Barataria en sus solapas-, y que es fácil asociar al de un estibador de los muelles de Chicago. Una amistad que nació en la calle, en los difíciles días de las actividades ilícitas, de las familias inmigrantes y que une indefectiblemente a buenos y no tan buenos, los acerca en una comprensión tácita de sus mundos paralelos, limitrofes. Como el ladrón y ex policía Fabrizzio Falleti y el inspector Jimmy Capone.

16 julio 2010

Autoretrato de Macedonio Fernández





Soy no obstante mi estatura regular y mi edad, sin peso: 53 kilos, sin grasa alguna, piel seca y fina, lo cual se debe con certeza a la enormidad de ropas de abrigo que uso, y mi esquema causal en este punto es el siguiente: soy nervioso, o si no gran activo; por ello soy flaco, por esto friolento en extremo, por eso uso triple y hasta cuádruple ropa interior.
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Soy de ojos azules, frente buena y abundante cabello, cano desde los 25 años casi; en todos los restantes rasgos de rostro muy mezquino; manos muy desairadas. Muy medroso del dolor concreto fisiológico. En cuanto a la muerte, le niego toda efectividad, salvo para el amor, es decir, como separación u ocultación.....
Deseo terminar esta vida como místico.


* El retrato procede de una carta que en 1928 Macedonio Fernández le dirigió a Ramón Gómez de la Serna, ahora reproducida en la ed. de Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada, reeditado por Barataria, en su colección Humo hacia el sur, 2010. Se encabeza el volumen con el retrato de Gómez de la Serna y se cierra con la despedida de Borges en la que el autor de Ficciones recuerda: "Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio"......
* Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952), autor de una obra original y compleja, es autor de libros tan singulares como No toda es vigilia la de los ojos abierto (1928) y Museo de la Novela de la Eterna (1967). Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada apareció en 1944......

29 junio 2010

La escritura como venganza

Revista de Libros
Ignacio Carrión


Precedido por un retrato de Ramón Gómez de la Serna, y epilogado con sobriedad fúnebre por Jorge Luis Borges, este libro de Macedonio Fernández va más que sobrado de encuadernación. Y es, como casi toda la obra de este autor, un conjunto de textos marcados por el ingenio, la sorpresa y un juego de lenguaje.
Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) llegó a los lectores de Borges como si se tratara de un bastón ciego. Sin Borges no lo habríamos conocido. Se trataba del padre literario, de un predecesor, del modelo a imitar. Era el hombre que cultivó todos los géneros y la negación de los mismos géneros. Ninguna forma literaria parecía satisfacerlo. De manera que no tuvo más remedio que crear sus propias formulas de escritura (y de pensamiento), que en cierto modo serían intransferibles. Claro que Borges, sutil cleptómano de escritores, usurpó algunas invenciones de su admirado Fernández y lo hizo con enorme cautela para ahuyentar los riesgos del plagio. ¿Acaso Borges necesitaba plagiar a alguien que no fuera el mismo Borges?
Macedonio Fernández reventó el corsé literario de su tiempo en Argentina e inventó, entre otras cosas, sus biografías imposibles e improbables. Un ejemplo será su propia, divertida y anárquica autobiografía. Incrédulo, insolente, escéptico e irónico, hará «cuanto esté en su mano y otras extremidades» para que «todo lo que afirma de sí el autobiografiado sea lo que no es y quiso ser».
En un texto titulado Página involuntaria traza el paralelismo entre Einstein y él mismo, Macedonio Fernández, sustentando ese parentesco en un hecho tan disparatado como la mención de un peine con un solo diente o púa, texto que con la máxima seriedad provoca la carcajada del lector. «Como Einstein no acostumbre a peinarse, y yo, lo hacia con mi peine de un solo diente, exclusivamente, dado que el uso de este peine mío deja las cosas en la cabeza como las encuentra (lo que es un respetar y se parece enteramente al sistema de la Instrucción Pública de dejar todo como antes), nos parecíamos de cabeza, con la diferencia de que él no usaba peine alguno pero usaba la cabeza, y yo usaba el peine de un solo diente pero no la otra cosa».
Es justo que Jorge Luis Borges reconozca en la despedida dedicada a Fernández que «yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes los precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. No imitar ese canón hubiera sido una negligencia increible». Para Borges, el mejor estilo de su maestro no era el que expresaba por escrito, sino el discurso oral. Macedonio hablando superaba al de la página escrita. Claro que un autor oral es siempre presa fácil de la fabulación, el equívoco y la manipulación interesada.
Por eso es oportuno que Barataria ofrezca hoy, contra las modas y demandas de un mercado obediente a su engañosa publicidad, un libro de Macedonio Fernández que no esperábamos. Un libro que recoge los Papeles de Recienvenido y la insuperable Continuación de la Nada. Juntos, componen un volumen que nos permite disfrutar de un lenguaje que no ha sido vendido ni prestado, una voz que es original, conmueve, inspira y alerta al lector hastiado de lugares comunes, éxitos efímeros de ventas y repeticiones insulsas.
«Hasta casi los setenta años -escribe en Pose n.º 5- nunca admití dinero por colaboraciones o libros míos porque no puedo escribir bajo compromiso. Cuando algo tengo escrito, soy yo que pido que me lo publiquen. Y de todos modos mis lectores caben en un colectivo [autobús] y se bajan en la primera esquina». En este juego incesante de alusiones e intercambios Borges-Fernández, será el sarcástico Macedonio quien nos confesará la deuda contraída con Borges: «Comencé a ser yo el autor de lo mejor que él [Borges] había producido. Fui un talento de facto, por arrollamiento, por usurpación de la obra de él». Pedro de Olazábal señala en una carta que «Macedonio Fernández no nació desnudo. Para mí que nació desollado». Y su estrecha relación con Ramón Gómez de la Serna permitió que hablaran largo y tendido sobre infinidad de asuntos, entre ellos la Guerra Civil española: «Nunca ha estado más desprestigiada la muerte», dijo Macedonio indignado.
Unas tras otras, son memorables las páginas de Continuación de la Nada, un texto en el que Macedonio delira sabiamente: «Amo y cultivo la nada insolemne, no me refiero a la nada voluminosa en páginas de tanto discurso y memorias. Sería deplorable que el lector se extraviara en lo existente cuando yo le prometo como único arte pasearlo en las espesuras de la nada». Y más adelante: «Cuando lo serio va con lo solemne, es que lo serio no va: lo mío no va solemne porque no es estéril; por fin tendréis la Nada». Cuando lo suyo parece estéril, banal, pintoresco o sencillamente raro, debemos leer dos veces la frase que bailotea ante nuestros ojos. Fue envuelta en otra frase que la protege como una segunda piel: «No leer es algo así como un mutismo pasivo; escribir es el verdadero modo de no leer y de vengarse de haber leído tanto».

Dos libros de Macedonio Fernández


Vienen ordenaditos desde el 1 hasta el número 284 los Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada en el Humo hacia el sur que dispersa Claudia Apablaza a través de la editorial Barataria. Si ya Juan Emar y Martin Adán dejaron constancia y sentencia en la anterior tirada de dados es ahora Macedonio Fernández el que es homenajeado como corresponde en este nuevo volumen baratario. ¿Y cómo va la reseña que es llegada de Recienvenido a un lugar que no es pero que, sin más, a veces está? Como Invasión. Bigotito y ponche que son atuendo singular de Macedonio desplazándose a velocidad de hombre por las piezas argentinas. Don Porfirio con una valija que porta sus cuadernos, el hombre que condensa y dispersa la semilla de la gran literatura argentina dentro de un ropero. Macedonio era sensible a la luz. ¿Sólo a la luz?

Obra que se escribe como necesidad de ser escrita pero con poca intención por ser leída. Porque el motivo matemático de Macedonio era la escritura por la escritura. Elemento desdeñado por nuestros grandes hombres patrios de las letras en un momento actual donde salir del armario (literario) es necesidad: un mostrar más que contener y obrar.

Exhibir más que retener letras. Macedonio no podría ser en la época que es el hoy porque Macedonio era un escritor, no un exhibicionista. Así que en los papeles del que es bienvenido pero está por llegar y no se le espera son una rara habis en la que hay que caer si uno quiere guardarse en el ropero y conservar la buena lectura, la escritura que es necesidad de una realidad alterada y emancipada. “Lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio”, diría Borges.

Comuna anarquista que es isla en medio de la nada, en el centro de sus papeles, Recienvenido aboga por un Público de Accidentes que esté en el lugar del suceso accidental antes que el accidentado. Así ahora sería necesario un Público del Devenir Macedonio que espere su siguiente obra, que sin duda llegará, aunque la espera sea más larga de lo habitual, porque su obra es comienzo y no final, una espiral de la que uno agarra la punta del hilo y que no por mucho estirar, etc. La broma macabra del no suceder, “un torcedor del estilo” nos apunta Ramón Gómez de la Serna en su retrato previo a sus dos obras baratarias. En una despedida de Jorge Luis Borges se adivina un Macedonio “temeroso de la muerte” y se acepta la imposible definición del autor. Sí, la obra del argentino es una humorada trascendental de la raíz cuadrada de dos. Raíz cuadrada de dos que es el paraguas del hombre, como en su momento nos explicó Arnau Puig. Literatura Confusiva y Automatista son estos papeles seguidos de la Nada, repeleta de bobos, gallinas, descompostura y mareos.

“¿A nadie se le ha ocurrido pensar que mi escritorio es el único paraje del mundo en que puedan encontrarse páginas en blanco? Por este sólo hecho meritísimo debería reservarse para mí la primera estatua que sobre. Pienso que, desgraciadamente, habrá que esperar mucho hasta que haya pedestal en blanco.” ¡Qué afinado Macedonio desvirgando a la Nada! Con su velita consumiéndose dentro del ropero en el que escribía para apartarse de la engañifa de la realidad que tienta y es falsa. Macedonio deshace la madeja de las matemáticas y se cubre de paradojas imposibles en este mundo, pero ciertas y tentadoras en el lugar que ocupaba. Un desarreglo avanzado del idioma y de la comprensión común. La lectura atenta del argentino con bigotito y ponche inunda al lector en un estado de conciencia ajeno, que es posibilidad anarquista del suceder que debe venir pero que no viene porque de repente otro motivo salta entre las letras y el cazador debe disparar a ese conejo pero no aprieta el gatillo porque un león se esconde entre los matorrales, y no aunque intente ir contra el peligro un nuevo elemento ocupa la atención. La escritura a salto de mata, en cierto modo. Un caminar que es un doblar de esquina a cada paso.

Hará bien el ocupadísimo lector en jugar al Truco con cartas marcadas y tantear a Macedonio y leer a su modo estos Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada. Imaginar la conversación que no será dentro del ropero:
—Maestro, la vela.
—Estese tranquilo, le quedan veinte dedos por consumir. Agárreme un prendedor y dele fuego al bidón de gasolina, con la chica que sueña dentro.
—Así sea.