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21 mayo 2011

«La trampa», de Emmanuel Bove

Revista de Letras
Joan Flores Constants
21/05/2011


Es posible que nuestros terrores infantiles, quizás por el hecho de producirse en una etapa en las que somos fácilmente susceptibles a las impresiones, sobretodo si éstas son de carácter visual más que conceptual, y supongo que debido a que no poseemos todavía las herramientas racionales para un análisis objetivo, queden alojados en nuestra memoria de forma indeleble; incluso años después, cuando ya hemos sido capaces de discriminar las amenazas reales y las imaginarias, podemos recordarlos, con huellas de ese escalofrío primario, sin la fascinación de la inocencia, pero aún con ciertos visos de peligro: lo que nos amedrenta no es la amenaza en sí, sino el recuerdo del efecto de esa amenaza en nuestra mente inmadura.

Proveniente del cine de las tardes de domingo y de la versión interplanetaria en alguno de los episodios de la serie original de Star Trek, sigo, no ya aterrorizado pero sí fascinado por las amenazantes arenas movedizas. Me parece recordar, aunque la cercanía a la obsesión que alcanzó el fenómeno en esa época tal vez altere mi recuerdo, que aparecían en multitud de películas, y lo que las hacía fascinantes no era el hecho de poder caer en ellas sino el de que, una vez apresado, el sujeto se enfrentaba a una terrible variedad de zugzwang: si se quedaba quieto, podía sobrevivir, pero si se movía e intentaba salir, se hundía rápidamente. Naturalmente, el exagerado maniqueísmo de los guionistas de la época daba siempre con el remedio adecuado: si era “el bueno” el afectado, siempre aparecía una cuerda o una rama salvadora; si era “el malo”, la “justicia poética” se encargaba de otorgarle un fin terrible.

La acción de La trampa (Le piège, 1945) transcurre en Francia, en plena II Guerra Mundial, cuando el país se halla dividido en dos: la parte Norte, la Francia “ocupada”, bajo administración alemana, y la parte Sur, la Francia liberada, administrada por el denominado “Régimen de Vichy”, una época de la historia reciente, y tema de multitud de novelas y ensayos, que el país no ha superado aún. Joseph Bridet, periodista, un hombre común, más asqueado del régimen colaboracionista que gaullista convencido, se prepara para escapar a Inglaterra y unirse a De Gaulle; con ese fin, recupera algunas amistades antiguas, bien relacionadas con el poder, para conseguir un salvoconducto. Lo que Bridet ni sabe ni puede adivinar es que esos contactos van a desencadenar una pesadilla que, al más puro estilo kafkiano, le conducirá gradualmente a la tragedia.

“Los acontecimientos justifican que cambiemos de costumbres. No debemos sorprendernos de nada, hoy en día todo es posible [...]. El tiempo de la facilidad, la consideración y las atenciones había quedado atrás. Era como si no hubiera acabado de comprender el sentido profundo de la derrota, como si hubiera seguido imaginándose ingenuamente que las cosas podían continuar igual que en una época normal”.

Bridet se encuentra atrapado en una red que forman las viejas autoridades, que deben, con sus hechos, mostrar su sumisión a la situación, y las nuevas, que necesitan distinguirse e imponerse a las antiguas. Al ser una situación aceptada, pues la ocupación fue fruto de un acuerdo y no una imposición del invasor (Francia no fue vencida: se rindió), nadie sabe con exactitud cuál es el proceder correcto. Sin embargo, la situación dista de ser tan diáfana, ya que el enemigo, un poder sin rostro, no se muestra de manera evidente y, además, la arbitrariedad del poder autocrático hace que ni siquiera esté claro cuál es la conducta adecuada: no hay manera de dilucidar la lógica totalitaria, y el hecho de ser inocente no es óbice para no verse involucrado o inculpado, y cualquier conducta, en un momento dado, puede llevar, debido al hecho de que los límites de la legalidad son extremadamente difusos, a ser detenido.

La referencia a Kafka, a El proceso, es indudable, pero el acierto de Bove es eludir el absurdo; con un tono de frío realismo y con una atención minuciosa al detalle, el autor va trazando una telaraña, o mejor aún, unas arenas movedizas, que acaban dibujando una desolada cartografía de la desdicha. A la desesperanza del perdedor por omisión, se une la indefensión del protagonista ante la amenaza que supone el hecho de ser encausado sin conocer los cargos y sin poder esclarecer si cualquier declaración puede redundar en su beneficio o en su definitiva pérdida.

“[...] por no se sabe qué misteriosos designios, cualquier situación puede darse la vuelta”.

A medida en que avanza la acción, la situación de Bridet empeora progresivamente; es cierto que las amenazas de prisión nunca acaban concretándose, pero los contradictorios anuncios de liberación tampoco surten efecto, y el juicio en el que es exculpado es invalidado; pero la espiral del horror ya ha empezado a girar y, una vez alcanzada la velocidad de crucero, nada puede detenerla: Bridet acaba confinado en un campo de internamiento con cada vez menos esperanzas, en un ambiente crispado por las amenazas y las elucubraciones de los compañeros de reclusión.

“En los momentos trágicos de la vida nada hay más agobiante que la zozobra de los que nos rodean. Hemos logrado, a fuerza de voluntad, apartar de nuestros pensamientos todo lo que puede aumentar nuestro temor y, entonces, nos encontramos rodeados de personas incapaces de hacer el mismo esfuerzo”.

La trampa es una novela excelente, imprescindible y, aunque compuesta en un época que parece lejana en términos temporales, con un tratamiento narrativo magnífico, una escritura despojada de cualquier manierismo con el fin de potenciar su carácter realista -consiguiendo de este modo, insisto, hacer más verosímil el horror, la angustia de la duda- y un desarrollo de la acción magistral. Pero, y más teniendo en cuenta que las heridas de la II Guerra Mundial permanecían todavía abiertas, es también un ajuste de cuentas con el horror de un pasado que Bove no quiere que se suma en el olvido; por esa razón, la novela posee también una vertiente crítica que ataca los cimientos del colaboracionismo, la miseria de la traición, la insignificancia del ser humano individual ante la trituradora de la realpolitik, y con un corolario que no caduca: la traición de los compatriotas es mucho peor que la agresión de los invasores.

10 mayo 2011

La trampa

El Ciervo
10/05/2011


Una tragedia servida a fuego lento. Bove es un mago de las palabras. Sabe cómo conducirlas y hacer que digan exactamente lo que él desea. Lo demostró en uno de sus primeros libros, Mis amigos, publicado en Pre-Textos. Admirable. Mejor, fascinante. Qué dominio del lenguaje. Qué estilo. Único. En esta ocasión, en La trampa, recuerda otras novelas relativamente breves y angustiosas como El proceso, de Kafka, o Bartleby el escribiente, de Melville. Una lectura encantadora, a pesar de su contenido dramático. Una pequeña obra de arle para retener cerca de todo lector de exquisiteces y otras delicias.

30 abril 2011

Miedos y traición en la ocupación nazi

La Voz de Galicia
Héctor J. Porto
30/04/2011

DOS NOVELAS MUY DISTINTAS INDAGAN LAS KAFKIANAS TENSIONES QUE SE DABAN EN LA VIDA DE LOS TERRITORIOS COLABORACIONISTAS.

La novela —y el cine— ha visitado con frecuencia los territorios ocupados por la Alemania de Hitler para glosar la heroicidad de los miembros de la resistencia, pero ha evitado recrearse en las actitudes colaboracionistas, las miserias cotidianas marcadas por el miedo a la delación, la traición, la rápida negación de los ideales propios para sobrevivir más holgadamente, el egoísmo, el abuso de poder de quien se ha pasado a las fuerzas invasoras... Es en este escenario donde se mueven —eso sí, de forma muy distinta y con planteamientos estéticos y objetivos divergentes— las dos novelas aquí concitadas, ambas de notable excelencia: Una comedia en tono menor (1947) de Hans Keilson y La trampa (1945) de Emmanuel Bove.
Keilson plantea un drama intimista y delicado con apenas tres personajes, en el que pone en juego los miedos de un matrimonio que acoge en su casa de forma clandestina a un judío. La historia se desarrolla en una pequeña ciudad holandesa que parece ajena a la guerra salvo por el lejano fragor del paso de los aviones aliados camino de Alemania o el ruido eventual de algún tiroteo. Y, sin embargo, los temores se adueñan de la vida cotidiana por mor de la insólita presencia del inquilino de la planta primera. Aunque llega a establecerse una relación intensa entre ellos, nunca alcanzan a comprender bien a su invitado hasta que una caprichosa jugada del destino —que acrecienta la percepción kafkiana de lo que les sucede— dará un giro copernicano a su condición.
A pesar de que comparten la inmediatez de la escritura y los hechos, y que ambas carecen detodo viso retórico o épico, La trampa se sitúa lejos de la exquisita sensibilidad de Keilson. Bove firma una novela de mayor carga política, de denuncia y con un fuerte carácter testimonial. Es la historia de cómo Bridet, un hombre que no acepta el régimen de Vichy y que, sin ser judío ni comunista, ni una verdadera amenaza, con su torpeza y sus miedos pone en marcha un perverso mecanismo —el de la burocracia colaboracionista— que lo llevará a mal término.
Dos auténticas preciosas joyas.

05 abril 2011

Una vida en la francia ocupada

Estado Crítico
Manolo Haro
05/04/2011


Lanzados a la búsqueda de consanguinidades literarias, se puede decir que La trampa de Emmanuel Bove (París, 1898-1945) puede considerarse hermana de El proceso de Franz Kafka. Su personaje, Joseph Bridet –otro Josef K.– se coloca en las precisas coordenadas espacio-temporales de la Francia ocupada, mientras intenta lograr un salvoconducto para cruzar hasta Londres y unirse al general De Gaulle. El infierno judicial y burocrático que entrevió e imaginó Kafka como antesala del mundo contemporáneo en su novela está presente en La trampa de forma dramáticamente palpable.

En el Hotel Carnot de Lyon, habitación 59, vive Joseph Bridet. Yolande, su mujer, lo hace en el Hotel d´Anglaterre de la misma ciudad. Algo va mal entre ellos. La guerra trae distanciamientos en la vida conyugal y en los intereses personales: ella quiere volver a París y reabrir su sombrerería; él, conseguir un 'ausweiss' (salvoconducto) que le permita salir de Francia. Con ese fin realiza un par de viajes a Vichy para tocar algunas teclas entre el funcionariado colaboracionista, apoyándose en la inestable cuerda de las identidades (pro-Petain o gaullista) en un momento en el que todo el mundo está bajo sospecha. Sus contactos no sólo no le dan respuesta a su petición, sino que hacen que comience a funcionar la desesperante e intrincada aleatoriedad de la burocracia policial y judicial en un sistema en el que nadie parece conocer los límites ni las leyes. A partir de este momento el círculo se va estrechando en torno al protagonista y el lector sigue, entre perplejo y alucinado, los avatares de este proceso. Su mujer es un contrapunto ante la desquiciante velocidad del relato: ambigua, serena y desasosegante, sigue al marido por el entramado de oficinas, salas de interrogatorio, juzgados y celdas, ofreciéndole una vez tras otra la esperanza de una liberación que no llega.

Aligerada de cualquier retórica vana, Emmanuel Bove sólo se permite unos breves apuntes cuando se trata de recrear el espacio. Su certero y preciso estilo únicamente quiere pintar las calles, los pasillos, las habitaciones, los cielos y las luces que cruzan el relato. Está más interesado en los personajes y en la acción que en la escueta tramoya que coloca tras lo que narra. Aquí la miseria moral no entiende de líneas de demarcación. El alma de colaboracionistas y de aparentes gaullistas está atravesada por la ocre y nauseabunda oscuridad de la traición y el beneficio propio. Bove en La trampa consigue meter en la coctelera a Kafka y a Ionesco, agitando el combinado con la velocidad de la locura. El bebedizo no deja al lector impasible, sino rumiando, cuando reposa lo leído sobre la almohada, con una sensación de que en la actualidad se sigue aún tejiendo con el mismo hilo el telón oscuro que cuelga en algunas arquitecturas represoras.

El encuentro sentimental entre un exiliado ruso y una criada luxemburguesa da como fruto a Emmanuel Bobovnikoff. Los pseudónimos Pierre Dugast et Jean Vallois Bove esconden al hombre que acabaría firmando sus obras como Emmanuel Bove. Su vida se movió al vaivén de la rueda de la Fortuna. Ginebra, Viena, Londres, Argel, París. Conductor de tranvías, camarero, obrero de la Renault, taxista. La peripecia literaria de Bove tuvo la bendición de Colette, Gide, Rilke, Max Jacob y Beckett. Como ocurre siempre en estos casos, hay que descorchar una buena botella de lo que sea para brindar porque las mesas de novedades recojan estos extraños meteoros. Si alguien tiene el arrojo de abrir sus páginas, le aconsejo que coloque bajo la aguja Ascenseur Pour l'échafaud de Miles. Se oye la respiración de Bridet.