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22 agosto 2011

ESTÉTICA DE LO PEOR

LUIS FRANCISCO PÉREZ


El último ensayo publicado por el profesor y filósofo José Luis Pardo, Estética de lo peor, es una compilación de ensayos aparecidos con anterioridad en diferentes medios de prensa, catálogos de exposiciones, o revistas especializadas, en un arco temporal que abarca desde 1997 a 2008. Toda compilación de textos, es decir: allegar o reunir en un solo cuerpo de obra documentos ya editados, posee una cualidad admirable que no es otra que la relectura –en el caso, obvio, que se siga a ese autor– de una parte de su obra leída bajo una cierta doble condición de aleatoriedad y eventualidad. Es más, por mucho que nos interese un autor difícilmente tendremos acceso a la totalidad de lo por él publicado. Razón esencial esta en el caso que nos ocupa, pues José Luis Pardo, afortunadamente, escribe y publica con alegre, solvente y dinámica frecuencia.

Estética de lo peor reúne una selección de 15 textos (ninguno de ellos inédito) que si bien están agrupados por bloques temáticos (desconocemos si por deseo del autor o de los editores: poco importa), dichos bloque facilitan menos la lectura –dado que la redireccionan no siempre en el sentido más apropiado– que si optamos por un “ir saltando” entre los textos, bien por un mutuo interés entre el autor y el lector por determinado asunto tratado, bien por una concreta orientación intelectual o ideológica ante los temas debatidos, o incluso, por supuesto, por un decidido rechazo ante un concreto análisis o interpretación de una manifestación estética cualquiera o un determinado apunte sociológico. Si bien es difícil encontrar en Estética de lo peor un decidido centro ante el cual basculen o graviten todo los textos presentados, no es menos cierto que la propia fragmentariedad que el volumen destila ayuda a entender más y mejor algunos de los argumentos intelectuales esgrimidos por José Luis Pardo durante la última década, y entre los cuales la “fragmentación” –del arte y la vida contemporáneos o de la fragilidad del cuerpo dentro de ese escenario de ruptura, entre otros– ocupa dentro de su ideario estético un lugar de centralidad tan esencial como admirable.

Que en un corpus de quince ensayos más de diez posean una grandeza intelectual innegable nos ofrece una imagen concluyente de la tan inteligente como feliz idea de agrupar estos escritos, y más allá de los consabidos oportunismos o estrategias de marketing propio de las editoriales. Dado que, tal como ya hemos apuntado, el volumen carece de un centro unitario, lo más efectivo es focalizar aquellos textos que por sí solos ya ejercen una función solar, y ante la cual las ideas giran fragmentadas dentro y fuera de su órbita. Así el apartado titulado Un amigo americano donde, utilizando como pretexto el análisis de la película de Cronenberg Crash (y no únicamente este film), como también El amigo americano, de Wenders, José Luis Pardo, en realidad, nos está ofreciendo sendos y muy brillantes análisis de cuestiones más cercanas a la metafísica, como son la expiación y la culpa. En el apartado Algésicos comprimidos (textos sobre artistas) sobresale el texto dedicado a Ramón Gaya, donde al autor utilizando una retórica intelectual muy brillante no siempre convence en su deseo (un tanto obsesivo) de hacernos creer que Gaya es un artista vanguardista, pero lo que sí logra Pardo con este ensayo (y no es poco) es replantearnos (una vez más), y más allá del interés o aprecio por Gaya, los siempre tan escurridizos como cambiantes conceptos de “tradición”, “vanguardia” o “contemporaneidad”. Pero en nuestra opinión los dos mejores apartados de que consta el libros son los dos primeros, Ensayos sobre la falta de oficio y Cómo se llega a ser artista contemporáneo, ambos con seis escritos en total, y en los cuales José Luis Pardo, utilizando un sabio dispositivo de “inteligencia humorística” nos ofrece algunos de los más altos ejemplos de especulación teórica y estética que se hayan producido en nuestro país.


20 agosto 2011

Peor

El País
Francisco Calvo Serraller
20/08/2011





Aunque la consigna "cuanto peor, mejor" esté asociada principalmente al terreno del combate político de carácter subversivo, lo cierto es que cabe aplicarla a cualquier esfera del mundo contemporáneo en la medida en que nuestra era es inseparable del impulso revolucionario; esto es: en la medida en que funda su razón de ser en un cambio radical con el orden del pasado histórico, estigmatizado como Antiguo Régimen. En este sentido, el paradójico deseo de promover lo peor se inscribe en una voluntad de acelerar el cambio para así acceder a lo supuestamente mejor, que ha de ser la creación de un orden nuevo, exento por completo de las cortapisas heredadas. Desde siempre, el hombre se ha consolado de las estrecheces sufridas en cada momento histórico de su existencia mortal con el anhelo de conseguir algo que estuviera "más allá", pero sólo en nuestra época se ha embarcado en la ilusión de que ese alejado horizonte está, como quien dice, a la vuelta de la esquina, y está tan cerca porque lo podemos diseñar y fabricar a nuestra medida, casi tan solo con librarnos de los prejuicios atávicos que nos encadenan.
Tras dos siglos y pico de práctica revolucionaria, o, si se quiere, de Nuevo Régimen, nunca, por el momento, se ha logrado la consolidación de este paraíso terrenal al alcance de la mano, quizás no tanto porque no sea técnicamente factible producir un "más allá" en el "acá", lo que está al orden de día, sino porque indefectiblemente todo "acá" logrado te lleva a suspirar por cualquier "allá"; o sea: porque todavía, siendo mortales, no hemos logrado cerrar nuestro horizonte. ¿Lo lograríamos acaso cuando nos transformáramos en muñecos mecánicos, como parece indicarnos el progreso tecnológico? Es probable, pero entonces, nosotros ya no seríamos nosotros y no sabríamos lo que habríamos ganado o perdido con esa transformación revolucionaria de nuestro ser. En cualquier caso, lo peor de este mejor habría consistido en que, para lograrlo, se cancelaría el móvil de esta y de cualquier otra mejora: la libertad, el manantial que nutre el caudal de toda revolución terrenal.
¿Será éste el motivo del creciente prestigio del arte en nuestra secularizada época, un arte que ha dejado de ser un oficio singular para convertirse en la única promesa fiable revolucionaria de proporcionarnos el Edén sin transformarnos en otra cosa? A esta y a otras preguntas afines ha dedicado un libro el filósofo español José Luis Pardo (Madrid, 1954), significativamente titulado Estética de lo peor (Pasos Perdidos-Barataria), donde analiza los avatares del arte y la estética contemporáneos, pero sin tomar partido previo ni por los "apocalípticos", que recelan de cualquier innovación, ni por los "integrados", que piensan que están en el mejor mundo de los posibles, pues los cambios vienen rodados, aunque, en el fondo, todo siga igual. Antes, por el contrario, en un epígrafe titulado como el libro, inserto en un capítulo denominado 'Ensayos sobre la falta de oficio', Pardo nos recuerda que el fundamento del arte contemporáneo ya no es la constrictiva Belleza, el canon histórico que lo fundamentó, sino la Libertad, cuya ansia de exploración no admite fronteras preconcebidas, y, por tanto, que no se asienta en ninguna conquista, ni siquiera en el recuento institucional de sus indudables logros, como demandan hoy los beneficiarios de lo "políticamente correcto". Nos propone, sin embargo, que el arte actual se convierta en "un hogar para la mera humanidad" y añade que, para ello, "quizás... sería bueno abandonar la perniciosa idea de que la obra de arte tiene que simbolizar la verdad (que a menudo es solidaria de un mundo inhóspito y de una tierra inhabitable) para experimentar con otra vieja idea de la obra de arte: aquella que la describe como símbolo de la libertad". Pues, al fin y al cabo, sólo quienes creen en la libertad, se harán libres: auténticos transeúntes, que están aquí y allí, acullá, como el buen arte, generador de entuertos y extravagancias, requiere.

JOSÉ LUIS PARDO: DISCERNIR LA VERDAD

La Voz de Galicia
Héctor J. Porto
20/08/2011


«Solo una clase de fealdad no puede ser representada conforme a la naturaleza sin echar por tierra toda satisfacción estética y, por tanto, toda belleza artística, y es, a saber, la que despierta asco, pues... entonces no puede ya ser tenida por bella». Esta reflexión extraída de la Crítica de la facultad de juzgar, la obra de Kant, parece ser el objetivo que abatir por el arte contemporáneo —ya desde la primera agitación de las vanguardias históricas—, según defiende el ideario del pensador, escritor y catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid José Luis Pardo (1954) que parece vertebrar la antología Estética de lo peor. El libro reúne más de una docena de textos recuperados de su producción entre los años 1997 y 2008 que ya habían visto la luz previamente en periódicos, revistas, libros colectivos, publicaciones especializadas, monográficos de arte, suplementos de cultura, etcétera.
Sin embargo, y pese a la forma en que se presenta el tomo, haciendo énfasis en su unidad, su contenido va más allá, es absolutamente heterogéneo, como haciendo honor al gusto del pensamiento del profesor. En realidad, el subtítulo —De las ventajas e inconvenientes del arte para la vida— refleja mejor las aspiraciones de esta colección de textos que debería haber prescindido de las cinco subdivisiones temáticas que tratan de ordenar las piezas de este puzle.

DISCURSO COMBATIVO
Y es que cada ensayo se basta para hablar por sí mismo de sus desvelos que, aunque variopintos, acaban convergiendo en el espacio improbable del discurso combativo de José Luis Pardo, uno de los pensadores menos complacientes de la escena española actual, un hombre que aún confía en el poder de la filosofía para maravillar, provocar, debatir, meditar, un catedrático que añora, como buen socrático, la plaza como la arena para el combate dialéctico. Y es que para él todo es susceptible de desenredarse, de ser objeto de especulación, nada en la vida y en la sociedad es ajeno al inquieto bisturí del análisis y de la crítica: el arte (tradición, vanguardia y contemporaneidad), la globalización, el cine, la bioética, la vulnerabilidad del cuerpo, la máquina, el poder, el pecado, la ciudad, el mercado, el erotismo, la libertad, el dolor, la muerte, las teorías de la conspiración... Asimismo, desmenuza obras concretas de autores como David Cronenberg (y su filme Crash), el artista Amorós Torres, el dibujante y viñetista El Roto, la artista Eva Lootz (y su instalación La jaula de los pájaros), Ubay Murillo, Ramón Gaya, Wim Wenders (El amigo americano), Picasso y un largo etcétera.
En fin, la lectura de Pardo, sea cual sea la preferencia concreta del lector por uno u otro de los temas, el abordaje de sus múltiples sendas y sus desviaciones, es profundizar en el gozo de la filosofía, y, como él suele decir, aprender a «discernir la verdad de la farsa efi caz y la libertad de la tiranía maquillada».

01 junio 2011

Estética de lo peor

El Boomeran(g)
01/06/2011



A lo largo del siglo xx, en el camino iniciado por las vanguardias, la belleza y el arte se convirtieron para sus propios creadores en algo sospechoso. El placer estético no podía responder a la contemplación de la belleza; el arte debía mostrar lo negativo, lo siniestro. Pero en ese intento de superar el divorcio entre el arte y la vida, de responder a lo inhóspito de nuestro mundo, no sólo se ha desterrado la belleza canónica, también se ha institucionalizado el arte como mercancía y espectáculo de masas.

En los últimos treinta años los problemas que habían sido durante siglos objeto de reflexión, que hasta entonces constituían la clave del debate político y de la historia, se han ido desplazando «desde el terreno del entendimiento hacia el de la sensibilidad [...] y la estética se ha convertido en la ideología de una época que presume de no tener ninguna».

Estética de lo peor es una reflexión que abarca aspectos teóricos -como la aparición del artista moderno o la extensión del tiempo productivo en el capitalismo a la vida privada y al consumo- y analiza temas tan variados como El amigo americano, Picasso y el arte maorí o la obra de El Roto. Esta pluralidad de enfoques ofrece una visión de conjunto sobre el sentido del arte en un mundo en el que, en lugar de representar un principio de libertad, se va viendo progresivamente reducido a una forma de intercambio más en el mercado.

30 mayo 2011

"No estamos abocados a las políticas de austeridad"

EL PAÍS
Marta Garijo
27/05/2011




El Manifiesto de Economistas Aterrados propone 22 medidas para hacer frente a la crisis económica con perspectiva europea.

Antes de que en Sol se montara una acampada para expresar el malestar que ha creado la crisis económica, un grupo de economistas franceses ya había puesto por escrito sus preocupaciones respecto a las políticas económicas actuales. El Manifiesto de los economistas aterrados surgió hace un año en Francia, cuando un grupo de economistas se encontraron en un café y decidieron recoger sus preocupaciones por el rumbo que había tomado la política económica en Europa. "Es un manifiesto no sólo para los propios economistas, sino también para los ciudadanos y para la clase política", ha explicado Henri Sterdyniak coautor del texto en el Instituto Francés de Madrid, donde esta tarde participará en un debate sobre el mismo.

Sterdyniak, director del Departamento de Economía de la Mundialización de la OFCE y profesor asociado de la Universidad Paris-Dauphine es uno de los autores de este texto junto a Philippe Askenazy, Thomas Coutrot y André Orléan. Un manifiesto al que hasta ahora se han adherido 3.000 economistas. Un texto, que va en la línea de Indignaos de Stephane Hessel, aunque con la diferencia de que en las 60 páginas de este se exponen 22 medidas concretas. Unas ideas encaminadas hacia la creación de políticas económicas fuera de la tendencia liberal. "La idea principal es que el liberalismo no funciona porque hasta ahora los mercados siguen creando inestabilidad", comentaba esta mañana Sterdyaniak. "En Europa hay que asegurar más estabilidad, más solidaridad y crear una nueva coordinación de las políticas de gobernanza europea", prosigue este economista. En España, este libro está editado por Barataria, en su colección Pasos Perdidos, y ya va por su segunda edición.

En su manifiesto se observan las políticas económicas desde una perspectiva europea. En la charla, Sterdyniak repite varias veces la idea de la solidaridad europea como un punto importante para la recuperación de los países del continente, algo que los últimos acontecimientos no parecen compartir. Sin embargo, cuando se le comenta a Sterdyniak que los últimos casos no existe un gran consenso europeo, señala que no hay elección de plantearse si se puede ser solidarios o no.

Respecto a las manifestaciones sociales que se están produciendo en varios países, sobre todo del sur de Europa, Sterdyniak asegura que esto demuestra que es importante que los partidos, los sindicatos o las asociaciones se movilicen para mostrar que otras políticas son posibles. "El objetivo del manifiesto es proclamar que no estamos condenados a las políticas de austeridad que nos llevan al fracaso y por ello, la política que Europa tiene que llevar a cabo es dar tiempo a que todos los países que están en dificultades puedan reestructurar sus economías", apunta.

Las agencias de calificación y el funcionamiento de los mercados financieros son dos de las preocupaciones que se muestran en el texto. "Decimos que debería disminuir la importancia de las agencias que son privadas", señala y ofrece otra vía de acción. "El Banco Central Europeo no debería hacer tanto caso a las agencias sino tener sus propias herramientas para poder calificar", apunta.



24 mayo 2011

Hilda - Marie NDiaye





A Marie NDiaye (Pithiviers, Francia, 1967), autora francesa de origen senegalés, se le puede considerar como una “niña prodigio” de las letras francesas. Con sólo diecisiete años publicó su primera novela (Quant au riche del avenir, Minuit, 1985), aunque empezó a escribir con 12-13. De hecho, se cuenta que el editor de Minuit se presentó en el instituto en el que cual la “joven promesa” desarrollaba sus estudios para que firmara un importante contrato como escritora para dicha editorial. Su obra es muy amplia y abarca no sólo la novela y el relato corto sino además teatro, literatura infantil, ensayo y hasta un guión de cine basado en un de sus más aclamadas obras teatrales (Papa doit manger, Minuit, 2003).

En el año 2002 obtuvo el premio Fémina por Rosie Carpe y en el 2009, se alzó con el Premio Goncourt, por Trois Femmes puissantes. (Tres mujeres fuertes, publicada en el año 2020 en nuestro país por Acantilado en español y Quaderns Crema en catalán), libro de relatos en el que Ndiaye nos brinda tres narraciones euro-africanas, hermanadas por la potente personalidad de sus tres protagonistas; Norah, Fanta y Khady. En el tercero de ellos, aborda – al igual que hace en Hilda - una de las constantes de su obra: los modelos de nuevo esclavismo del siglo XXI y que se dan en sociedades presuntamente civilizadas, tolerantes y no racistas:

"Los inmigrantes pasan por situaciones terribles, demuestran un valor y un coraje admirables", dice. "Aunque son económicamente miserables, ante todo son unos héroes comparables a los de la mitología clásica, que van superando pruebas", afirma con contundencia (El País, 24/03/2010).

De hecho, tras la victoria de Sarkozy en el año 2007, optó por abandonar Francia y exiliarse en Berlín:

“Sarkozy forma parte de una derecha que roza con la extrema derecha, sin piedad con los pobres y los extranjeros. No guarda ningún parecido con la derecha tradicional, cristiana y compasiva. Angela Merkel, en cambio, no me molesta en absoluto (Qué leer).”

Esta inquietud está también muy presente en Hilda, la obra que nos ocupa en esta reseña. Aunque Hilda (publicada en el año 1999 en Francia) puede ser encuadrada por su estructura y formato dentro del género teatral lo cierto que también puede leerse como una novela breve ya que carece de algunas de las características propias de la dramaturgia tradicional como son las acotaciones entre paréntesis en los diálogos o las descripciones de escenarios en los cuáles transcurre la acción. De igual modo, debemos imaginar como son los personajes a través de las conversaciones que mantienen pero en ningún momento se indica ningún rasgo físico, de aspecto o de vestimenta o se nos describen acciones. Es decir, aunque adopta más bien la forma de una novela corta dialogada esto no quita que además pueda adaptarse con facilidad al teatro y ser representada por una compañía teatral en un escenario. De hecho, Marie Ndiaye es una de las pocas dramaturgas francesas vivas cuya obras teatrales son representadas con asiduidad por la Comédie Française, ya que algunas de ellas forman parte de su repertorio habitual.

Aunque la obra se llama Hilda, la joven africana no es la protagonista estelar de la trama (o al menos no directamente) sino que se trata de un personaje invisible, sin presencia física en la obra pero del que se habla sin parar en las seis conversaciones (o actos) que mantienen Madame Lemarchand con el marido de su nueva criada (que no es otra que Hilda). Aunque ésta se autodefine como una mujer de izquierdas, lo cierto es que desde el principio considera a Hilda como un capricho, como una especie de muñeca con la que jugar, a la que debe de cambiar de ropita o de peinado, reeducar sus hábitos y costumbres; en definitiva, alguien dúctil que moldear a su antojo.

Aunque básicamente sean estos dos personajes los que dialogan a lo largo de seis capítulos o actos (a excepción de uno de ellos en el cuál aparece también la hermana de Hilda) en realidad, la actitud del marido de la criada es más bien pasiva, tímida y pusilánime. Quién lleva la voz cantante en cada una de estas seis conversaciones es la “dueña” de Hilda quien se manifiesta en todas ellas como una mujer con mucho carácter, parlanchina y avasalladora, a la que es muy difícil llevar la contraria. De hecho, “atormenta” al pobre hombre con unos largos parlamentos que éste responde con cortas afirmaciones o monosílabos, o dándole la razón como a las locas.

Lo peor Madame Lemarchand es que no actúa con maldad sino que en su discurso todo el trato – claramente vejatorio o inhumano – que infringe a Hilda le parece absolutamente normal y lógico; es más, en su opinión, toda la labor que ejerce sobre su criada de reeducación de hábitos y costumbres o esos cambios de aspecto físico o de indumentaria lo hace como una especie de obra de caridad. Sus afirmaciones ni siquiera suenan a justificaciones: ella actúa de esa manera porque piensa que es lo mejor para Hilda y que en realidad le está haciendo un favor. Por otro lado, considera del todo lógico que una persona se convierta en un objeto más de su casa, en propiedad, y se preocupa mucho cuando su criada no sonríe o no se muestra contenta trabajando para ella, considerándolo una ingratitud por su parte. Sobre Hilda, su dueña deposita una mirada “civilizada” que se nos muestra claramente racista, intolerante, manipuladora y esclavizadora para con ella. Pero lo más grave es que en ningún momento se percata de que está actuando de manera incorrecta sino que su visión sobre la relación que mantiene con Hilda, lejos de ser idílica al menos a ella le satisface y cree firmemente que con su actitud le está haciendo a su criada mucho bien.

Frente a esta mirada colonialista, la respuesta del esposo de Hilda no resulta tampoco valiente. Sus respuestas no son contundentes, sino la de alguien que acepta lo que le viene con un encogimiento de hombros, con resignación “cartujana”. No será hasta los últimos capítulos (o actos) cuando éste comience a reaccionar un poco y a mostrar su indignación, sobre todo a partir del momento en que se percata de que su esposa está siendo prácticamente “secuestrada” por Madame Lemarchand. Pero es demasiado tarde ya: sus quejas, protestas o lamentos resultarán absolutamente inútiles ya que ésta no parece dispuesta a devolverle a su esposa.

Enlazando con lo anterior, podríamos describir a Hilda de Marie Ndiaye como una historia de angustia creciente, muy bien dosificada a lo largo de la trama, hasta límites realmente inquietantes o kafkianos y que por esa razón la he disfrutado mucho y considero altamente recomendable.


22 mayo 2011

De lo sólido a lo etéreo

El País
Babelia
I. Lech
21/05/2011



Afrontar el desmontaje de un libro que ya anuncia en su sugerente subtítulo "de las ventajas e inconvenientes del arte para la vida", supone un estimulante ejercicio imaginativo que altera los espacios conceptuales. El pensador madrileño José Luis Pardo no defrauda con su readaptación de artículos que acometen la enrevesada tarea de revelar el sentido del arte en la sociedad actual. ¿Es más importante vivir que crear, debe el arte servir para estilizar la vida o hay que vivir de manera artística, o poética, que diría un extraviado vate? Ante ello Pardo defiende la separación entre Estética e Historia del Arte, es decir, la distancia entre la apreciación y la especialización y recala en la inextinguible desestetización, que no desestatización y más bien desnaturalización, del arte contemporáneo tras el exterminio por parte de las vanguardias históricas de cualquier agente contaminante sospechoso de patrocinar lo "bello", entendida la belleza como seducción de las masas, para abonarse al ciclo de reproducción de una apología del desamparo y de lo perverso.
La lenta pero tenaz disipación del concepto de una Estética hegeliana, o filosofía del arte, no ha conseguido sin embargo extinguir la brecha, cada vez más considerable de un arte libre y otro servil. Ante el sempiterno debate de la premisa burguesa del factor inútil (etéreo) de arte y por ello su "valor de cambio", frente a la técnica como creadora de cosas prácticas (sólidas), pero reemplazables, Pardo determina: "La obra de arte es un signo liberado de todo contexto determinado". Esto lleva a puntualizar que el arte no soluciona nada y que solo es capaz de conjeturar dilemas. A partir de este enunciado el autor plantea que la estética está comenzando a suplantar a la ideología en una época en que la política desideologizada asfixia al ciudadano con su banal representación del poder como empeño en la denegación de lo positivo y el enaltecimiento de la deshonestidad, de vicios y maldades a la espera de que todo le vaya peor al adversario para recolectar los despojos tras pescar con granadas. Pardo opta por la intertextualidad como motor de su discurso y en su trama adscribe desde los textos de Ernst Jünger al cine de David Cronenberg, sobrevolando los pensamientos de Michel Foucault, la herencia del artista Ramón Gaya, los motivos étnicos o las viñetas de El Roto. Frente a los malos tiempos para la economía, el mercado y la igualdad, compensan obras como Estética de lo peor, que indican esplendor para con el pensamiento divergente.

21 mayo 2011

«La trampa», de Emmanuel Bove

Revista de Letras
Joan Flores Constants
21/05/2011


Es posible que nuestros terrores infantiles, quizás por el hecho de producirse en una etapa en las que somos fácilmente susceptibles a las impresiones, sobretodo si éstas son de carácter visual más que conceptual, y supongo que debido a que no poseemos todavía las herramientas racionales para un análisis objetivo, queden alojados en nuestra memoria de forma indeleble; incluso años después, cuando ya hemos sido capaces de discriminar las amenazas reales y las imaginarias, podemos recordarlos, con huellas de ese escalofrío primario, sin la fascinación de la inocencia, pero aún con ciertos visos de peligro: lo que nos amedrenta no es la amenaza en sí, sino el recuerdo del efecto de esa amenaza en nuestra mente inmadura.

Proveniente del cine de las tardes de domingo y de la versión interplanetaria en alguno de los episodios de la serie original de Star Trek, sigo, no ya aterrorizado pero sí fascinado por las amenazantes arenas movedizas. Me parece recordar, aunque la cercanía a la obsesión que alcanzó el fenómeno en esa época tal vez altere mi recuerdo, que aparecían en multitud de películas, y lo que las hacía fascinantes no era el hecho de poder caer en ellas sino el de que, una vez apresado, el sujeto se enfrentaba a una terrible variedad de zugzwang: si se quedaba quieto, podía sobrevivir, pero si se movía e intentaba salir, se hundía rápidamente. Naturalmente, el exagerado maniqueísmo de los guionistas de la época daba siempre con el remedio adecuado: si era “el bueno” el afectado, siempre aparecía una cuerda o una rama salvadora; si era “el malo”, la “justicia poética” se encargaba de otorgarle un fin terrible.

La acción de La trampa (Le piège, 1945) transcurre en Francia, en plena II Guerra Mundial, cuando el país se halla dividido en dos: la parte Norte, la Francia “ocupada”, bajo administración alemana, y la parte Sur, la Francia liberada, administrada por el denominado “Régimen de Vichy”, una época de la historia reciente, y tema de multitud de novelas y ensayos, que el país no ha superado aún. Joseph Bridet, periodista, un hombre común, más asqueado del régimen colaboracionista que gaullista convencido, se prepara para escapar a Inglaterra y unirse a De Gaulle; con ese fin, recupera algunas amistades antiguas, bien relacionadas con el poder, para conseguir un salvoconducto. Lo que Bridet ni sabe ni puede adivinar es que esos contactos van a desencadenar una pesadilla que, al más puro estilo kafkiano, le conducirá gradualmente a la tragedia.

“Los acontecimientos justifican que cambiemos de costumbres. No debemos sorprendernos de nada, hoy en día todo es posible [...]. El tiempo de la facilidad, la consideración y las atenciones había quedado atrás. Era como si no hubiera acabado de comprender el sentido profundo de la derrota, como si hubiera seguido imaginándose ingenuamente que las cosas podían continuar igual que en una época normal”.

Bridet se encuentra atrapado en una red que forman las viejas autoridades, que deben, con sus hechos, mostrar su sumisión a la situación, y las nuevas, que necesitan distinguirse e imponerse a las antiguas. Al ser una situación aceptada, pues la ocupación fue fruto de un acuerdo y no una imposición del invasor (Francia no fue vencida: se rindió), nadie sabe con exactitud cuál es el proceder correcto. Sin embargo, la situación dista de ser tan diáfana, ya que el enemigo, un poder sin rostro, no se muestra de manera evidente y, además, la arbitrariedad del poder autocrático hace que ni siquiera esté claro cuál es la conducta adecuada: no hay manera de dilucidar la lógica totalitaria, y el hecho de ser inocente no es óbice para no verse involucrado o inculpado, y cualquier conducta, en un momento dado, puede llevar, debido al hecho de que los límites de la legalidad son extremadamente difusos, a ser detenido.

La referencia a Kafka, a El proceso, es indudable, pero el acierto de Bove es eludir el absurdo; con un tono de frío realismo y con una atención minuciosa al detalle, el autor va trazando una telaraña, o mejor aún, unas arenas movedizas, que acaban dibujando una desolada cartografía de la desdicha. A la desesperanza del perdedor por omisión, se une la indefensión del protagonista ante la amenaza que supone el hecho de ser encausado sin conocer los cargos y sin poder esclarecer si cualquier declaración puede redundar en su beneficio o en su definitiva pérdida.

“[...] por no se sabe qué misteriosos designios, cualquier situación puede darse la vuelta”.

A medida en que avanza la acción, la situación de Bridet empeora progresivamente; es cierto que las amenazas de prisión nunca acaban concretándose, pero los contradictorios anuncios de liberación tampoco surten efecto, y el juicio en el que es exculpado es invalidado; pero la espiral del horror ya ha empezado a girar y, una vez alcanzada la velocidad de crucero, nada puede detenerla: Bridet acaba confinado en un campo de internamiento con cada vez menos esperanzas, en un ambiente crispado por las amenazas y las elucubraciones de los compañeros de reclusión.

“En los momentos trágicos de la vida nada hay más agobiante que la zozobra de los que nos rodean. Hemos logrado, a fuerza de voluntad, apartar de nuestros pensamientos todo lo que puede aumentar nuestro temor y, entonces, nos encontramos rodeados de personas incapaces de hacer el mismo esfuerzo”.

La trampa es una novela excelente, imprescindible y, aunque compuesta en un época que parece lejana en términos temporales, con un tratamiento narrativo magnífico, una escritura despojada de cualquier manierismo con el fin de potenciar su carácter realista -consiguiendo de este modo, insisto, hacer más verosímil el horror, la angustia de la duda- y un desarrollo de la acción magistral. Pero, y más teniendo en cuenta que las heridas de la II Guerra Mundial permanecían todavía abiertas, es también un ajuste de cuentas con el horror de un pasado que Bove no quiere que se suma en el olvido; por esa razón, la novela posee también una vertiente crítica que ataca los cimientos del colaboracionismo, la miseria de la traición, la insignificancia del ser humano individual ante la trituradora de la realpolitik, y con un corolario que no caduca: la traición de los compatriotas es mucho peor que la agresión de los invasores.

17 mayo 2011

Hilda, Marie NDiaye



La editorial Barataria ha publicado la pieza teatral, Hilda, de la talentosa autora francesa Marie NDiaye, una de las voces más subversivas y comprometidas de la actual narrativa de este país. Su peculiar forma de entender la literatura, de digerirla, posibilitó que recibiera, en 2009, uno de los premios galos más importantes y prestigiosos, el Goncourt, gracias a la publicación de Tres mujeres fuertes (Acantilado, 2010), obra en la que su autora nos ofrece los relatos de tres mujeres supervivientes, y sobre la que directamente vierte el eco de su pensamiento, el mismo que concede especial atención a los excluidos y desarraigados, a los que son víctimas del silencio, sea éste de la naturaleza que sea.
Hilda es la primera obra de teatro que escribe esta autora, en 1999, e intuyo que este título es, en gran medida, responsable de que Marie NDiaye sea la única escritora viva cuya obra teatral ha sido incluida en el repertorio de la Comédie Française; pero también intuyo que el mérito de Hilda no queda aquí. A lo largo de seis actos, con diálogos precisos e incisivos, y una perspectiva ideológica contundente, Hilda elabora un retrato escalofriante sobre la situación de lo social en la sociedad francesa, retrato que permite al lector proyectar una geografía bastante fiel de la inmigración, de la miseria humana y los desposeídos en el continente europeo; una geografía que pasa ineludiblemente por la reflexión en torno al miedo al Otro, en cómo el inmigrante pasa a ser objeto o moneda de cambio, sobre cómo pasa a ser una simple propiedad; una firme reflexión sobre la condición del individuo contemporáneo.
NDiaye decide no quedarse al margen de los diversos acontecimientos que han sacudido a la sociedad francesa, en las dos últimas décadas, para denunciar –siendo consciente del poder de la palabra– la situación de la mujer inmigrante en este país. Y para ello utiliza la figura caprichosa y despiadada de Madame Lemarchand (personaje de gran complejidad psicológica y social), una mujer de la alta burguesía que ejerce su poder sobre su criada, un poder que tendrá efectos devastadores en la vida e identidad de Hilda, quien desde el momento que entra a formar parte de la casa de los Lemarchand se desvanece entre las palabras que la oprimen y asfixian, entre palabras que le indican cómo debe pensar, hablar o vestir. Palabras que le recuerdan, una y otra vez, que es un objeto más.
Sin grandes artificios, siquiera palabras rimbombantes, sin trazar grandes ideas, NDiaye muestra al lector lo que sucede al otro lado de la pantalla, eso que, en ocasiones, olvidamos que es real y acontece; situaciones terribles sobre las que no pensamos hasta que alguien no las señala, cuenta o narra.

10 mayo 2011

La trampa

El Ciervo
10/05/2011


Una tragedia servida a fuego lento. Bove es un mago de las palabras. Sabe cómo conducirlas y hacer que digan exactamente lo que él desea. Lo demostró en uno de sus primeros libros, Mis amigos, publicado en Pre-Textos. Admirable. Mejor, fascinante. Qué dominio del lenguaje. Qué estilo. Único. En esta ocasión, en La trampa, recuerda otras novelas relativamente breves y angustiosas como El proceso, de Kafka, o Bartleby el escribiente, de Melville. Una lectura encantadora, a pesar de su contenido dramático. Una pequeña obra de arle para retener cerca de todo lector de exquisiteces y otras delicias.

30 abril 2011

Miedos y traición en la ocupación nazi

La Voz de Galicia
Héctor J. Porto
30/04/2011

DOS NOVELAS MUY DISTINTAS INDAGAN LAS KAFKIANAS TENSIONES QUE SE DABAN EN LA VIDA DE LOS TERRITORIOS COLABORACIONISTAS.

La novela —y el cine— ha visitado con frecuencia los territorios ocupados por la Alemania de Hitler para glosar la heroicidad de los miembros de la resistencia, pero ha evitado recrearse en las actitudes colaboracionistas, las miserias cotidianas marcadas por el miedo a la delación, la traición, la rápida negación de los ideales propios para sobrevivir más holgadamente, el egoísmo, el abuso de poder de quien se ha pasado a las fuerzas invasoras... Es en este escenario donde se mueven —eso sí, de forma muy distinta y con planteamientos estéticos y objetivos divergentes— las dos novelas aquí concitadas, ambas de notable excelencia: Una comedia en tono menor (1947) de Hans Keilson y La trampa (1945) de Emmanuel Bove.
Keilson plantea un drama intimista y delicado con apenas tres personajes, en el que pone en juego los miedos de un matrimonio que acoge en su casa de forma clandestina a un judío. La historia se desarrolla en una pequeña ciudad holandesa que parece ajena a la guerra salvo por el lejano fragor del paso de los aviones aliados camino de Alemania o el ruido eventual de algún tiroteo. Y, sin embargo, los temores se adueñan de la vida cotidiana por mor de la insólita presencia del inquilino de la planta primera. Aunque llega a establecerse una relación intensa entre ellos, nunca alcanzan a comprender bien a su invitado hasta que una caprichosa jugada del destino —que acrecienta la percepción kafkiana de lo que les sucede— dará un giro copernicano a su condición.
A pesar de que comparten la inmediatez de la escritura y los hechos, y que ambas carecen detodo viso retórico o épico, La trampa se sitúa lejos de la exquisita sensibilidad de Keilson. Bove firma una novela de mayor carga política, de denuncia y con un fuerte carácter testimonial. Es la historia de cómo Bridet, un hombre que no acepta el régimen de Vichy y que, sin ser judío ni comunista, ni una verdadera amenaza, con su torpeza y sus miedos pone en marcha un perverso mecanismo —el de la burocracia colaboracionista— que lo llevará a mal término.
Dos auténticas preciosas joyas.

05 abril 2011

Una vida en la francia ocupada

Estado Crítico
Manolo Haro
05/04/2011


Lanzados a la búsqueda de consanguinidades literarias, se puede decir que La trampa de Emmanuel Bove (París, 1898-1945) puede considerarse hermana de El proceso de Franz Kafka. Su personaje, Joseph Bridet –otro Josef K.– se coloca en las precisas coordenadas espacio-temporales de la Francia ocupada, mientras intenta lograr un salvoconducto para cruzar hasta Londres y unirse al general De Gaulle. El infierno judicial y burocrático que entrevió e imaginó Kafka como antesala del mundo contemporáneo en su novela está presente en La trampa de forma dramáticamente palpable.

En el Hotel Carnot de Lyon, habitación 59, vive Joseph Bridet. Yolande, su mujer, lo hace en el Hotel d´Anglaterre de la misma ciudad. Algo va mal entre ellos. La guerra trae distanciamientos en la vida conyugal y en los intereses personales: ella quiere volver a París y reabrir su sombrerería; él, conseguir un 'ausweiss' (salvoconducto) que le permita salir de Francia. Con ese fin realiza un par de viajes a Vichy para tocar algunas teclas entre el funcionariado colaboracionista, apoyándose en la inestable cuerda de las identidades (pro-Petain o gaullista) en un momento en el que todo el mundo está bajo sospecha. Sus contactos no sólo no le dan respuesta a su petición, sino que hacen que comience a funcionar la desesperante e intrincada aleatoriedad de la burocracia policial y judicial en un sistema en el que nadie parece conocer los límites ni las leyes. A partir de este momento el círculo se va estrechando en torno al protagonista y el lector sigue, entre perplejo y alucinado, los avatares de este proceso. Su mujer es un contrapunto ante la desquiciante velocidad del relato: ambigua, serena y desasosegante, sigue al marido por el entramado de oficinas, salas de interrogatorio, juzgados y celdas, ofreciéndole una vez tras otra la esperanza de una liberación que no llega.

Aligerada de cualquier retórica vana, Emmanuel Bove sólo se permite unos breves apuntes cuando se trata de recrear el espacio. Su certero y preciso estilo únicamente quiere pintar las calles, los pasillos, las habitaciones, los cielos y las luces que cruzan el relato. Está más interesado en los personajes y en la acción que en la escueta tramoya que coloca tras lo que narra. Aquí la miseria moral no entiende de líneas de demarcación. El alma de colaboracionistas y de aparentes gaullistas está atravesada por la ocre y nauseabunda oscuridad de la traición y el beneficio propio. Bove en La trampa consigue meter en la coctelera a Kafka y a Ionesco, agitando el combinado con la velocidad de la locura. El bebedizo no deja al lector impasible, sino rumiando, cuando reposa lo leído sobre la almohada, con una sensación de que en la actualidad se sigue aún tejiendo con el mismo hilo el telón oscuro que cuelga en algunas arquitecturas represoras.

El encuentro sentimental entre un exiliado ruso y una criada luxemburguesa da como fruto a Emmanuel Bobovnikoff. Los pseudónimos Pierre Dugast et Jean Vallois Bove esconden al hombre que acabaría firmando sus obras como Emmanuel Bove. Su vida se movió al vaivén de la rueda de la Fortuna. Ginebra, Viena, Londres, Argel, París. Conductor de tranvías, camarero, obrero de la Renault, taxista. La peripecia literaria de Bove tuvo la bendición de Colette, Gide, Rilke, Max Jacob y Beckett. Como ocurre siempre en estos casos, hay que descorchar una buena botella de lo que sea para brindar porque las mesas de novedades recojan estos extraños meteoros. Si alguien tiene el arrojo de abrir sus páginas, le aconsejo que coloque bajo la aguja Ascenseur Pour l'échafaud de Miles. Se oye la respiración de Bridet.

03 abril 2011

Un decálogo de «falsas evidencias» según los economistas «aterrados»

La Voz de Galicia
Juan Arjona
3/4/2011

  • «La competencia financiera no produce necesariamente precios justos», advierten los autores de la declaración colectiva.
  • Las agencias de calificación «aumentan el riesgo de quiebra que habían anunciado»
  • El incremento de la deuda pública se debe, sobre todo, a la caída de los ingresos
Certeza clara y manifiesta de la que no se puede dudar: tal es la acepción más frecuente de la palabra evidencia, según el diccionario de la Real Academia Española. Pero no siempre lo que parece evidente, simplemente porque forma parte del credo mayoritario, resulta ser cierto. La historia está repleta de falsas evidencias, desde la proposición de que la tierra es plana —la evidencia nos dice que, de ser esférica, la gente se caería al vacío— hasta la antigua tesis que sitúa a nuestro planeta en el ombligo del universo. De hecho, el avance científico supone en gran medida una desautorización de nuestras percepciones sensoriales. También en materia económica y financiera se confunden a menudo los principios de validez universal con los preceptos que forman parte de esquemas de pensamiento hegemónicos. Ni siquiera la crisis ha debilitado los dogmas. «No se han puesto de ninguna manera en cuestión los fundamentos del poder de las fi nanzas», escriben Philippe Askenazy, Thomas Coutrot, André Orléan y Henri Sterdyniak, en la introducción a su Manifiesto de economistas aterrados. En su texto, hoy respaldado por más de tres mil profesionales de todo el mundo, los cuatro economistas «aterrados» enumeran y desmontan un decálogo de «falsas evidencias» financieras, a la vez que proponen 22 medidas alternativas.


LOS AUTORES Y SUS APOYOS
MÁS DE 3.000 PROFESIONALES FIRMARON EL MANIFIESTO


Elaborado por cuatro prestigiosos economistas franceses, el «Manifiesto de economistas aterrados» está encontrando amplia resonancia, hasta el punto de convertirse en uno de los libros más vendidos en Francia. En España, el folleto —62 páginas— ha sido editado por Pasos Perdidos, en coedición con Ediciones Barataria. Hasta el 22 de enero de este año, más de 3.000 profesionales, economistas en su mayoría, se han adherido al documento.
Philippe Askenazy (director de investigación del CNRS), Thomas Coutrot (especialista en temas laborales y miembro de la dirección de Attac), André Orléan (presidente de la AsociaciónFrancesa de Economía Política) y Henri Sterdyniak, los autores del manifiesto, dicen estar aterrados «por la mala gestión de la crisis por parte de los gobiernos» y denuncian diez falsas evidencias que, a falta de fundamento científico, solo sirven para justifi car las políticas neoliberales que están en el origen de la crisis económica. Al mismo tiempo, proponen 22 medidas para enfrentarse, desde una perspectiva distinta, a la recesión.

21 marzo 2011

Los borregos de Panurgo



Hay citas que no requieren explicación ni interpretación. Son tan nítidas que resuenan en las experiencias de cada cual. Una de ellas, inmortal, se debe al satírico francés por excelencia, François de Rabelais. Cuenta en el "Gargantúa" la historia de un viaje en un barco cargado de borregos, en que un tal Panurgo tiene un incidente desagradable con uno de los tratantes de ganado. Para vengarse, Panurgo compra un borrego que arroja acto seguido al mar. Desde allí, el animalito atrae con sus balidos a los demás borregos, que se arrojan tras él sin pensárselo dos veces y, claro está, perecen.
Todos sabemos que la acción descrita es frecuente y se puede aplicar a un buen número de casos: a lo que sucede en los partidos, en las elecciones, en la moda, en el arte, en los incendios de las discotecas, etcétera, o sea, en las situaciones inciertas, subjetivas o estresantes. Pero en estos tiempos, en que abunda todo eso, se ha rescatado la frase, no sin motivos, para describir el absurdo comportamiento de los mercados, esos que suelen presentarse como modelos de racionalidad y buen juicio. En la experiencia económica tenemos el tópico ejemplo de la "estampida del bisonte" que acontece cuando en una situación de pánico bursátil la manada sigue en tromba al primer ejemplar que sale disparado hacia ninguna parte. Pero lo de los borregos es más matizado y realista, me parece a mí, pues cuenta con el toque de mansedumbre con que la manada afronta su destino fatal.
Bernard Cassen, un economista lúcido, presidente honorario de ATACC, ha escrito al respecto un artículo con este título: "¡Todos al agua, como los corderos de Panurgo!" como modo de resumir la situación, más trágica que cómica, de los gobiernos europeos que siguen a pie juntillas la estampida que encabeza Ángela Merkel con la seguridad de ir derechos al matadero. No es el único que lo dice. En el "Manifiesto de Economistas Aterrados", otra obrita de la que recomiendo encarecidamente su lectura, otros economistas afamados, pero no borregos ni paniaguados, como Philippe Askenazy, Thomas Coutrot, André Orléan y Henri Sterdyniak, refieren lo mismo.
"Cualquiera que tenga un poco de sentido común -dice Cassen en su artículo- difícilmente comprenderá cómo, dentro de un conjunto económico tan integrado como la UE, una yuxtaposición de planes irracionales de austeridad con el objetivo de reducir la deuda pública podría llevar a un crecimiento de los países involucrados. Semejante ejemplo de pensamiento mágico da cuenta del desconcierto e incluso del pánico de los Gobiernos Europeos. Todos han claudicado ante Berlín, capitulando ante el más poderoso. El problema es que el modelo alemán no es exportable a sus socios, salvo que éstos busquen su autodestrucción. Un modelo que se basa en el estancamiento del consumo y en los excedentes comerciales, puede que interese a Alemania, pero arruina a todos los demás". A la propia Alemania, se podría añadir, como le sucedió finalmente a Panurgo.
La estampida provocada por la canciller no obedece solamente a una suerte de moralina, muy del gusto teutón, de que, ante todo, hay que ser austeros: son intereses a corto de la parte alemana. Pero, ay, los borregos la siguen a ciegas.
"Los Economistas Aterrados", por su parte, advierten de las falacias que han calado en la manada, tales como que los mercados financieros son eficientes (cuando no lo son y a la vista está), que favorecen el crecimiento económico (será más bien las remuneraciones de accionistas y gestores), que los mercados son buenos jueces de la solvencia de los estados (¿); que al alza excesiva de la deuda pública es consecuencia de un exceso de gasto (¿de quién, exactamente?); que hay que tranquilizar a los mercados financieros para poder financiar la deuda pública; que la UE defiende el modelo social europeo (¿), y otras cosas por el estilo.
Pero no hay nada que hacer si los borregos no lo ven. Hay incluso otras maneras más rápidas y electrizantes de morir. Enchufen por ejemplo Intereconomía.

Economistas aterrados, ciudadanos horrorizados

Canarias 24 horas.com
Santi Peña

21/03/2011



Si los economistas más progresistas que hay hoy en día en Europa se encuentran asustados, así lo han querido decir con un texto titulado Manifiestos de Economistas Aterrados elaborado en Francia, cuánto más no deberíamos estar los ciudadanos que pasamos la mayoría de las veces por despistados a lo que se son viene encima de forma aparentemente inexorable porque ya se sabe que la gran maraña de árboles que no nos dejan ver el bosque.
Este manifiesto se elaboró en septiembre de 2010 y en el momento que escribo estas líneas lo han suscrito 3.428 economistas que en principio muchos eran de origen francófono pero que gracias a la red se ha extendido por todo el mundo. Creo firmemente que la economía no es ni será nunca una ciencia completamente independiente de, por ejemplo, la sociología y que ésta se mueve más en los ámbitos de la creencia cuando no de la manipulación política más burda y descarada. Sin embargo textos como este me parecen no sólo pertinentes y valientes sino también necesarios porque no sólo denuncian el ámbito de la creencia en la que se mueve la economía formal sino que presenta soluciones que tienen que ver con la profundización de la democracia y de la transparencia que debe tener ésta. Mi exposición de más abajo no es la de criticar el texto en sí sino de clarificarlo en la medida de mis posibilidades. En muy pocas páginas se hacen afirmaciones que servirían para cientos de estudios serios y la densidad del texto es enorme pero aún así vale la pena leerlo con calma pensado cada uno de sus puntos por no decir de sus renglones. Para simplificar he condensado lo que se denuncia como 10 falsas evidencias en tres puntos: las que hablan de la falsedad de los mercados, las que señalan las falsedades sobre la deuda pública y las que hacen una crítica brutal a la Unión Europea.

Según este manifiesto los mercados no son eficientes (falsa evidencia 1), ni favorecen el crecimiento económico (falsa evidencia 2) ni son buenos jueces para indicar la solvencia de los estados (falsa evidencia 3). En nombre de los mercados se están sacrificando conquistas sociales, el bienestar social y económico de millones de personas, las prestaciones sociales a las que tenemos derecho en virtud de nuestra contribución a los gobiernos vía impuestos y, lo que es más importante, la garantía de transparencia democrática de nuestros gobiernos hacia la ciudadanía. Las agencias de calificación han entrado a saco en lo que se conoce como globalización y son una parte importante del problema en cuanto a que no son capaces de ser árbitros completamente parciales sino que tergiversan las evidencias en pos de las especulaciones que han entrado de manera brutal contra los estados y las deudas públicas. En forma de corolario el manifiesto propone al final de cada epígrafe, que llaman falsas evidencias, una serie de medidas que en este caso van a resumirse en un mayor protagonismo de los gobiernos y un control estricto en lo económico y financiero de los mercados de especulación financiera que tanto afectan a la economía productiva proponiendo desvincular a las empresas de la financiación financiero especulativa y restringiendo el uso que hacen los sistemas bancarios de los mercados financieros. La mayoría de estas medidas implican un fortalecimiento de lo público frente a las especulaciones opacas de los llamados mercados.

El núcleo central de este manifiesto se basa en la revisión de lo que significa la deuda pública pues hemos visto que después de la crisis inmobiliaria de 2008 que afectó a las hipotecas en Estados Unidos la crisis se ha traducido en una brutal especulación de la deuda pública de los países. Según este manifiesto las deudas de los gobiernos no se deben al exceso de gasto (falsa evidencia 4), señalando que es una creencia interesada que reduciendo el gasto público se reduzca la deuda (falsa evidencia 5), que es una falacia que la deuda pública de la actualidad sea una herencia a nuestros nietos (falsa evidencia 6) y que deba ser un imperativo tranquilizar a los mercados financieros (falsa evidencia 7). Está claro, la deuda pública de países como España no se debe a que se gaste de manera desmesurada en prestaciones sociales sino que la armonización fiscal a la que las grandes economías del mundo se han vistos obligadas por el imperativo neoliberal priorizan la bajada del impuesto sobre sociedades, el del patrimonio y de las rentas más altas por lo que tenemos que es la gran masa de ciudadanos la que financia el funcionamiento de los gobiernos en todo el planeta. La macroeconomía se ha reducido, de una manera muy perversa y malintencionada desde la etapa de Tatcher y Reagan, a un como si fuera la microeconomía doméstica de nuestros hogares y esto es una visión no sólo burda, simplificadora de la realidad sino que ha sido completamente nefasta. Los suscribientes afirman que la reducción del gasto público no sólo es malo para la actualidad sino que en el futuro implicará un agravamiento de la misma deuda pública. Con ello tenemos que se han establecido mecanismos de redistribución de la riqueza en sentido contrario al lógico: desde las clases populares hacia los grandes intereses del capital. Los corolarios a estos cuatro apartados van en la misma línea del documento y son la potenciación de lo público en la economía con un Banco Central Europeo que permita financiar los gobiernos de manera directa, el control de los mercados financieros recuperando el factor verdaderamente redistributivo que deben tener los sistemas fiscales, profundizar en la transparencia democrática e incrementar el gasto público en sistemas de protección por el empleo y en desarrollo de la educación, la sanidad y el bienestar social que están pasando a manos privadas y cuyo ejemplo más absolutos es la privatización de facto de las pensiones que se produce en España con la jubilación a los 67.

El manifiesto acaba haciendo un buen repaso a la Unión Europea que se ha convertido en un monstruo opaco y antidemocrático de liberalizar la economía puesto que no es cierto que la Unión Europea defienda un modelo social (falsa evidencia 8), ni que el Euro sea un escudo ante la crisis (falsa evidencia 9) ni tampoco que la crisis griega, luego la intervención de Irlanda, puede que la de Portugal y muy probable que la de España, haya significado una profundización de los mecanismos de solidaridad europeos (falsa evidencia 10). La Unión Europea tal y como está funcionando hoy en día es un mecanismo más de la imposición de los dogmas financieros neoliberales de la globalización y está sirviendo de correa de transmisión de este tipo de doctrinas sobre millones de ciudadanos. La rigidez del Euro, un entramado monetario hecho para proteger los intereses financieros mundiales que resta capacidad de acción no sólo a los gobiernos sino al propio Banco Central Europeo, ha acabado por favorecen un endurecimiento de las condiciones laborales de los trabajadores y unas bajadas salariales donde las desigualdades han crecido de manera exponencial. En este punto no puedo sino mirar con desprecio a un vende motos, que se las da de hombre de estado, como Felipe González y que desde sus privilegios como ex presidente y su poltrona en Gas Natural, pago a favores prestados en el pasado, todavía se permite el lujo de dar consejo a los millones de desfavorecidos que políticas como las que llevó a cabo siendo el primer presidente del PSOE produjeron. En 2009 los mercados financieros, a falta de otra cosa mejor con la que especular, han empezado a hacerlo con los déficits públicos de las economías mundiales que debido a la rigidez de tratados como el de Maastricht que obligan a los países a financiarse mediante los mercados atacando especialmente a economías de países débiles como España, Grecia, Irlanda y Portugal, las famosas PIGS en denominación del ultraliberal Financial Times y de aquel famoso artículo de los cerdos que creía poder volar, Pigs in muck. Las medidas que se proponen para el debate en este documento son las de poner coto a la libre circulación de capitales no sólo en el seno de la UE sino en todo el mundo, buscar un sentido común dentro de los países de la Unión que no sea la imposición de los principios neoliberales y sí la cohesión social y desarrollar una verdadera fiscalidad europea que vaya encaminada hacia lo público con un verdadero funcionamiento de la solidaridad interterritorial europea.

Los autores definen este texto no como algo dogmático y doctrinario, tienen claro que poner a multitud de países de acuerdo sobre estas medidas de adelgazamiento de las doctrinas neoliberales es complicado, lleva su tiempo y deberá tener múltiples vías y distintas velocidades, y lo que propone con este manifiesto es abrir un debate que libere a los Estados de la presión perversa de los mercados financieros. Hoy en día es casi una irreverencia afirmar que hay que dar marcha atrás en muchos supuestos avances que se hicieron en la imposición antidemocrática de la construcción de la Unión Europea para que tengan más protagonismo los ciudadanos y exista por vez primera cosas que nos parecen una entelequia como una democracia real, no ceremonial, y una transparencia absoluta en la toma de decisiones políticas. Este Manifiesto de Economistas Aterrados, sin ser un documento dogmático ni absoluto, es una buena base de partida para el cambio hacia un sistema más justo y equitativo y que un servidor, con todas sus carencias, ha querido hacer un poco más accesible al lector. Eso sí, sigo diciendo que su lectura es imprescindible no sólo para conocer la encrucijada en la que nos encontramos sino, lo más importante, como una guía para poder salir de ella.