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08 agosto 2011

Un paria de las Islas - Joseph Conrad

El placer de la lectura
Ariodante
08/08/2011



La portada de esta nueva edición nos avanza algo de lo que encontraremos en su lectura: la figura del pintor Gauguin, autorretratado con una de sus tahitianas esperando en el lecho. Tenemos la imagen del autoexiliado artista, que se enclaustra en una isla polinesia y trata de vivir y amar “como un salvaje”, como un paria, desde el punto de vista del mundo civilizado. En esencia, la narración de Conrad tiene este tema: el exilio –en este caso, forzado- de un blanco en plena jungla malaya, su amor por una indígena musulmana y la traición a su protector, a su propia cultura. Amor/odio, culpa/castigo, enfrentamiento racial y cultural…. Ideas todas ellas recurrentes en la obra del escritor.

Willems es un holandés protegido del capitán Tom Lingard, el rajá Laut, legendario marino que domina el comercio de la zona malaya, que le acoge como una más de sus adopciones, procurándole empleo y esposa, una mestiza portuguesa-malaya a la que detesta. Pero comete un desfalco, y una vez más ha de escapar, abandonando esposa e hijo; el rajá Laut le oculta en su escondido puesto comercial de Sambir, a las orillas del río Pantai. El lugar donde Lingard tiene las fuentes de su negocio, y que viene manteniendo en secreto durante años. Su lugarteniente, Almayer, otro protegido de Lingard, ve peligrar posición y futuro con la llegada del intruso. Mientras tanto, en asentamientos cercanos de antiguos piratas del río, el tuerto Babalatchi urde una intriga para enfrentar a los blancos entre sí –único modo de vencerles- y conseguir que el gran Abdullah, importante comerciante árabe se haga con el negocio de Lingard, hasta ahora intocable. Y el medio para todo ello es Aissa, la bellísima hija del ciego y viejo Omar, que ha atrapado en sus redes amorosas a Willlems.
Así que tenemos un doble eje: la pasional historia de amor, y a la vez, la de una traición. El enfrentamiento casi mesiánico entre Lingard y Willems, que Freud analizaría como la rebelión del hijo contra el padre, del deseo de suplantarlo, la lucha por el poder, y a la vez, la eterna batalla de los sexos: el insondable misterio femenino simbolizado aquí por Aissa, que apenas entiende las palabras de Willems pero tiembla al sentir sus caricias, y el poder de atracción que a su vez ejerce y perturba al holandés, cuya simple visión del pelo azabache resbalando sobre su cuerpo oscuro y brillante, le hace olvidar quién es.
Segunda novela de Joseph Conrad, (Berdyczów, 1857- Bishopsbourne, 1924) escritor polaco de nacimiento y británico de adopción, que nos narra en Un paria de las Islas –escrita en 1896- episodios de personajes ya vivos en su primera novela, (La Locura de Almayer, 1895) como el capitán Tom Lingard, Almayer y su hijita Nina, el viejo pirata Babalatchi, o el comerciante Adbullah. Sin embargo, la acción de esta novela transcurre en años previos a la época en que se sitúa la anterior. El propio Conrad, en una nota previa, escrita en 1919, se refiere a sus propias dudas al plantearse si debía seguir escribiendo o no; aún no tenía decidido por completo dedicarse a la literatura. También hace referencia a las personas reales que le inspiraron el personaje de Willems.

Estructurada en cinco partes, en las que primero nos presenta a los personajes y los hechos que llevan al exilio de Willems y su estallido de amor; después el desarrollo de la intriga y la preparación de la traición durante la prolongada ausencia de Lingard; en la tercera parte, el retorno de Lingard y el reconocimiento de los hechos; la cuarta, el castigo que el viejo marino impone a holandés: algo peor que la muerte, para un culpable: la vida. La vida, desterrado en soledad con su culpa. En la última parte Almayer, que teme un posible regreso de Willems, planea su particular venganza.
Podemos ya entrever los rasgos de personajes que irán surgiendo de su pluma, pero, sobre todo, intuimos las preocupaciones del marino Conrad en esos años precisamente en los que se plantea cambiar radicalmente su vida y abandonar la mar para asentarse en tierra y dedicarse a escribir. El escritor, tras su viaje al Congo remontando el río que inmortalizó en El corazón de las tinieblas, llegó al límite de lo que podía soportar en su vida errante, marinera y colonial. Y poco después echó el ancla en Inglaterra y en la literatura, para siempre. En la novela, tanto Willems –por su delito- como el propio capitán Lingard –por la traición- se ven compelidos a un cambio radical en sus vidas.

Imagen recurrente es la de la naturaleza, casi como otro personaje más: el impacto de esos atardeceres, la lluvia torrencial, el fragor del río, la exuberancia de color de la vegetación selvática, el canto de las aves nocturnas y el olor a tierra húmeda, son descritos por Conrad de un modo tan apasionado como si describiera un encuentro amoroso. También el choque entre razas, entre distintas lenguas: cómo Aissa intenta entender lo que le dice Willems, pero lo único que entiende realmente es su pasión. El encuentro entre sexos suele ser siempre oscuro y misterioso en la obra Conrad .El misterio de la mujer, tanto Joanna como Aissa representan un pozo insondable para Willems, como para todos los hombres; la presencia perturbadora de la mujer, de la hembra, genera todo un terremoto. La violenta reacción del holandés cuando ella aparece envuelta en el velo, para presentarse ante Abdullah le resulta incomprensible. Por otra parte, el amor paternal del capitán hacia el hijo pródigo que le traiciona, le compele al castigo, a la venganza, y ha de decidir la vida o la muerte. ¿Qué es más terrible, morir o vivir en la indignidad?

Con una nueva traducción correcta, si bien en algún punto mejorable, Barataria nos presenta un producto bien diseñado y maquetado, como suele ser habitual en esta editorial. Conrad siempre es bienvenido y esperamos que sea lectura obligada para todo buen amante de la literatura universal.

09 junio 2011

Del libro a la pantalla: «Un paria de las Islas»

Cine Archivo
Christian Aguilera
09/06/2011


Tan sólo había transcurrido un año desde la edición de su primera novela, La locura de Almayer (1895), cuando vio la luz la segunda de las obras de ficción de Joseph Conrad (1857-1924), Un paria de las islas (1896). Un tiempo relativamente corto que podría hacer pensar en la celeridad de Conrad por dar rienda suelta su vena de narrador, pero este juicio apriorístico queda desmentido por él mismo en la suerte de prefacio o introducción que acompaña la presente edición. Éste «culpabiliza» a su editor, Edward Garnett, por impelirle a escribir The Outcast of the Islands en un tiempo en que Conrad se encontraba en una «encrucijada» de orden personal (su voluntad por hacer de la navegación su modus vivendi) que finalmente resolvería a favor de la escritura, a la que se encomendaría a lo largo de una treintena de años. Tiempo que dedicó a moldear, a perfeccionar un lenguaje «difícil» de exportar, que trabaja desde el «interior» de los personajes. Si bien es cierto que aún faltaban por llegar las obras que le distinguirían como uno de los aventajados prosistas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX —Los duelistas, La línea de la sombra, El corazón de las tinieblas, Lord Jim—, en Un paria de las islas esa forma de articular sus escritos sobre la base de monólogos interiores, multiplicidad de puntos de vista narrativos y constantes saltos en el tiempo ya estaba en primer plano.
Se ha señalado que Joseph Conrad podría ser una especie de pionero en relación a la introducción de lo que hoy en día se denomina «modernismo literario». Pero por encima de estas valoraciones que tienen un poso de verdad, Conrad se sitúa como un punto de unión entre la literatura romántica servida por sus contemporáneos y algunos de sus antecesores, y los primeros escritores del siglo XX preocupados en refundir historias de un marcado cariz psicológico —en una época donde la influencia de Freud y sus acólitos de dejaba sentir en distintas disciplinas artísticas (pintura, cine, teatro y, cómo no, literatura, entre otras)— con una prospección en extremo realista. Algunos de los que se refieren con cierta displicencia a autores del sesgo de popularidad de Stephen King, quien cultiva el concepto de «literatura torrencial» —por su afán de recrearse en los más nimios detalles, dedicando numerosas páginas a tal cometido—, deberían pensar que éstos tienen en Joseph Conrad, al que hoy en día nadie discute su talento literario, uno de sus precursores más ilustres.

La adaptación «visual» de Carol Reed & William Archibald

Después de haber filmado El tercer hombre (1949), el título al que se le suele asociar, Sir Carol Reed con el concurso del guionista William Fairchild trató de ajustarse a la esencia del relato del escritor de origen ucraniano pero buscaron acomodarse a un lenguaje fundamentalmente cinematográfico en el que lo visual ganara peso frente a lo meramente narrativo. Es decir, el reto de El desterrado de las islas (1951) consistía en explicar la historia a través de las imágenes sin necesidad de hacer «ostentación» de un lenguaje oral extraído de las páginas del libro de Conrad que hubiera podido «minar» la credibilidad de la propuesta. El paradigma de esta manera de proceder reside en el personaje de la nativa Aissa (Kerima) —objeto de deseo por parte del «desterrado» Peter Willems (Trevor Howard)— que, si bien a través de la lectura de la novela conocemos al detalle cada uno de sus pensamientos, en el film representa una joven muda; su lenguaje corporal y la intensidad de su mirada ofrecen las pautas para que el espectador pueda traducir/interpretar lo que maquina su mente.
Varios fueron los temas que captaron el interés de Reed de la novela de Conrad y que, a la postre, le llevó a embarcarse en un proyecto que le situaba allén de las fronteras de su país de nacimiento. Precisamente, uno de ellos sería el retrato de un individuo desterrado, proscrito, fuera de la «jurisdicción» moral y social de su país de origen, toda una constante en su filmografía que repele cualquier tentativa de alimentar la figura del «héroe» de comportamiento inmaculado. Willems desarrolla, pues, el rol que en los films precedentes de la singladura profesional de Reed habían cumplido los personajes encarnados por James Mason (Larga es la noche), Ralph Richardson (El ídolo caído) u Orson Welles (El tercer hombre). Asimismo, se da pie en la novela de Conrad para que Reed integre a su propio ideario las relaciones paternofiliales sozujgadas por un vínculo no-biológico sino más bien condicionado por los avatares de la vida. Sin embargo, el cineasta británico no acaba por desarrollar a pleno rendimiento el potencial que tenía entre manos en cuanto al «protectorado» que ejerce el capitán Tom Lingard (un desdibujado Ralph Richardson cuya caracterización recuerda al Mister Arkadín encarnado por Orson Welles, el actor inicialmente previsto para dar vida a Willems) sobre su indisciplinado y altanero discípulo. Con la intención de entrar en materia, Carol Reed dejó en el aire las motivaciones del personaje de Lingard, centrándose en radiografiar el mundo «interior» y «exterior» de Willems, asumiendo la función de motor de la acción que conlleva una permanente fragilidad emocional debido a ese sentimiento ambivalente que ocupa y preocupa a aquellos representantes de la raza blanca dispuestos a hacer valer su hegemonía en territorios exóticos susceptibles de colonizar. Merced a ese juego de atracciones-repulsiones avanza el relato que tiene en la familia de Almayer —compuesta por un orondo e inmaduro Elmer (Robert Morley), su esposa (Wendy Hiller) y la hija de ambos, Nina (Annabel Morley)— a la que Conrad dedicó el núcleo de su primera novela —La locura de Almayer— otro de los puntos de anclaje para tomar la temperatura de esa ambigüedad moral que preside el comportamiento de esos extranjeros asentados en un territorio que juzgan como propio debido al origen del cual proceden. Todo ello se puede extraer de las segundas o terceras lecturas que contiene El desterrado de las islas; pero la primera, la que opera en la superficie, nos ofrece un relato de aventuras que bordea la perfección en su plasticidad visual, nada inusual si atendemos a lo excelentemente bien filmadas que están las producciones dirigidas por Carol Reed. Con una batería de técnicos auxiliares a su disposición que luego se erigirían en primeras espadas de la dirección fotográfica —Freddie Francis, Gerry Fisher y Ted Moore— los operadores jefe John Wilcox y Ted Scaife ofrecen un magisterio a la hora de extraer el más máximo del potencial de un escenario único, virginal que crea, a través del blanco y negro, una suerte de espacio irreal, incluso surrealista que resulta extremadamente cercano a la composición visual que uno pueda hacer al tiempo que lee a Conrad. Sin duda, solo por ello merece detenerse en esta poco conocida y arriesgada propuesta fílmica dirigida por un Carol Reed en estado de gracia

El sello Barataria traduce al castellano la segunda gran novela de Joseph Conrad, «Un paria de las Islas»

Europa Press
05/05/2011


La editorial Barataria, de la mano de Adriá Edo Moreno, ha traducido la segunda gran novela del escritor polaco nacionalizado británico Joseph Conrad, 'Un paria de las Islas', que se podrá encontrar en las librerías a mediados del mes de mayo.

En concreto, según resalta la editorial en una nota, la obra se acerca a "la exuberante naturaleza, con su misterio impenetrable, que se convierte en un fondo grandioso de la pasión que se desencadena temporalmente entre el blanco y la indígena, fuerza elemental y primitiva que al fin los aleja y los convierte en extraños, iluminando casi como un símbolo el hecho tremendo del aislamiento, de la soledad eterna que rodea a toda alma humana desde la cuna a la tumba y quizá más allá de la tumba".

Cabe destacar que Józef Teodor Konrad Korzeniowski, Joseph Conrad para el mundo de las letras, nació en Berdiczew (Polonia, actualmente Ucrania) en 1857, bajo el imperio zarista. En 1886 obtuvo la nacionalidad británica y la licencia de patrón de la marina mercante de ese país.

En torno a 1895 abandonó la vida del mar por la vida de las letras: su primera novela, 'La locura de Almayer', se publicó en 1895 y un año después se casaba y establecía en Kent, donde en quince años escribió en inglés, su tercera lengua, relatos y novelas que pronto se convirtieron en clásicos, como 'Lord Jim' (1900), 'Juventud' (1902), 'El corazón de las tinieblas' (1902), 'El agente secreto' (1907), 'Entre tierra y mar' (1912), 'Victoria' (1915), 'La línea de sombra' (1917) y 'La flecha de oro' (1919). En 1912 apareció su peculiar volumen de memorias, 'Crónica personal'. Conrad murió en Bishopsbourne (Kent) en 1924.

Ficha del libro

02 junio 2011

La invasiva densidad de Joseph Conrad

Calle 20
Jose Ángel González
02/0/2011


Nadie sale de Joseph Conrad (1857-1924) siendo el mismo. Su densidad es invasiva. Un paria en las islas contiene este segmento: «Miró sin ver nada, pensando solo en él mismo. Ante sus ojos, la luz del amanecer irrumpió por encima de la selva con la brusquedad de un estallido. No veía nada. Entonces, al cabo de un rato, murmuró con convicción, hablando consigo mismo a media voz, conmocionado por la intensidad de la idea: «Soy un hombre olvidado». Tan solo estas líneas deberían hacer inútil cualquier crítica, subyugar a todo amante de la narrativa... Lo demás es información prescindible: segunda novela de Conrad, editada en 1919, parábola sobre la transformación bajo el dictado cruel (y sabio) de la naturaleza... Un libro que salta sobre el lector «como lo hace nuestro señor, el tigre, cuando sale corriendo de la selva para salir al encuentro de las lanzas en poder de los hombres».

Ficha del libro


31 mayo 2011

Joseph Conrad nos habla de 'Un paria de las islas'

Papel en blanco
Sarah Manzano
31/05/2011



Aunque el mes ya se está acabando, aún me quedan algunas novedades de las que hablaros. Hoy os traigo Un paria de las islas, una gran novela de Joseph Conrad que quizás no sea tan conocida como otras de sus obras, pero que recoge el espíritu de su universo literario a la perfección. La encargada de recuperar esta maravilla es la editorial Barataria y su precio es 18 euros.

‘Un paria de las islas’ sería la segunda novela de Joseph Conrad y en ella nos acercamos a la historia de Peter Willems, un hombre inmoral que huyendo de un escándalo en Makkasar, busca refugio en una aldea nativa. Allí será acogido por sus habitantes, pero la naturaleza brutal de su protagonista no hará sino poner en peligro la supervivencia de sus benefactores. La lucha entre el bien y el mal, el extranjero visto como hombre peligroso, símbolos recurrentes en la literatura de Conrad, se verán aquí personificados en la lucha entre el hombre blanco y el nativo. Una lectura más que recomendable de cara al verano…

Joseph Conrad no es sino el nombre británico que adoptó el polaco Józef Teodor Konrad Korzeniowski. Nacido en 1857 en lo que hoy sería la actual Ucrania, a los diecisiete años se enrolaría como marinero y comenzaría a recorrer mundo. En 1878 se trasladaría a Inglaterra y pronto obtendría la nacionalidad británica y la titulación de patrón de marino mercante. Tras dedicar unos años a la marina, dedicaría el resto de su vida a su otra pasión, la literatura. Conocedor de varios idiomas, escribiría sus novelas en un inglés perfecto. De sus obras más destacadas podemos quedarnos con algunos títulos como El corazón de las tinieblas, Lord Jim o El agente secreto. Moriría en Inglaterra en 1924.

Tan sólo he leído de Joseph Conrad el relato corto Amy Foster, y lo cierto es que me encanta, lo he recomendado siempre a muchísima gente. Tengo por casa algunos títulos de él, pero lo cierto es que al final nunca lo leo. ‘Un paria de las islas’ se me antoja como lectura veraniega, para imaginarme en una isla paradisíaca mientras el calor aprieta. Eso sí, que las aventuras las corran los protagonistas, que yo me voy a dedicar a pasármelo bien…

Ficha del libro

25 mayo 2011

Feria del Libro Narrativa




Fue la segunda novela de Conrad. Ambientada en el archipiélago malayo, hay en ella aventura, intriga y misterio, pero también un análisis de la maldad, la deshonestidad o la traición. Por esos temas y esa bajada a lo más oscuro e insondable de los comportamientos humanos, Un paria de las islas – “la más tropical de mis novelas orientales”- prefigura el territorio narrativo de Conrad. Está aquí ese mar que tal vez debido a su salinidad, endurece por fuera, pero conserva la dulzura en el núcleo del alma de los que lo sirven.

La buena acogida crítica que tuvo transformó a aquel marino que escribía en un escritor profesional. Era 1897 y Conrad tenía cuarenta años y la firme determinación de dedicarse a escribir novelas con las que buscaba dos cosas: obtener reconocimiento público y exorcizar sus demonios personales y familiares.

Barataria la publica con una nueva y muy cuidada traducción de Adrià Edo Moreno.