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17 noviembre 2010

Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin


Libro a medio camino entre el género de memorias y la literatura de viajes, en Un paseante en Nueva York Alfred Kazin narra las andanzas de un adolescente (el propio autor) en el barrio de Bronsville, Brooklyn, Nueva York. La época recreada nos traslada a los años treinta del siglo XX, periodo de depresión económica y crisis general, especialmente en este suburbio, tan cerca, pero, a la vez, tan lejos de Manhattan. Un momento difícil en el diario vivir y convivir de familias judías, en su mayor parte, procedentes de Rusia. Poblada por emigrados de la Madre Patria rusa en manos de los bolcheviques, en la barriada de Bronsville la atmósfera está también dominada por las ideas socialistas y comunistas. Otro motivo para estimular el ávido instinto de observación y la curiosidad del joven Kazin. En las calles de alrededor, residen los italoamericanos y un poco más lejos los negros, cuando todavía no eran «afroamericanos».

Alfred Kazin, (Brooklyn, 1915-Nueva York, 1998), hijo de judíos emigrantes procedentes de Rusia, estudió en el City College de Nueva York y en la Universidad de Columbia. Su vida profesional estuvo repartida entre las clases en Harvard y Berkeley, sus numerosos artículos para diferentes revistas, como The New York Review of Books, sus libros de crítica literaria y obras autobiográficas como Un paseante en Nueva York (1951). Se le asocia al denominado New York Intellectuals, que reunió en la década de 1930 a un grupo muy activo de escritores y críticos como Edmund Wilson, Sydney Hook o James T. Farrel. Mantuvo una larga amistad con la filósofa de origen alemán Hannah Arendt.

Tras cinco años de investigación en la sala de lectura de la Biblioteca Pública de Nueva York, escribió On Native Grounds, el primer estudio serio de la literatura americana de 1890 a 1940. Otras obras de Kazin son: Starting Out in the Thirties (1965), Bright Book of Life (1973), The Portable Blake (1976), New York Jew (1978), An American Procession (1984), A Writer’s America (1988), Writing Was Everything (1995), A Lifetime Burning in Every Moment (1996) y God and the American Writer (1997). En 1996 le concedieron el premio Truman Capote por su labor como crítico literario.

En este mundo cerrado, crece Kazin, quien desea extender la mirada y respirar más profundamente otros aires. La instrucción básica y la educación sentimental las toma de las calles. Las aceras y calzadas, los comercios y las viviendas de los vecinos, la sinagoga y los corrillos en las esquinas, son la escuela y los maestros de la biografía personal del personaje. Todo el manantial de sensaciones y de palabras que recibe, tiene todavía que comprenderlo y asimilarlo. Necesita más tiempo y más espacio. Pero los sentidos de este cadete de la calle no pierden detalle, deseando probarlo todo, conocerlo todo.

Siente frío y calor cuando el cambio en las estaciones y en el calendario marcan los nuevos ciclos vitales, y con ellos las conductas y costumbres de la familia y el vecindario. El apetito y la curiosidad son insaciables en un muchacho que, al principio del relato, no piensa más que en perritos calientes, pasteles y sirope. Pero, pronto, a medida que va creciendo, prende en él la llama y la llamada de «la ciudad». Partiendo del «bloque», el microcosmos de Bronsville, Kazin emprende un viaje iniciático al «más allá», la gran ciudad, la Gran Manzana a la que desea hincar el diente, Manhattan, Nueva York.

En metro, en autobús, caminando, el muchacho viaja ya a diario al otro lado del río. El sueño americano del joven Kazin está en «la ciudad». El pasado debe quedar atrás. «De hecho, no es que me fuese demasiado lejos, sólo quería salir de Bronsville.» (pág. 11). Bastantes años después, el autor, ya maduro, vuelve al barrio, al bloque, por medio del recuerdo, teniendo la impresión de no haberse marchado jamás.

Narraciones nuevas, pues, que cuentan la misma vieja historia de siempre: la odisea del héroe literario, el ir y venir por el mundo, el regreso al hogar, lo cual no es otra cosa que el viaje alrededor de uno mismo. También significa, como el tejer y destejer de Penélope, el eterno retorno de la existencia.

Alfred Kazin, en bastantes momentos de la narración, logra transmitir con acierto el aroma de la nostalgia y del tiempo perdido, una emanación combinada de memoria, galletas saladas y charlotte russe, un bizcocho relleno de crema, remedo de la magdalena proustiana. Con todo, el autor de Un paseante en Nueva York no llega a consumar la destreza narrativa y la fuerza comunicativa de Henry Roth, Philip Roth o E. L. Doctorow en situaciones parejas, por citar sólo tres escritores con los que Kazin comparte background y ámbito ciudadano.

Hay que destacar la cuidada edición de Barataria, el amable formato y el tipo de letra elegido, las fotografías neoyorquinas incluidas al final, la maquetación de los capítulos con dibujos separando los capítulos, en fin, un producto estéticamente más que aceptable.

18 octubre 2010

Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin




Por más de medio siglo, Alfred Kazin (1915-1998) fue uno de los principales hombres de letras en Estados Unidos. Hijo de emigrantes ruso-judíos, se crió y estudió en Nueva York, en cuya Biblioteca Pública investigó por varios años su primer libro: En tierra nativa (1942; FCE, 1982), el gran estudio de la literatura norteamericana entre 1890 y 1940. Es también autor de Una procesión (1984; FCE, 1987).

Es la memoria de la infancia de un hombre en ciertas lejanas zonas de Brooklyn, hacia las primeras décadas del siglo XX. Su barrio, Brownsville, está habitado por inmigrantes judíos. Lo recorre caminando y recuerda: sus tiendas, la biblioteca, los lugares en la ciudad donde sus padres ven la magia de películas en una pantalla. El niño espía desde Brooklyn hacia Manhattan: "¡Allá! Más allá estaba 'la ciudad'".

Escrito cuando Kazin tenía 36 años, refiere con un lirismo duro y con una nostálgica atención a los detalles, como si de un sueño se tratara, el paisaje de su infancia: las historias que escuchó, los personajes que conoció, la exploración de su herencia religiosa, la reminiscencia de los olores y vistas desde el edificio donde vive. Ama las bibliotecas y allí

18 febrero 2010

Nueva York desde el gueto judío





Héctor J. Porto

La Voz de Galicia
Culturas
Sábado, 13 de febrero del 2010

Con un marcado carácter autobiográfico, el viaje en el tiempo que emprende Alfred Kazin (Brooklyn, 1915-Nueva York, 1998) a los años de su infancia y adolescencia en Un paseante en Nueva York no es solo un intento de recuperar el paraíso perdido de la inocencia propia sino también un ejercicio de reconstrucción de una ciudad que ya no existe, que en buena medidad ha desaparecido, la de la gran crisis, la de las décadas de los años veinte y treinta. Su regreso a Bronswille tras los pasos del gueto judío de Brooklyn -cuando se publicó el libro, en 1951, ya empezaban a ocupar la zona los afroamericanos- devuelve un retrato de Nueva York poco conocido, el de la pobreza, la inmigración del este europeo, las tienduchas, las cocheras, los obreros, las conversaciones ruidosas en la calle y los olores fuertes de los alimentos, de las cocinas, de la miseria.
Son orígenes humildes de la rutilante metrópoli estadounidense, cuando su dimensión era de algún modo familiar, como aquellos Nueva York que inmortalizaron grandes cronistas como Joseph Mitchell, E.B. White, Brendan Brehan o incluso Julio Camba. Salvo que Kazin, descendiente de familia ruso-judía, nos trae una pequeña porción muy concreta de la trastienda de la capital: donde pervivía con enorme fuerza la lengua yiddish, la cultura hebrea, donde los gentiles eran otro mundo, lejano y de evocaciones imprecisas, el mundo que aspiraban alcanzar todos los que querían dejar atrás la vida del gueto, tener éxito, mejorar.
Y Kazin triunfó, vaya si lo hizo. Llegó a ser una figura destacada en la comunidad intelectual neoyorquina, un crítico literario reputadísimo y un notable escritor que dejó algunos brillantes textos literarios como esta inmersión nostálgica, exquisitamente respetuosa con la dignidad de su origen familiar humilde, con las penalidades cotidianas de la clase obrera. En fin, un libro hermosísimo, una aventura para el buen lector.


12 enero 2010

Bilbao - La Pérgola


Por las calles de una gran ciudad

Un paseante en Nueva York
Alfred Kazin
Barataria. 192 págs.


En las últimas páginas de Un paseante en Nueva York hay poco más de una docena de fotografías que nos acercan a la Gran Manzana de principios del siglo XX.
Hijo de emigrantes judíos, Alfred Kazin describe esa ciudad que luego veremos fotagrafiada desde el punto de vista de un niño que vive en Brownsville, uno de los barrios más pobres de Brooklyn. Y lo hace percatándose de la paulatina perdida del patrimonio literario judío a través de un viaje retrospectivo por los años de la infancia, esos años en los que el niño lucha por aprender, por descubrise.
Son loa ños veinte, es tiempo de pobreza, y el autor se convierte en un caminante por la historia, por las calles de una ciudad en constante transformación.

Bilbao
Periódico Municipal
La Pérgola
Nº 244 Enero 2010



14 septiembre 2009

Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin

Un paseante en Nueva York. ¿Qué sería de nosotros sin las pequeñas editoriales? Barataria, editorial sevillana de nombre quijotesco, pone a nuestra disposición este libro delicioso, nostálgico, sentimental y entrañable. Alfred Kazin, que llegaría a ser uno de los más respetados y reputados críticos literarios estadounidenses, nacido en Brooklyn de padres judíos emigrantes de origen muy humilde, escribió «Un paseante en Nueva York» en 1951, relatando sus recuerdos de adolescencia, cuando estaba dejando atrás al niño que era y se estaba configurando el hombre que llegaría a ser.
Con una prosa concisa y sin embargo de gran potencia sugerente, Kazin construye un mapa de su memoria que se superpone con el escenario físico de sus recuerdos y sensaciones más esenciales y originarias. Son los años posteriores a la Gran Depresión, el socialismo está muy presente en la vida del joven Alfred -«yo me eduqué con la creencia de que la condición natural de los judíos era pertenecer a la clase obrera»- rodeado en Brownsville de trabajadores y familias empobrecidas por la crisis, emigrantes desesperados, víctimas del cataclismo del 29, luchadores cotidianos por una difícil supervivencia, que convivían casi resignados con la penuria, el hambre y la desesperación.
De las cuatro partes en que se divide el libro, me ha gustado especialmente la que lleva por título «La cocina», un hermoso homenaje a su madre, costurera en su propia casa, que fue quien realmente sacó a la familia adelante en aquellos meses terribles de crisis y desempleo: «fue mi madre quien, golpeando el pedal a veces silenciosamente, otras con fuerza, o con gravedad durante la guerra, me hizo percibir por primera vez el ritmo de la vida».
Los judíos de Brownsville medían su éxito en función del tiempo que tardaban en escapar de aquel barrio miserable, que luego sería ocupado por los negros. No debemos olvidar que en aquellos años era el yiddish la segunda lengua de Nueva York, aunque en su infatigable lucha por alcanzar a los gentiles el dominio del inglés y su uso cotidiano -incluso en casa- era una asignatura obligada autoimpuesta por esta tenaz comunidad. Kazin lo consiguió, y llegaría a la universidad: la igualdad de oportunidades de nuevo daba muestras de ser cierta. Y en este libro detallista y minucioso se relata aquél paso decisivo hacia la madurez, y el peso definitivo en nuestras vidas de nuestras familias, nuestro barrio, nuestras lecturas y nuestras primeras amistades influyentes.

Enrique Benítez
La Opinión de Málaga
Suplemento de libros
12.09.2009

27 agosto 2009

El Mundo - Un paseante en Nueva York - Alfred Kazin

Pasear por un Nueva York desaparecido - Eva Díaz Pérez
Hay libros de ciudades que son muchos mas que itinerarios, guías o inventarios topográficos. Sobre Nueva York se han escrito muchas obras y pesa en el lector el imaginario recreado mil veces en libros y palículas. Una circunstancia que a veces puede servir para eclipsar el alma verdadera de la ciudad. Un paseante en Nueva York (1951), de Alfred Kazin, es uno de esos libros diferentes, abrumadoramente nostálgico y en el que se reconoce un Nueva York que ya no existe, la ciudad fabulosa y miserable de la década de los veinte...


25 agosto 2009

Soitu - Un paseante en Nueva York - Alfred Kazin

Preparad las maletas - Tipos Infames


El primer «viaje imposible» es el de Alfred Kazin, para nada nada un atleta en busca de peligros en lugares a los que pocos han llegado antes, sino un crítico literario que comete la osadía de volver al barrio de su infancia, a Brownsville, y poner por escrito sus emociones y recuerdos.
leer artículo


08 julio 2009

Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin

Un libro para paladear; una obra para abrir los ojos a otras realidades no tan lejanas en el tiempo, y sin embargo tan extrañas para nuestra vida contemporánea. Una oportunidad de leer algo realmente diferente en la pléyade de copias repetidas hasta la saciedad de nuestro panorama literario.
Guillermo Arróniz López en el Libre Pensador (leer artículo)

29 junio 2009

Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin en El Placer de la Lectura

Estamos en los años treinta en la ciudad de Nueva York. La depresión económica hace estragos en todos sus habitantes, pero donde se hace más grave es entre la clase obrera. La vida de una familia judía de clase baja en el barrio de Bronswille será recordada por el hijo único Alfred, quien saltando desde la generación del abuelo, un judío ruso ortodoxo y pasando por la del padre inmigrante asimilado, será quien se convierta en el primer neoyorquino genuino de la familia Kazin. leer más

25 junio 2009

Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin en ENCUENTROS DE LECTURAS

Cada vez que regreso a Brownsville es como si jamás me hubiera marchado. Así comienza el primer capítulo de Un paseante en Nueva York, la memoria que escribe en 1951 Alfred Kazin de un paisaje -el de su barrio neoyorkino- y de un tiempo – el de su niñez y su adolescencia en un barrio judío y pobre de Brooklyn. Del metro a la sinagoga es el primero de los cuatro capítulos de un paseo que es más interior que exterior y que culmina en El verano: de camino a Highland Park.

Santos Domínguez

24 junio 2009

El NYC de las pequeñas cosas

Hijo procedente de judíos emigrantes procedentes de Rusia, el neoyorkino Alfred Kazin (1915-1998) fue uno de los críticos literarios más notables de su tiempo. Pero entre sus muchas obras destaca Un paseante en Nueva York, que Carson McCullers definió como obra maestra. Ahora la editorial sevillana Barataria la recupera.


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11 junio 2009

Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin


Aquel verano conseguí mi primer trabajo estable. Llevaba una bolsa de lona azul donde guardaba un libro para leer y recorría las calles del centro de Brooklyn bajo un sol abrasador recogiendo muestras para analizar de las farmacias y llevarlas a un laboratorio de la avenida Nostrand. Entre farmacia y farmacia había algunos parquecitos donde me detenía con frecuencia para leer. Recuerdo aquel tenue olor, que me recordaba a los cacahuetes rancios, impregnaba la cubierta azul del David Copperfield que siempre leía cuando trabajaba. Recuerdo también que, en ocasiones, cuando me distraía leyendo y me pasaba de estación, no me alcanzaba el dinero que el jefe me había dado para el metro y tenía que hacer a pie el resto del camino. Sin embargo, bajo aquel intenso calor, con la compañía del tintineo de los frascos envueltos en bolsas de papel de estraza y del tenue olor a cacahuetes que se colaba hasta en las grietas del asfalto, me entregaba a aquellas calles, me dejaba ir, absorber por aquel ambiente.
El intenso silencio y el calor que desprendían aquellas calles en verano eran los causantes de mi euforia. Cuando guardaba con sentido de culpabilidad el David Copperfield en la bolsa de lona,
echaba a correr pensando en el tiempo que había perdido y en lo que me diría mi jefe. Sin embargo, al rato acusaba el silencio veraniego que me daba de pleno en la cabeza, seccionándome y dividiéndome, como si solo la parte frontal de mi rostro fuese la que corría en busca de la siguiente farmacia que tenía apuntada en la lista, mientras mi espalda trataba de rezagarse por el camino. Al momento ya no debía ir a ningún sitio y tenía toda la tarde para pasear a mis anchas. Mi verano había llegado; mi tiempo había llegado por fin. Detrás de cada toldo de cada nueva farmacia reinaba una atmósfera impregnada de antisépticos, alcanfor y agua de colonia que se filtraba desde de los frascos del mostrador, desde el rostro bondadoso del tónico Father John, del tintineo de una cucharilla al chocar contra la tapadera de la fuente de soda, del burbujeo del agua de soda que brotaba de las espitas, de la rígida dignidad americana y de las chaquetas almidonadas de aquellos nuevos gentiles farmacéuticos. El interior de las farmacias, aquellas tardes de verano, parecía sellado herméticamente. Cuando dejaba atrás la cegadora luz exterior para entrar en una de ellas, me parecía nadar entre los juncos del fondo de un lago con los ojos bien abiertos.
Aquel día de calor, de interminable calor, paseaba por la avenida Gates cuando me di cuenta de que habían desplegado los toldos incluso encima de la estación El. Oí el borboteo del agua de una fuente en el patio de una escuela que había al otro lado de la calle; en uno de los laterales de aquel bloque había árboles alineados. ¡Qué calor no haría aquella tarde que ni el polvo se arremolinaba sobre las hojas de aquellos árboles! El asfalto ardía de tal manera que tuve que pasar por debajo de los toldos de las fruterías para poder respirar un aire menos ardiente y oler de los tallos frescos de apio colocados sobre los quioscos, el aroma del café en grano y los bizcochos que se horneaban en el interior. Cuando salí de nuevo al sol, cada mota de mica brillaba en el asfalto. De vez en cuando, aquellas calurosas calles se veían sacudidas por el estruendo seco y distante que procedía de la estación El. ¡Qué calor hacía aquella tarde! ¡Qué calor y qué silencio! Al bajar por aquella solitaria acera de la avenida Gates, todo se movía con tal lentitud que podía llegar a contar las gotas de sudor que mojaban el labio superior de una chica, los latidos de mi corazón retumbando en mis oídos desde el extremo de un largo pasillo cuando ella pasaba por mi lado, la agitación de sus pechos bajo la blusa, aquella blusa que brillaba al sol como una segunda capa de piel. Todo lo que me rodeaba, la ciudad entera, parecía dormitar. Había tan pocos paseantes que me parecía que los toldos de las tiendas se recogían al verme, extrañados y esquivos; me sentí más solo que nunca al pasar por aquella calle que tantas veces había recorrido dejando un rastro: siempre se me vertía el líquido de algún frasco mal cerrado.
Y entonces pasaba. Andando por aquella calle, no parecía haber otra cosa que yo con mi bolsa, el ardiente calor, la quietud del verano y el silencio que atravesaba para abrirme camino. Sin embargo, aquella sombra larga era yo, la música que sonaba en mi cabeza era yo, el enorme e indescriptible júbilo era yo. Me sentía tan feliz que no puedo decir qué sentía aparte del intenso calor. El sudor brotaba de cada poro de mi piel, refrescándome. Yo era yo, yo y yo; y, además, era verano.

ATENCIÓN: QUIEN COLOQUE ALGÚN OBSTÁCULO ANTE ESTA VERJA SERÁ MULTADO CON LA SUMA DE DIEZ DÓLARES. Cuando me sentaba en la escalera de incendios después de trabajar, el cielo se convertía en el espejo del libro que tenía en la mano. Podría haberle mostrado aquellas páginas a los tejados y haberlas leído de nuevo en las nubes que se deslizaban por encima de mi cabeza. Desde aquel lugar privado, todo lo que veía parecía salirse de su espacio y acercarse hasta mí como una sola línea de palabras que ardía a través de la página. Las cinco y media de un día de verano –a mi espalda puedo oler cómo vierten la sopa de verduras en la sopera–; esa hora que en pleno otoño nos dice que la escuela comenzará de nuevo y que en pleno invierno es tan oscura; ahora, en cambio, reluce tan intensamente que puede respirarse, y aspirar con ella el polvilllo ferruginoso que desprende el aviso colgado en la escalera de incendios. ATENCIÓN: QUIEN COLOQUE ALGÚN OBSTÁCULO ANTE ESTA VERJA SERÁ MULTADO CON LA SUMA DE DIEZ DÓLARES.

¡Mira qué luz hay! No importa que se te queme el culo en los alféizares de piedra de las ventanas, ni que el sol sea tan ardiente que te abrase las plantas de los pies cuando pisas las planchas de hierro, ni que cuando te levantas para estirar las piernas llegues incluso a marearte y caerte por esa escalera que lleva a la calle. No importa, porque una simple frase escrita en inglés te transporta lentamente, y lentamente te arrastra hasta esa página que, cuando finaliza, te obliga a detenerte para respirar y dejar la mirada perdida. El placer es tan intenso que se hace casi insoportable.