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01 junio 2011

Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (y II)

Nota 13, Así habló Vallejo (Y no le entendió casi nadie): "Luis Urquizo [sic] habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos. Trepida; guillotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete, depone algunas fintas; conifica [sic] en álgidas interjecciones las más anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el brazo, ríe: es patético, es ridículo: sugestiona y contagia en locura" ("Los Caynas", 71-72).

Nota 14, Más políticas de la Posvanguardia: Las poéticas de Emar, Macedonio, Vallejo y Adán son poéticas de la discontinuidad y de la fragmentación, así como de la negatividad y de la ruptura; los procedimientos que emplean (la descontextualización, la sustracción, la parodia, el sinsentido, la puesta en cuestión de la autoridad narrativa, la irracionalidad, lo inverosímil) varían de autor en autor pero les unen en un rechazo radical de las convenciones no sólo narrativas de su época. Este es todo el mensaje político de las vanguardias, y resulta de un descontento con el estado del mundo del que carecen las propuestas estéticas contemporáneas que reivindican el legado de la vanguardia. El resultado de esa apropiación es el de una vanguardia sin programa político, una vanguardia afirmativa de los valores dominantes cuyo Dios es el mercado, al que se ha entregado hace tiempo a juzgar por los sellos en los que publican sus principales representantes. Alguien llamaba a esto en una época "literatura de derecha". Éste también es el drama de la posvanguardia.

Nota 15, Vidas complicadas: Ninguno de los escritores mencionados tuvo una vida simple, pero la verdad es que casi ningún escritor la tiene: Pablo Palacio murió en un psiquiátrico a los cuarenta y un años; Martín Adán se recluyó en un sanatorio en 1960 a consecuencia de su alcoholismo y murió allí veinticinco años después; Juan Emar jamás vio editada su última novela. Ninguno de ellos supera sin embargo a Horacio Quiroga (1878-1937), quien, en una hipotética competencia por convertirse en el vanguardista latinoamericano que peor la pasó, se llevaría todos los premios: su padre murió en un accidente de caza, su padrastro se suicidó, dos de sus hermanos murieron de tifus, su mejor amigo murió cuando Quiroga le disparó por accidente, su primera mujer se suicidó después de una fuerte discusión matrimonial y la segunda lo abandonó y la aparición hacia 1930 de una nueva promoción de autores vinculados al vanguardismo acabó expulsándolo de la escena literaria.

Nota 16, Los silencios: Sin embargo, ninguna de estas tragedias es mencionada en las trescientas ochenta cartas que conforman la correspondencia del uruguayo, reunida por la joven académica y poeta española Erika Martínez en Quiroga íntimo[1]. Las cartas de Quiroga resultan fascinantes por lo que dicen y por la importancia de muchos de sus corresponsales pero también por los hechos que callan, uno de los cuales es la determinación del suicidio, que Quiroga cometió poco después de despachar la última de ellas. Aunque el escritor no habló en su correspondencia sobre los hechos más trágicos de su vida sí dejó testimonio de ellos al menos en una ocasión y de forma indirecta: en el silencio epistolar de un año y medio que tuvo lugar tras la muerte de su primera esposa; ese silencio y la ausencia de testimonios, cartas o fotografías, y la indeterminación incluso de la fecha exacta de su muerte, son paradójicamente lo que Quiroga nos ha dejado de ella.

Nota 17, París: La publicación de la correspondencia del escritor uruguayo se completa con la del diario que llevó durante su viaje a París de marzo y junio de 1900. Quiroga viajó a la capital francesa con la excusa de visitar la Gran Exposición Universal y conocer de primera mano la pasión francesa por el ciclismo, pero allí pasó penurias económicas, no pudo establecer relaciones duraderas y acabó aborreciendo la ciudad. Su rechazo a París fue algo más que una cuestión de simpatías. En su prólogo, Martínez sostiene: "Quiroga cambió las grandes lenguas de cultura por el castellano mestizo de frontera, el ocio burgués por la consagración al trabajo manual, la gran metrópolis por un pueblecito cercado por la selva". Quizás haya que felicitarse por el hecho de que al gran escritor rioplatense del monte y la selva y la naturaleza cruel la ciudad no le haya gustado, porque en la breve y malograda estancia en París, más que en los largos años de residencia en San Ignacio, está todo el origen de su obra.

Nota 18, Macedonio: Unos años después de regresar de París, Quiroga ejerció la función de justicia de forma heterogénea en una pequeña localidad del noreste argentino; allí conoció a Macedonio Fernández (1874-1952), que por entonces era juez. Macedonio fue un autor excéntrico y genial; la publicación de sus Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada (1929 y 1944)[2] es la que más cerca pone al lector español de una auténtica revelación. El escritor argentino produjo una literatura provisional y desmadejada producto de un recelo radical por la forma escrita: en ella, Macedonio se apropia de discursos de gran circulación social en su tiempo como el género epistolar, los anuncios publicitarios, la autobiografía breve, la causerie y el brindis público y los vacía de convencionalismos mediante la comicidad, la ironía sentenciosa y el absurdo. Su gran novela, Museo de la Novela de la Eterna, fue escrita, reescrita, anunciada, postergada y publicada fragmentariamente entre 1904 y 1952 hasta su publicación definitiva en 1967; en ese período tuvieron lugar varios movimientos literarios, incluyendo toda la vanguardia, y dos guerras mundiales, pero Macedonio continuó interesado en dinamitar las convenciones de la novela realista permitiendo la entrada en la literatura argentina de lo paradójico, lo insólito y lo poco convencional. Sin su obra, las de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ricardo Piglia no hubieran sido posibles, pero Macedonio, a diferencia de muchos autores que leemos como meros precursores de escritores importantes (y por lo tanto como autores de segunda categoría), tiene entidad y merece ser leído sin necesidad de invocar a sus sucesores.

Nota 19, Personas con las que podría confundirse a Macedonio Fernández en la Argentina si se lo llamara Fernández: Felipe Fernández, poeta y narrador; Guillermo Oscar Fernández, poeta; Mauro Fernández, poeta; Aníbal Fernández, jefe de gabinete; Adrián Fernández, portero de Banfield (1997); Adrián Gustavo Carucha Fernández, de paso risible por el Colo Colo chileno en 2004; Christian Román Fernández, seis partidos con Independiente de Avellaneda en la temporada 1992-1993; Cristian Gabriel Fernández, ex jugador de Racing de Avellaneda; Eber El Pájaro Fernández, jugador que, militando en Cerro Porteño de Paraguay, recibió una cachetada de Diego Armando Maradona en un partido amistoso contra Boca Juniors; Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la Nación; Fernando Fabián Fernández, dieciséis partidos en la Primera de Talleres de Córdoba de 1991 a 1993; Francisco Mate Fernández, jugó tres minutos en la primera división de Olimpo de Bahía Blanca en 2002; Cintia Fernández, modelo y actriz; José Manuel Fernández, treinta encuentros en Argentinos Juniors entre 1995 y 1996 y dos goles; Sergio Alberto Panchito Fernández, jugó cincuenta y dos encuentros en Rosario Central entre 1994 y 1997; Claudia Fernández, modelo y actriz.

Nota 20, Humorismo de Macedonio: Proviene de tres autores que menciona en uno de los textos de Papeles de Recienvenido, Mark Twain, Laurence Sterne y Ramón Gómez de la Serna, aunque también de cierto humor sentencioso y displicente que es propio de los primeros habitantes de la Argentina y puede leerse aún en su gauchesca: piezas como "Aniversario de Recienvenido" están entre los mejores textos humorísticos que se han producido en español.

Nota 21, Las novedades: Al igual que Papeles de Recienvenido, ni Escalas melografiadas de César Vallejo ni Un año de Juan Emar, Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio o el Diario de París de Horacio Quiroga son obras nuevas, pero su radicalidad las asemeja a los proyectos que en la actualidad reivindican la herencia vanguardista. Macedonio Fernández se anticipó a su tiempo al plantear cuestiones como la de la obra abierta y la intertextualidad y la concepción del lector como productor de sentido, sobre los que escribirían más tarde Julia Kristeva, Roland Barthes, Jacques Derrida y otros. El repertorio de innovaciones reivindicado en nuestros días por la posvanguardia ya fue empleado por estos autores, lo que actualiza la pregunta acerca de la novedad de aquello que reclama para sí esa etiqueta. ¿Qué pasa cuando las vanguardias atrasan, cuando los procedimientos con los cuales pretenden ponerse "por delante" del resto de los autores de su tiempo han sido practicados ya hace casi cien años, cuando (para decirlo de otro modo) su novedad ya no es nueva? Nada probablemente, excepto que (como sucede en algunos casos) esa novedad sea lo único que la posvanguardia tenga para ofrecer. En ese caso, el resultado es la inopia.

Nota 22, Saúl Yurkievich y la inopia: Ningún estudiante que coleccione los momentos más desafortunados de la crítica literaria debería olvidar al crítico argentino Saúl Yurkievich. En su libro A través de la trama. Sobre vanguardias literarias y otras concomitancias (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2007), el crítico argentino dijo, de un poema de Martín Adán, que en él "la poesía se recoge, se retira del mundo para fabular su quimera, para entrar en el otro reino que le es inherente -inherencia que toca la trascendencia, que a la caza da alcance-, para entrar en el milagroso reino de la imaginación soberana" (244); hablando de Ecuatorial de Vicente Huidobro, afirmó: "Descendida al fondo sémico, al tiempo y al espacio unitivos, allí donde el ritmo vocal reencuentra el bucal, la lengua, melificada por el placer oral y glótico, opera su regresión genética, abandona la estructura frástica por la sopa sonora" (53). No sabemos lo que todo esto significa, y quizás ni siquiera tenga sentido, pero justifica plenamente la decisión de tanto estudiante de filología que se pasa a veterinaria.

Nota 23, La tradición de la ruptura: Aunque resulte paradójico que los autores rupturistas de las vanguardias latinoamericanas hayan sido incorporados con tanta facilidad al mismo canon cuyos criterios de valor despreciaban y cuya existencia misma les resultaba inconcebible, que escritores como Juan Emar, César Vallejo, Pablo Palacio o Martín Adán sean leídos actualmente como miembros destacados de una tradición rupturista o anti tradicional y que esta tradición ocupe un lugar central en lo que llamamos la literatura latinoamericana, habla de cambios en los valores que determinan la incorporación al canon pero también de la riqueza y la solidez de una literatura que ha podido incorporar incluso a aquellos que procuraron socavarla.

Nota 24, Rescates, posibles explicaciones: Naturalmente existen razones principalmente económicas para este auge de los rescates en España, y esas razones están relacionadas con la pertenencia de las obras rescatadas al dominio público, lo que abarata considerablemente su publicación, ya abaratada en relación a otras épocas en virtud de la incorporación de nuevas tecnologías a la producción editorial. Otra explicación plausible se encuentra en esa precocidad y en la actualidad de las obras recuperadas, que a menudo superan a sus epígonos. Otra se halla en una cuestión generacional: los autores eran jóvenes a la hora de producir estos textos y sus editores a menudo también lo son y unos y otros comparten la muy sana intención de patearle el culo a un par de viejos; en ese sentido, una explicación alternativa se deriva del hecho de que la ruptura producida por estas obras genera la simpatía de editoriales cuyo carácter y programa alternativos les llevan a interesarse por obras situadas fuera del campo de lo establecido. Otra explicación plausible radica en el hecho de que, al menos aparentemente, la popularidad de los epígonos ha preparado a un cierto tipo de lector para el consumo de obras mucho más radicales que las que son escritas en el presente; una última explicación es que quizás, simplemente, la tradición rupturista de la literatura latinoamericana producida entre 1920 y 1940 es, con excepciones obvias, mucho más interesante y posee mayor calidad que la literatura iberoamericana posvanguardista producida en nuestros días. En el caso de que esto último sea cierto, como todo parece indicarlo, supongo que podemos comenzar a celebrar: aún nos queda por leer a Jorge Cuesta, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Gilberto Owen, Norah Borges, Arqueles Vela, Santiago Dabove, Hefrén Hernández, Vicente Huidobro y Felisberto Hernández (éste último rescatado recientemente en la Argentina) y a muchos otros, entre ellos los textos más importantes de los miembros de la vanguardia argentina de la primera mitad de los setenta: El fiord de Osvaldo Lamborghini, El frasquito de Luis Guzmán y La piel de caballo de Ricardo Zelarayán. Todos ellos surgen de una fuente que parece inagotable.

Nota 25, Bibliografía: En la ingente bibliografía de la vanguardia latinoamericana destacan el libro de María Bustos Fernández Vanguardia y renovación de la narrativa latinoamericana (Madrid: Pliegos, 1996), el de Carlos García y Dieter Reichardt Las vanguardias literarias en Argentina, Uruguay y Paraguay. Bibliografía y antología crítica (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2003), la antología de Mihail Grünfeld Antología de la poesía latinoamericana de vanguardia (1916-1935) (Madrid: Hiperión, 1997) y el extraordinario ensayo de Ana María Amar Sánchez "Literature in the margins: a new canon for the XXI century?". Ciberletras. 26 marzo 2007 . También el libro de Katharina Niemeyer ya mencionado. En todos estos casos, sin embargo, es pertinente recordar al lector las palabras que Martín Adán dirige a su amada en La casa de cartón: "¡Ah, Catita, no leas libros tristes, y los alegres tampoco los leas!" (88).


[1] Quiroga, Horacio: Quiroga íntimo: Correspondencia. Diario de viaje a París. Ed. y pról. Erika Martínez. Madrid: Páginas de Espuma, 2010.

[2] Fernández, Macedonio: Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada. Pról. Ramón Gómez de la Serna. Epíl. Jorge Luis Borges. Barcelona: Barataria, 2010.

[Publicado originalmente en Quimera 330. Abril de 2011]

Fichas libros

30 mayo 2011

Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (I)

El Boomeran(g)
Blog de Patricio Pron
30/05/2011



Nota 1, El Dedo de Dios: Algunos de estos rescates tuvieron lugar ya el año pasado, cuando la editorial barcelonesa Barataria inauguró una colección de vanguardistas latinoamericanos dirigida por la narradora chilena Claudia Apablaza. Una de esas obras, Un año de Juan Emar (1935)[i], es el relato de ese período de tiempo en la vida de su autor realizado a través de las entradas mensuales de un diario cuyos sucesos absurdos y extraordinarios ponen en cuestión la salud y la unidad de la conciencia del sujeto que narra: una figura resbala de una ilustración en un ejemplar de La Divina Comedia y queda tirada en la calle, el dedo de Dios se clava en la nuca del narrador, éste debe ser operado para que se le extraiga el auricular del teléfono que se le ha quedado pegado a la oreja tras una llamada y se producen otros prodigios que son narrados como si no lo fueran, lo que ha llevado a que algunos críticos comparasen a Juan Emar con Franz Kafka. César Aira, quizás el escritor que más le debe entre los latinoamericanos contemporáneos, lo comparó a su vez con Raymond Roussel y Witold Gombrowicz en su prólogo a la reciente edición de los cuentos de Emar por parte de la editorial argentina Mansalva, y describió su obra como "un surrealismo mecanicista y maniático".

Nota 2, Un cielo vanguardista: Si el fragmentarismo y la autoconciencia de Un año se proponen como el anticipo de la literatura que vendrá, La casa de cartón (1928)[ii] del peruano Martín Adán parece detenerse en el estadio previo a la vanguardia, en un malditismo y un decadentismo mucho más interesados en poner punto final a todo un período de la literatura que en adoptar las formas de una literatura futura. La casa de cartón no es tanto el relato de un verano en el balneario limeño de Barranco como el vehículo narrativo de una cierta mirada rompedora; bajo esa mirada el sol puede ser "un coleóptero, raro, duro, jalde, zancudo", una mujer es un "resorte vestido de jersey que saltaba de la caja de sorpresa del balneario peruano" y su "almita de educanda de monjas europeas" se abre "como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado mortal", en un despliegue de inventiva verbal que a duras penas puede ceñirse al argumento, si es que éste existe. Lo que La casa de cartón viene a contar es cómo se constituye esa mirada en las largas tardes indolentes de un balneario, en las que un viejo es "una bomba de aspiración y dos manos de párroco perdonadoras y joviales" y el cielo se afilia "al vanguardismo" y "hace de su blancura pulverulenta [sic], nubes redondas de todos los colores".

Nota 3, Aclaración: Aquí nadie se llama como dice hacerlo. Juan Emar es el pseudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi; Martín Adán, de Rafael de la Fuente Benavides; y a Macedonio Fernández los argentinos lo llaman sólo Macedonio, probablemente para no confundirlo con ningún futbolista apellidado Fernández.

Nota 4, Juan Emar (1863-1964): Fue un escritor y pintor chileno cercano al creacionismo de Vicente Huidobro y a las vanguardias europeas de las décadas de 1920 y 1930, en particular el cubismo y el surrealismo. Su obra comprende un libro precoz, Torcuato (1917), tres novelas breves y simultáneas, Miltín, Un año y Ayer (todas de 1934), un libro de relatos, Diez (1937), y un silencio público, resultado quizás de la incomprensión que generó su obra entre sus lectores, y un esplendor creativo completamente privado cuyo producto fue Umbral, una novela de cuatro mil páginas compuesta por cinco libros que sólo vio la luz en su totalidad en 1996, treinta y dos años después de la muerte de su autor.

Nota 5, El pasado: Ninguna época dispuso de tanto pasado, pero todas las que le sigan tendrán mucho más a su disposición; la afirmación es pueril pero puede ser esgrimida como una posible explicación a los rescates recientes de vanguardistas latinoamericanos. Juan Emar, Pablo Palacio, Martín Adán y Macedonio Fernández son relativamente desconocidos en España fuera de los círculos de especialistas y César Vallejo y Horacio Quiroga tienen ese prestigio difuso del escritor que es más comentado que leído, el escritor que es sólo su nombre. Que sus libros sean rescatados del fondo difuso de un pasado inabarcable y puestos a disposición de los lectores españoles es una buena noticia, pero ésta no debería ser recibida sin preguntarse qué lleva a que esos rescates se produzcan en este momento y no en otro; toda historia, incluso la literaria, es historia del presente, y parece pertinente interrogarse antes de continuar acerca de qué es lo que falta en la actualidad para comprender la necesidad de estos rescates.

Nota 6, "Posvanguardia": Aunque poco difundida, quizás la opinión más consistente en torno al problema que plantea la apropiación del legado vanguardista por parte de lo que llamamos los escritores "posmodernos" sea la de la profesora de la Washington University Elzbieta Sklodowska; para ella, nuestra época debería entenderse como una contestación a las vanguardias históricas, por lo tanto como una "posvanguardia", que recoge buena parte de sus innovaciones formales restableciendo una tradición interrumpida por las dos guerras mundiales. Sklodowska propone reemplazar el término "posmoderno" por el término "posvanguardista" para evitar confusiones entre el "modernism", término que incluyó a las propias vanguardias históricas, y el movimiento literario finisecular conocido en Hispanoamérica como modernismo, con el que no está relacionado. Que textos como Un año y La casa de cartón parezcan contemporáneos en su escepticismo ante las convenciones narrativas debería ser entendido pues como el resultado de un lazo invisible que reúne a las vanguardias y a quienes adoptan su legado, cuya dificultad principal radica en ignorar las dos guerras mundiales que han tenido lugar en el período que media entre unas y otros y la conciencia de que la mayor parte de las contravenciones a las convenciones narrativas han sido realizadas ya por los vanguardistas históricos.

Nota 7, Tensiones: La tensión que recorre la vanguardia y la posvanguardia es la que tiene lugar, en palabras de la crítica argentina Ana María Amar Sánchez, "between ‘high, experimental and politicized art' and ‘mass, consumerist and alienated' forms". La convicción de que el arte politizado ha agotado su reserva de sentido tras el fracaso de los proyectos utópicos del siglo XX supone la pérdida de uno de los elementos cuya tensión hacía productiva a la vanguardia. La posvanguardia es una vanguardia sin política, y este es uno de los grandes dramas de la literatura vanguardista del presente y una de las razones de estos rescates.

Nota 8, La cárcel del lenguaje: La narrativa más reciente comparte con el vanguardismo de autores como César Vallejo o Juan Emar una autoconciencia cuya consecuencia más desencantada y evidente es la afirmación implícita de que todo es lenguaje, que la lleva a poner el énfasis en las formas narrativas. Que todo es lenguaje es, sin embargo, una convicción presente ya en obras como La casa de cartón y en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio. En la primera de estas obras una mujer es "parecida a la b en las manos, a la n en los ojos, a la r en el andar, a la ñ en el carácter, a la k en el genio, a la s en la mala memoria, a la z en la buena fe..."; algo similar sucede en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930)[iii], en los que la narrativa parece escapar continuamente del control del narrador, movida por una potencia y por una lógica que son las del lenguaje. A menudo, el escritor ecuatoriano parece olvidar qué desea contar y se abandona a la pura invención lingüística, al retruécano ingenioso y a la reflexión irónica sobre la propia escritura. Allí donde consigue controlar al menos parcialmente su imaginación verbal, el resultado es extraordinario, como en "El antropófago", "La doble y única mujer" y "Relato de la muy sensible desgracia acaecida en la persona del joven Z".

Nota 9, Pablo Palacio: Nacido en la ciudad ecuatoriana de Loja en 1906, Palacio vivió tan sólo cuarenta y un años y sólo escribió durante once, en los que produjo dos novelas, Débora (1927) y Vida del ahorcado. Novela subjetiva (1932) y una tercera llamada Ojeras de virgen (1921) que ganó un concurso y cuyo manuscrito se perdió. En 1940 se internó voluntariamente en un psiquiátrico y murió allí en 1947. Su narrativa fue incómoda en su momento, y esto por dos razones: la primera, que se deriva de su adhesión a las ideas de izquierda y de su rechazo a acogerse a los cánones del realismo proletario y la novela indigenista, lo llevó a ser criticado por sus camaradas revolucionarios. La segunda se extrapola del estado de la novela en el momento en que Palacio produjo su obra, que el autor parodia en el relato "Novela guillotinada" al prometer que su novela que "se venderá a 7 pesetas" reunirá tópicos y lugares comunes como "Tocado con elegante sombrero de felpa", "La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios", "El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura", "Se sirvieron apetitosas truchas", etcétera. Que el lector pueda encontrar frases de este tipo en la narrativa actual, incluso en aquella que pretende pasar por vanguardista, es otros de los dramas de la posvanguardia, que, sin la política, apenas puede imitar las "‘mass, consumerist and alienated' forms" de la literatura y de las otras formas de circulación social de las ficciones. Lo propio del vanguardismo es el rechazo y la negación de formas funcionalizadas y comercializadas; lo propio de la posvanguardia es la producción de narrativas aparentemente alternativas pero que en realidad hace tiempo que están en el centro del mercado literario; éste no es un drama de la posvanguardia, desde luego: es su condición de existencia.

Nota 10, Emar y Adán, fragmentación, velocidad: Al igual que en Un año, la obra de Emar se caracteriza por una enorme autoconciencia, que lleva al autor a utilizar y desechar géneros principalmente fragmentarios y autoconclusivos. Aquí la mera contemplación del mar o de un edificio de apartamentos adquiere las características de una auténtica revelación, y el narrador no es sólo aquel que asume la autoridad sobre el relato sino también, y sobre todo, quien posee la facultad de verlo todo "por encima", mediante una visión aérea que lo deshumaniza y resta entidad a los sujetos observados ("los deudos, que marchaban a ambos lados de ella [la carroza fúnebre], iban ahí como hormigas, como hormiguitas, como hormiguititas... titas", 31) y cuyo antecedente quizás pueda encontrarse en los adelantos tecnológicos de la época, como sostiene Katharina Niemeyer en su excelente Subway de los sueños, alucinamiento, libro abierto: La novela vanguardista hispanoamericana (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2004), en el que analiza las obras de Arqueles Vela, César Vallejo, Xavier Villaurrutia, Pablo Palacio, Macedonio Fernández y el propio Juan Emar, a quien Enrique Vila-Matas sitúa "en la brillante constelación marginal de los marginados de la literatura latinoamericana" (9-10). Lo mismo sucede en el caso de Adán, cuya mirada no se detiene en los detalles o toma la parte por el todo que desea describir, como si no tuviera tiempo para más: "hombres que no son sino sus pantalones vacíos", mujeres "que apenas son una mano postiza en la cartera de piel de asno. Frailes que apenas son una arruga de una sotana" (61). Al igual que la de muchos vanguardistas, la literatura de Adán es la del aceleramiento de la percepción asociado a las nuevas tecnologías de locomoción de comienzos del siglo XX; así, a la vida de Miss Annie Doll, personaje de La casa de cartón, "había que remontarla en trineo y en aeroplano, en automóvil y en transatlántico" (28). Es también una mirada desencantada con un estado de la cultura cuyo paroxismo parecía ser la Gran Guerra y que resultaría la Segunda Guerra Mundial, de la que Adán también sería contemporáneo; el resultado de la aparición de la guerra y la muerte en la vida de los vanguardistas fue un curioso vitalismo, que llevó a Martín Adán a ordenarse a sí mismo, en otro pasaje de la obra: "Di lo que se te ocurra, juguemos al psicoanálisis, persigamos viejas, hagamos chistes... Todo, menos morir" (70).

Nota 11, Adán: Martín Adán (1908) siguió al pie de la letra su propio consejo: tras publicar La casa de cartón con sólo veinte años escribió una tesis doctoral en 1938 y ocho libros de poesía entre 1939 y 1973 (entre ellos el importante Travesía de extramares, 1950) caracterizados por la radical novedad del lenguaje y la adopción de formas poéticas convencionales como el soneto y una fuerte impronta filosófica, antes de que el alcoholismo y la pobreza lo obligasen a internarse en un sanatorio a comienzos de la década de 1960. Allí murió en 1985, después de un silencio literario de doce años.

Nota 12, La charca: "La vida no es un río que corre: la vida es una charca que se corrompe", escribió Adán en La casa de cartón, y no es improbable que César Vallejo (1892-1938) pensase igual en su celda de la prisión de Trujillo unos años antes. Durante una breve visita a su localidad natal, en 1920, Vallejo se vio envuelto en unos disturbios que le acarrearon una condena a ciento veinte días de cárcel; el escritor hablaría de esa experiencia en su extraordinario Trilce (1922), pero antes utilizaría el encierro para escribir los relatos de Escalas melografiadas (1923)[iv], cuya primera sección reúne estampas carcelarias en una disposición que sigue la de los muros de una celda. Los otros relatos del libro pertenecen al género fantástico y guardan vínculos importantes con los de Las fuerzas extrañas (1906) del argentino Leopoldo Lugones, deudores a su vez de los de Edgar Allan Poe y otros autores de lo extraño y lo maravilloso. En el primero de ellos un hijo regresa para rendir los últimos honores a la madre muerta, a la que sin embargo encuentra viva; en otro, dos amantes platónicos se unen en la muerte. A lo largo de extensos pasajes de estos relatos, Vallejo es agotador, pero su estilo (notablemente más cercano a la prosa poética que a la narrativa convencional) casi siempre es magnético; a pesar de su verborrea, siempre hay algo que Vallejo no dice y que queda escamoteado, y eso es lo que contribuye al efecto de sus relatos. Dos de ellos, "Los caynas" y "Mirtho", están entre los mejores cuentos fantásticos escritos en América Latina, dentro y fuera de las vanguardias y en cualquier tiempo.

[i] Emar, Juan: Un año. Pról. Enrique Vila-Matas. Barcelona: Barataria, 2009.

[ii] Adán, Martín: La casa de cartón. Pról. Vicente Luis Mora. Barcelona: Barataria, 2009.

[iii] Palacio, Pablo: Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930). Ed. Yanko Molina Rueda. Pról. Christopher Domínguez Michael. Madrid: Veintisiete Letras, 2010.

[iv] Vallejo, César: Escalas melografiadas por. Pról. Patricia de Souza. Barcelona: Barataria, 2010.

Fichas libros

[Próximo miércoles: Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (y II)]

17 noviembre 2010

Molaría que Martín Adán fuera el poeta de moda


Verán ustedes: Esta mañana me ha sido imposible desayunar. Pero cuando he llegado a casa mi amadísima Elisa Calatrava había hecho paella. Se me ocurrió sacar una botella de vino y me la he bebido casi entera, con paella, luego con queso parmesano y luego con mermelada de arándanos. Todo mientras veíamos un par de capítulos de Luther, una teleserie de la BBC. He acabado más borracho de lo que mis responsabilidades me habrían de permitir y no he corregido ni un solo examen esta tarde. ¡Cosas que pasan cuando la cafetería del instituto no está abierta y uno no puede hacer sus comidas a sus horas!

En cambio, he pasado toda la tarde dormitando y leyendo. En los momentos que he podido mantener los ojos abiertos solamente había una opción posible: La casa de cartón, de Martín Adán. La casa de cartón ha sido el único lugar posible donde pasar la tarde, solo se podía estar en ese texto, cualquier otro código de la realidad era completamente fugaz e ininteligible para mí. Abocado a un estado crítico como el de una borrachera tontorrona, uno solo puede salir adelante apoyándose en la complicidad que pueda reunir con el mundo, uno tiene que acudir a las primeras vanguardias peruanas si es necesario para poder tirar de sí mismo y encontrar la plasticidad necesaria para modelar una tarde plausible y practicable.

Pero uno no se encuentra con Martín Adán todos los días. ¿De dónde sale este tipo? ¿Este no es de esa clase de poetas que la Historia de la Literatura procura ocultar? ¿Por qué mis alumnos siguen sin leer a Martín Adán y, sin embargo, se insiste en que celebremos el aniversario del nacimiento de Miguel Hernández? Todavía seguimos sin entender la literatura española como toda aquella escrita en español, y así nos va.

Habrán comprobado que hablo de pocos libros de poesía. Para mí la poesía puede ser incluso mejor que un zumo de naranja (digo esto al tiempo que Elisa me trae un zumo para intentar recomponerme del todo, después de la borrachera y la lectura y una tos agarrada al pecho, ¡cuánto quiero a Elisa Calatrava!). He leído la suficiente poesía como para convertirme en un tipo que nunca está de moda. Los poetas que me gustan nunca son los más molones. No estoy a la última. No sigo a los jóvenes, ni tampoco a los carcas. Tengo a mis poetas favoritos, a los que en pocas ocasiones menciono, y no me da la gana de compartirlos. Esto es personal. Esto es lo que habilita completamente mi Historia de la Lectura Personal. Esto es demasiado personal.

Pero mejor me dejo de rabietas. Lo último que quisiera es parecer un outsider o un tío listo, por muy molesto que me sienta con el solapamiento de montones de tendencias poéticas en español dentro del siglo XX. Del mismo modo que la Generación del 27 ha destruido casi todo aquello que se acerque verdaderamente a las vanguardias históricas, la Poesía de la Experiencia ha invalidado por completo cualquier planteamiento de neovanguardia en las librerías. Si a uno ya le costó trabajo toparse, por ejemplo, con Juan Larrea o con Pedro Casariego Córdoba, imagínense todo lo que no me estoy encontrando en Visor, Lumen, etc, cada vez que me aparece una nueva antología de Altolaguirre o de García Montero. Acercarme a los estantes de poesía se ha terminado convirtiendo para mí en una suerte de tortura llena de pudor y autocompasión.

Ya no se trata solamente de leer a Vallejo, a Gelman o a Girondo. Con todo esto todavía hay chicas guapas con buen criterio y sensibilidad en el corazón y en los pezones que se dejan impresionar. Lo que me jode es que no puedo acceder a los libros de los estridentistas, por ejemplo. No puedo leer a Manuel Maples Arce o a Germán List Arzubide. Y como estos dos, un montón de casos en todo el siglo XX hispanoamericano. Y están ahí, dándole la vuelta al lenguaje y haciendo cabriolas que ya las quisieran todos los jóvenes poetas que salen ahora en los suplementos culturales y que tienen blogs y que también hacen fotografía o música o todo junto.

Aunque suene extraño, esta vez no pretendo ofender a nadie. No es eso. Es solo cansancio de ir a los estantes de poesía y no encontrar a los autores que deberían ser fundamentales en la literatura hispánica, porque son considerados como autores de riesgo. Todo este pataleo es mío y ya está. Cualquiera podrá decir lo contrario. Por ejemplo, yo mismo puedo decir lo contrario: Barataria está publicando autores poco conocidos de las vanguardias hispanoamericanas. Así ha llegado Martín Adán hasta mis manos. Del mismo modo que los otros dos o tres títulos de la colección han llegado hasta las manos de Elisa. Los vimos todos juntos y nos los llevamos todos juntos.

Discúlpenme el día que llevo. Siempre sueno demagógico, pero hoy parece como si lo estuviera siendo de verdad. Solo quería decir que molaría que Martín Adán fuera el poeta de moda, aunque solo fuera lo que queda de año. Después, ya encontraremos a otro pájaro a quien fotografiar de medio lado con cara de estar aquí pero no estar del todo. Si quieren me postulo yo mismo, poso muy bien en las fotos, de verdad.

18 octubre 2010

La tradición de la ruptura




Juan Emar, Martín Adán, Macedonio Fernández y César Vallejo integraron las vanguardias iberoamericanas. Las editoriales españolas apuestan por rescatar sus obras.

Quizás haya algo paradójico en el hecho de que los autores rupturistas de las vanguardias latinoamericanas hayan sido incorporados con tanta facilidad al canon cuyos criterios de valor despreciaban y cuya existencia misma les resultaba inconcebible; que escritores como Juan Emar, César Vallejo, Pablo Palacio o Martín Adán sean leídos actualmente como miembros destacados de una tradición rupturista o antitradicional y que esta tradición ocupe un lugar central en la literatura latinoamericana habla de cambios en los valores que determinan la incorporación al canon pero también de la riqueza y solidez de una literatura que ha podido incorporar a aquellos que procuraron socavarla. Una serie de rescates por parte de editoriales españolas devuelve actualidad a esa literatura. Dos de estas obras, Un año, de Juan Emar (1935), y La casa de cartón, de Martín Adán (1928), fueron publicadas ya en 2009 por Barataria.


LA CHARCA CORROMPIDA. Un año, de Juan Emar (pseudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi, 1863-1964), es el relato de un año de la vida de su autor realizado a través de un diario cuyos sucesos absurdos ponen en cuestión la salud y la unidad de la conciencia del sujeto que narra, situaciones extraordinarias que son contadas como si no lo fueran, lo que ha llevado a que algunos críticos comparasen al escritor chileno con Kafka. César Aira, quizás quien más le debe, lo comparó a su vez con Rousell y Gombrowicz y describió su obra como «un surrealismo mecanicista y maniático», muy diferente del malditismo y al decadentismo de La casa de cartón (1928), del peruano Martín Adán (pseudónimo de Rafael de la Fuente Benavides, 1908-1985). La historia de La casa de cartón es la de cómo se constituye una mirada en las largas tardes indolentes en el balneario limeño de Barranco. Martín Adán escribió que «la vida no es un río que corre: la vida es una charca que se corrompe», y no es improbable que otro de los autores recuperados recientemente, el peruano César Vallejo (18921938), pensase igual en su celda unos años antes. Durante una breve visita a su localidad natal, en 1920, se vio envuelto en unos disturbios que le acarrearon una condena a ciento veinte días de cárcel. Vallejo hablaría de esa experiencia en su extraordinario Trilce (1922), pero antes utilizaría los días en la cárcel para escribir los relatos de Escalas melografiadas (1923), publicados por Barataria. Dos de ellos, «Los caynas» y «Mirtho», están entre los mejores cuentos fantásticos escritos en América Latina.

LA VIDA DIFÍCIL. La narrativa más reciente comparte con el vanguardismo de autores como Vallejo, Adán y Emar una autoconciencia cuya consecuencia más evidente es la afirmación implícita de que todo es lenguaje. En los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930) (Veintisiete Letras), la narrativa parece escapar continuamente del control del narrador. A menudo, el escritor ecuatoriano parece olvidar qué desea contar y se abandona a la pura invención lingüística, al retruécano ingenioso y a la reflexión irónica sobre la propia escritura. Allí donde consigue controlar al menos parcialmente su imaginación verbal, el resultado es extraordinario y está entre lo mejor de la vanguardia latinoamericana, de la que Pablo Palacio (1906-1947) es un miembro marginal pero imprescindible. Ni él ni ninguno de los otros escritores tuvo una vida simple: Palacio murió en un psiquiátrico a los cuarenta y un años; Adán se recluyó en un sanatorio en 1960 a consecuencia de su alcoholismo y no volvió a salir de allí hasta su muerte, veinticinco años después; Emar jamás vio editada en vida su monumental novela (cuatro mil páginas) Umbral, publicada en su totalidad tan sólo treinta y dos años después de la muerte de su autor. Ninguno de ellos supera sin embargo a Horacio Quiroga (1878-1937): su padre murió en un accidente de caza, su padrastro se suicidó, dos de sus hermanos murieron de tifus, su mejor amigo murió cuando Quiroga le disparó por accidente, su primera mujer se suicidó después de una fuerte discusión matrimonial y la segunda lo abandonó. Ninguna de estas tragedias es mencionada en las trescientas ochenta cartas que conforman Quiroga íntimo (Páginas de Espuma). Resultan fascinantes por lo que dicen pero también por los hechos que callan, uno de los cuales es la determinación del suicidio, que cometió poco después de echar la última de estas cartas. La publicación de su correspondencia se completa con la del diario que llevó durante su viaje a París de marzo y junio de 1900. Unos años después de regresar de París, trabó contacto con Macedonio Fernández (1874-1952). Macedonio fue un autor excéntrico y genial; la publicación por parte de Barataria de sus Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada con prólogo de Gómez de la Serna y epílogo de Borges es la que más pone al lector español ante las puertas de una revelación. El escritor argentino produjo una literatura provisional y desmadejada resultado de un recelo radical por la forma escrita. Su gran novela, Museo de la Novela de la Eterna, fue escrita, reescrita, anunciada, postergada y publicada fragmentariamente entre 1904 y 1952 hasta su publicación definitiva en 1967; en ese período tuvieron lugar varios movimientos literarios, incluyendo toda la vanguardia, y dos guerras mundiales, pero Macedonio continuó interesado en dinamitar las convenciones de la novela realista permitiendo la entrada en la literatura argentina de lo paradójico, lo insólito y lo poco convencional. Sin su obra las de Borges, Cortázar y Piglia no hubieran sido posibles.

LA FUENTE INAGOTABLE. Macedonio Fernández se anticipó a su tiempo al plantear cuestiones como la de la obra abierta y la intertextualidad y la concepción del lector como productor de sentido, sobre los que escribirían más tarde Kristeva, Barthes, Derrida y otros. Una plausible explicación de su rescate se encuentra en esa precocidad y en la actualidad de las obras recuperadas. Una explicación alternativa se deriva del hecho de que la ruptura producida por estas obras genera la simpatía de editoriales cuyo carácter y programa alternativos les llevan a interesarse por obras situadas fuera del campo de lo establecido. Otra explicación plausible radica en el hecho de que, al menos aparentemente, la popularidad de los epígonos ha preparado a un cierto tipo de lector para el consumo de obras mucho más radicales que las que son escritas en el presente: una última explicación es que quizás la tradición rupturista es, con excepciones, mucho más interesante y posee mayor calidad que la literatura latinoamericana producida en nuestros días. En el caso de que esto último sea cierto, como todo parece indicarlo, podemos felicitarnos: aún nos queda por leer a Jorge Cuesta, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Gilberto Owen, Norah Borges, Arqueles Vela, Santiago Dabove, Hefrén Hernández, Vicente Huidobro, Felisberto Hernández y muchos otros. Todos ellos surgen de una fuente que parece inagotable.

10 marzo 2010

Dos excéntricos vanguardistas





Culturas
La Vanguardia
Miércoles, 10 marzo 2010
Mauricio Bach




Con encomiable espíritu arqueológico, la editorial Barataria inicia una colección dedicada al rescate de textos de la vanguardia histórica latinoamericana y la inaugura con dos novelas breves de sendos excentricos - en lo personal y en lo literario-, poco conocidos en nuestro país.
Lo de llamar a estos libros novelas implica utilizar el término en su sentido más amplio, de obra en prosa en la que se relata -aunque sea de forma más o menos difusa- una historia. Pero en ambos casos se trata de unos artefactos literarios cuyo interés fundamental no reside en la construcción de una trama o de un personaje central, sino en la plasmación de un cúmulo de emociones, referentes metaliterarios y arabescos lingüísticos. Y en ambos casos se constata que la vanguardia histórica, que dio buenos resultados en pintura o en poesia - hay hitos memorables en latinoamérica, desde el Borges primerizo hasta el Neruda de Residencia en la tierra, pasando por Huidobro, Vallejo o las más juguetones Ol¡verio Girondo o Nicanor Parra- , obtiene unos resultados más discutibles cuando se aplica a artes esencialmente narrativas como la novela.
Un año, del chileno Juan Emar (1893-1964), al que Neruda calificó de "nuestro propio Kafka", consiste en trece breves capítulos situados cada uno de ellos el primer día de cada mes del año, y el final en el último día de diciembre. Con un hilo argumental mínimo, el planteamiento hace pensar en los muy posteriores experimentos del Oulipo, sobre todo del gran George Perec. Pero Emar, más visionario y arrebatado, carece del elemento lúdico y el rigor constructivo del autor de La vida, instrucciones de uso.
El peruano Martín Adán (1908-1985), figura legendaria de la bohemia que pasó su vida entre los cafés y los sanatorios mentales, fue sobre todo poeta y La casa de cartón es una novela primeriza que relata el despetar a la vida, el amor y el erotismo de un joven que vive y pasea por una aburrida ciudad balnearia. Impregnado de referencias literarias, mas allá de la trama argumental, su verdadero valor está en los hallazgos lingüísticos del autor, que retuerce y exprime el lenguaje en busca de poderosas imágenes de raigambre poética: "El mar es un alma que tuvimos, que no sabemos dónde está, que apenas recordamos nuestra"; "en la taza de café del firmamento, flotará indisoluble, ingrávido, el terrón de azúcar de la luna".


04 marzo 2010

La casa de cartón - Martín Adán

Revista Quimera
Ex Libris
Magda Gutíerrez Ruiz

No podría haber un mejor comienzo para la colección "Humo hacia el sur",que dirige desde la editorial Barataria la chilena Claudia Apablaza. La casa de cartón, texto fundacional de las vanguardias latinoamericanas, es un bellísimo relato poético escrito por Rafael de la Fuente Benavides, un joven peruano de apenas veinte años que adoptó el atípico nombre de Martín Adán. Con el paso del tiempo, mientras se acrecentaba su leyenda en el mundo intelectual peruano -muchos lo recuerdan aún acodado en su silenciosa mesa y recibiendo la visita de autores como el propio Allen Ginsberg, a su paso por Lima -la melancolía innata del poeta lo fue llevando hacia la bohemia de la época y al alcoholismo, pasando sus últimos años internado en un sanatorio. La pieza que ahora rescata Barataria es tanto un apunte juvenil de anécdota mínima sobre la infancia en el balneario limeño de Barranco, como un espacio de ensayo en el que Adán empezaría a ejercitar algunos de los rasgos estilísticos que harían de su poesía una de las más reconocidas de la primera mitad del siglo veinte.


11 febrero 2010

El otro gran maldito del Perú

'La casa de cartón' muestra el acento poético del vanguardista Martín Adán, referencia latinoamericana de las nuevas corrientes del siglo XX y prosa exquisita e imaginativa.

Lucas Martín
La Opinión de Málaga

23.01.2010


Su estilo es el de un Artaud con fiebre, un Breton con posaderas de colono o un Jacques Vache después de la lectura de Paradiso o El Quijote. Martín Adán tenía el idioma de los inconformistas, de la palabra convertida en imágen.

A pesar de la preeminencia de autores vanguardistas e influyentes, la visión más extendida de la literatura hispanoamericana sigue poniendo el jalón en el 'boom' y en excepciones de dimensiones colosales como Rubén Darío, Sor Juana Inés de la Cruz o Borges. Más allá de las cruzadas individuales o levantiscas de la poesía, véase César Vallejo o los estridentes de México, los papeles oficiales condenan a un detestable vacío a la prosa de finales del XIX, acusada de colonial, estrenduosamente modernista, exótica, de damajuana y papagayo.
La miopía deja en los márgenes uno de los momentos más brillantes del castellano de ultramar, el de autores como Girondo, Macedonio Fernández, Artl, capaces, como decía el primero, de despojar al español de su apolillada levita. Las primeras decadas del pasado siglo vieron a algunos de los literatos más audaces del subcontinente, como Martín Adán, felizmente recuperado ahora con su novela experimental de juventud, 'La casa de cartón', editada por Barataria. Un libro que es un tratado de la renovación y el aliento fresco del talento americano, que sometió al idioma a unos usos de eco cervantino que en España, por la época, apenas tenían paralelo en Gómez de la Serna y, un poco, en Julio Camba.
Martín Adán se ganó la dieta y la fama de escritor ingenioso, irreverente, ácido, eternamente joven. Su libro evidencia como pocos lo que hicieron las vanguardias al amoldarse a las mejores frazadas del castellano. El volumen no es una novela al uso, sino un conjutno de textos en el que la palabra goza de autonomía y crea, a través de símbolos, de vehículos plásticos, un único conjunto apuesto y melancólico. Rafael de la Fuente, nombre real del aluvión peruano, no sabía construir frases sin convocar a la poesía. Su prosa, en estos tiempos de economía y limitación, es un auténtico imaginario de relieves, metáforas, juegos de percepción tan suntuosos como divertidos. Con eso, es suficiente. La novela está impelida por los aires de renovación de la época y se deja atrás la trama, se crece en la expresión en detrimento de la acción lineal y cotidiana, lo que en manos de Martín Adán no supone un defecto, sino un canto desesperado y una actitud de combate. Sin duda, el peruano no tiene nada que envidiarle a los 'terribles enfantes' del eterno Zurich.


24 enero 2010

La Nación







Colección rescata a los padres del “Boom latinoamericano”
Por Javier García / La Nación

Titulada “Humo hacia el sur”, el sello inauguró las ediciones de bolsillo con Juan Emar y Martín Adán. Ahora, acaba de publicar dos novelas de Macedonio Fernández y los cuentos de César Vallejo.

¿De quiénes nacieron los grandes autores del “Boom latinoamericano”? Es la pregunta que sirvió para el despegue de la nueva colección de la editorial española Barataria llamada “Humo hacia el sur”.
El sello, parte del grupo Contexto (donde destacan las editoriales Sexto Piso, Periférica, Nórdica, y otras) comenzó hace dos meses el rescate de autores claves de las vanguardias latinoamericanas del siglo XX. Los dos primeros títulos salidos son “Un año”, del autor nacional Juan Emar -con prólogo de Enrique Vila-Matas- y “La casa de cartón”, del peruano Martín Adán.
Dirigida por la escritora chilena Claudia Apablaza los seleccionados para la colección son “narradores que por el trabajo con las estructuras y contenidos narrativos establecieron un punto de inflexión con los escritores costumbristas y realistas de su época”, y para ser más precisos Apablaza dice que son “los padres literarios del ‘Boom latinoamericano’, que ejercieron una influencia en su obra, aunque luego escritores como Borges, Vargas Llosa o García Márquez desarrollaron una obra diferente de sus antecesores”.
“Humo hacia el sur” tiene proyectada publicar a dos escritores cada dos meses (en total 20 títulos). Y esta vez sus novedades son “Papeles de recienvenido y continuación de la nada”, de Macedonio Fernández y “Escalas melografiadas”, de César Vallejo.
Mientras se ofrecen en librerías de la Península, en abril los libros (de formato de bolsillo) serán distribuidos en Chile y Argentina gracias a la subvención del Ministerio de Cultura de España y la Agencia de Cooperación española.

NADA AL OTRO LADO

En cuanto al nombre de la colección, “Humo hacia el sur”, está tomado de la novela homónima de la escritora chilena Marta Brunet. Y sobre el libro, o más bien, los dos libros en uno que trae el volumen de Macedonio Fernández: “Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada”, incluye una nota de Ramón Gómez de la Serna y una “Despedida” de Jorge Luis Borges.
Ambos títulos fueron escritos de forma independiente por el autor argentino, pero publicados en un solo volumen en 1944. “Papeles de Recienvenido” es una especie de invitación para cualquiera que viene llegando al mundo de las letras con trazos de discursos. Y en el caso de “Continuación de la Nada”, se construye con fragmentos de escrituras, como cartas no contestadas y reseñas de vidas imaginarias.
El otro libro que aparece por la colección de Barataria es “Escalas melografiadas”, de César Vallejo. Conocido por romper con los cánones de la poesía en castellano, esta vez el poeta peruano es rescatado con su primer volumen de cuentos (con prólogo de Patricia de Souza), que escribió en su encierro en la cárcel, igual que su poemario más reconocido, “Trilce”.
Publicado en 1923, “Escalas melografiadas” se divide en dos partes: Cuneiformes y Coro de vientos, donde los temas son la justicia divina, el amor, el miedo a la locura, la muerte ante la soledad brutal del autor que murió en París con aguacero.

Javier García
La Nación
20/01/2010

23 enero 2010

El Universo







El gran puente
Leonardo Valencia

Decía Lezama Lima que a un gran puente no se le ve, acaso porque cuando caminamos por ellos no divisamos sus bordes perdidos entre la bruma. La imagen del poeta cubano siempre me resultó estimulante para abrir la perspectiva sobre la rígida idea de las raíces identitarias, que da por supuesto el suelo que se pisa y que, más bien, es un puente. Visto así, hasta las raíces me interesarían por ser nómadas, si no fuera porque las únicas raíces que me interesan son las etimológicas y las que cultivo en las macetas de mi balcón. Por su grosor y su asma y su monumental talento, Lezama Lima necesitaba grandes espacios abiertos a la imaginación, aunque los espacios apenas los tuvo, reducido al abandondo y la desidia de un rinconcito tolerado a duras penas por el gobierno de Fidel Castro, que destrozaba a sus mayores talentos convirtiéndolos en burócratas culturales o empujándolos al exilio.
Pero por ahora no voy a hablar de política, ya lo hacen muy bien los columnistas de estas páginas, y hay tantas izquierdas buenas que no vale la pena desgastarse en la mediocre o simulada como la que va quedando en el gobierno actual. Hablaré de puentes. No grandes como los de Lezama, que esos son suyos, sino de otros, tan chiquitos que tampoco se los alcanza a ver y que más bien parecen cuerdas tensadas sobre el abismo. O como quería Kafka: colocadas a ras del suelo para hacernos tropezar.
Una editorial pequeña y arriesgada siempre tiene el deber de hacernos tropezar. Aunque más preciso sería decir que nos sacuda para mirar bien por donde caminamos con lo que leemos. Pienso ahora en la editorial española Barataria, que vale tanto como la ínsula que Don Quijote le prometió a Sancho Panza, y que es una ilusión para seguir con la aventura, en este caso, de la escritura. El asunto es que editorial Barataria, combativa como ella sola con la cantidad de autores italianos progresistas que ha publicado como Fenoglio, Tondelli o Meneghello, ahora hace otra apuesta: la colección “Humo hacia el sur”, dirigida por la escritora chilena Claudia Apablaza. Y lo que nos cuenta esta colección son las señales de humo que se emiten desde América Latina que ahora pueden circular en España.
Acaban de publicar La casa de cartón, del peruano Martín Adán; Un año, de Juan Emar; Los papeles de recienvenido de Macedonio Fernández, y en breve volverán a editar a Pablo Palacio y a tantos autores más de las vanguardias latinoamericanas que, no hay que sorprenderse, no habían sido publicados en España. Por cierto, España no puede publicarlo todo. Cada vez se reduce a ser un país más entre los tantos en los que se habla y publica en español, pero es cierto que todavía sigue siendo el país que ayuda a tender hilos editoriales en medio del marasmo latinoamericano de no ponernos de acuerdo para liberar fronteras e impuestos sobre los libros. Y es por aquí donde los lectores ganan releyendo o descubriendo a toda una vanguardia que amplió el puente de la lengua, tan grande, tan vasto, que nunca se lo termina de recorrer.


El Universo
Guayaquil - Ecuador

19/01/2010

04 enero 2010

Encuentros de lecturas


Santos Domínguez

Martín Adán.
La casa de cartón.
Prólogo de Vicente Luis Mora.
Barataria. Barcelona, 2009.


Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras. Mi alma rusa de entonces, en aquel pueblecito de once mil almas y cura publicista, amparó la soledad de la muchacha más fea con un amor grave, social, sombrío, que era como una penumbra de sesión de congreso internacional obrero. Mi amor era vasto, oscuro, lento, con barbas, anteojos y carteras, con incidentes súbitos, con doce idiomas, con acecho de la policía, con problemas de muchos lados. Ella me decía, al ponerse en sexo: Eres un socialista. Y su almita de educanda de monjas europeas se abría como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado mortal.

Así comienza La casa de cartón, del limeño Martín Adán (1908-1985), impulsor de la vanguardia peruana, poeta y bohemio algo anacrónico, una llamativa mezcla de apariencia estrafalaria y prosa admirable.
Publicada en 1928, cuando su autor aún no había cumplido los veinte años, La casa de cartón representa en la prosa peruana lo que Trilce en la poesía: la irrupción de una vanguardia que, pese al ninguneo o las descalificaciones de la crítica oficial, acabaría con el regionalismo indigenista de las novelas de la tierra.
La casa de cartón, una novela de aprendizaje y de iniciación erótica adolescente, una novela lírica y descriptiva que refleja la capacidad poética de su autor y la intensa elaboración metafórica de su estilo, acaba de reeditarse en Humo hacia el Sur, la nueva colección de bolsillo que Barataria dedica a las vanguardias latinoamericanas.
Aparte de las virtudes literarias de su prosa excepcional, La casa de cartón contiene los rasgos formales y las actitudes que caracterizan a la literatura vanguardista: la provocación y el escándalo, la subjetividad, el fragmentarismo caleidoscópico y el esbozo, la discontinuidad espaciotemporal, las secuencias de escenas yuxtapuestas, la disonancia, el culto a la imagen, el juego metafórico, el humor, el mundo urbano, la exaltación de la velocidad, que contagia el ritmo de la frase:

Pero todavía es la tarde —una tarde matutina, ingenua, de manos frías, con trenzas de poniente, serena y continente como una esposa, pero de una esposa que tuviera los ojos de novia todavía, pero... Cuenta, Lucho, cuentos de Quevedo, cópulas brutas, maridos súbitos, monjas sorprendidas, inglesas castas... Di lo que se te ocurra, juguemos al sicoanálisis, persigamos viejas, hagamos chistes... Todo, menos morir.

El despliegue verbal e imaginativo de las descripciones, la anulación de la trama o el estilo envolvente que desplaza de su lugar tradicional a los personajes y se convierte en primer protagonista de la descripción de la vida en el barrio limeño de Barranco, son la antítesis de lo que proponía el costumbrismo mundonovista que constituía el canon de la novela hispanoamericana en el primer tercio del siglo XX.
Novelas como La casa de cartón rompieron ese canon indigenista y fueron preparando el terreno y ampliando horizontes que hicieron posible la aparición de la gran novela latinoamericana de la segunda mitad del siglo. Además de su valor estético, novelas como esta cumplieron ese decisivo papel histórico.

Encuentros de Lectura

03 enero 2010

ABCD


Arturo García Ramos

Relato y poesía se cruzan en este libro original y único, publicado por primera vez en 1928 y celebrado como un título fundador, equiparable en prosa a lo que Trilce había significado para la poesía. El extraño y también excentrico poeta que firmaba con el seudónimo de Martín Adán escribió en La casa de cartón un texto de altísima prosa poética que acusaba las experiencias vanguardistas, se negaba al argumento diáfano y compensaba esa ocultación con el simbolismo del lenguaje e imagenes destellantes, que apuntaba a la medula autobiográfica de su autor.
El protagonista es un joven que ama e imagina, un alma que despliega su antena al mundo y que acepta todo, «menos morir». Visión estática y extática, como las naturalezas muertas que distorsionan los cuadros cubistas, captadas bajo la mirada mágica, pero vaciadas de humanidad sensual. Sin trama visible, la emoción es de estampa, plasmada en imágenes que convocan lo irracional como puros juegos de imaginación infantil. Hasta en sus frases amargas la irreverencia del humor-niño atenua la depresión de metafísica soledad que desprenden las paginas de La casa de carton.


21 diciembre 2009

Encuentros de lecturas


Humo hacia el Sur es la nueva colección de bolsillo que Barataria dedica a las vanguardias latinoamericanas. En ella se van a ir publicando cada dos meses un par de obras de las vanguardias latinoamericanas que introdujeron la modernidad en aquella literatura y marcaron una transición imprescindible para renovar la novelística de Hispanoamérica. Se ha inaugurado con dos títulos: Un año, una novela breve de 1935, del chileno Juan Emar, al que Neruda consideraba nuestro propio Kafka, tranquilo y excéntrico, y La casa de cartón, del peruano Martín Adán, una novela lírica y descriptiva que refleja la capacidad poética de su autor y la intensa elaboración metafórica de su estilo.

Santos Domínguez

05 diciembre 2009

El Público

Lolita Bosch

Síntesis
«La casa de cartón» es la extraordinaria voz de un joven que narra, desde el balneario de Barranco, en la peruana ciudad de Lima, sin esbozar apenas una historia sólida pero juntando infinidad de recuerdos, amores y amigos que ha conocido y que lo conforman con un desconcertante conocimiento del ser humano.

El autor
Rafael de la Fuente Benavides (Lima, 1908 - 1985), alias Martín Adán, fue un hombre castigado, borracho y atormentado que terminó sus días en un sanatorio peruano y que se resumió a sí mismo en este verso: “¿Quieres tú saber de mi vida? / Yo sólo sé de mi paso / De mi peso /De mi tristeza y de mi zapato”.

Comentario
Esta es la novela imprescindible de un poeta. Un esencial homenaje a la libertad intrínseca del lenguaje en el que reconocemos otras voces: la de Manuel Maples Arce, Oliverio Girondo, Vallejo, Ribeyro, Rulfo… Un clásico que aquí apenas se conoce y que, con gran acierto, hoy recupera la editorial Barataria.

La cita
«De espaldas al sol, abro yo con la sombra de mi cabeza, un oscuro agujero capiciforme en la luz de cristal»

04 diciembre 2009

Humo hacia el sur

Escritor en Allak – Delirios pertinentes

Se dice de los pioneros que están locos, que son salvajes, e incluso se les acusa de cierta solapada actitud pendenciera, pero pienso que lo más destacable es su gallarda indiferencia; a hacer el ridículo, me refiero.
Y, aún más, su candor, su digna inocencia.
Los pioneros son los que van primero y no precisamente por vanidad, ni animados por una pura valentía rabiosa, qué va, lo que les mueve es el hastío frente al estado de excepción cultural de su época. Es decir: el aburrimiento. Estos pioneros son los mal tenidos por vanguardistas.
El vanguardista es un hombre sin alma, aquel que hace de la máquina su diosa, y así, esa máquina de la guerra que es el lenguaje, se convierte en su prometida. Su pluma insolente ha de buscar allá donde no se sabe qué hay: en el desierto. Y en el yermo imprevisto horizonte amplísimo es donde se afana en inventar sus más recónditas y benditas groserías lingüísticas.
Porque el buen vanguardista no se subyuga al terno de suave plumaje que adorna al laureado poeta y el digno ciudadano, ah, no, el escritor vanguardista le saca el pescuezo a la gallina por ver qué esconde dentro.
Y es que el buen vanguardista es necesariamente un orate. Aquel que se asombra con el milagro espontáneo del devenir libre del lenguaje. Y, por ello, del absurdo hermético del mundo.
Otra característica de los escritores vanguardistas es que deben ser necesariamente raros, pero no porque se lo propongan, sino por la disfunción con la que su mente –y consecuentemente, su prosa- divisan la extrañeza del mundo. Y así es como la exponen.
Pues su modo de utilizar el lenguaje juzga lo visionario, lo onírico y lo decadente como únicas humoradas posibles.
Estas son las coordenadas de las primeras vanguardias de los años veinte, las tenidas por vanguardias históricas.
De entre todas estas vanguardias, las menos conocidas tal vez hayan sido las latinoamericanas, y para ponerle remedio a este estado de cosas, nace la colección Humo hacia el sur. Se trata de una colección de necesaria estética funesta y bella negritud, como corresponde a los irredentos cadáveres hermosos, y están editados pulcramente por Barataria, al cuidado de la chilena Claudia Apablaza. Sus dos primeros títulos son La casa de cartón, del peruano Martín Adán y Un año, del chileno Juan Emar.
Comencé a leer la obra de Martín Adán en uno de esos días que se duplican, en los que uno lleva tal vez 30 horas sin dormir, echado en el sofá, con la magia nueva de la mañana y recuerdo que me pareció estupenda, excitante e inspiradora. Y, sin embargo, la vuelvo a leer ahora, en el alba del domingo, y me resulta incomprensible. Parafraseando al protagonista de la novela cuando dice que “no estoy seguro de mi humanidad”, se ha de asegurar que La casa de cartón no está segura de su ficcionalidad. Así, el libro es una evocación líricamente metafísica de la trascendencia de la mirada. De hecho, la escritura de Martín Adán, como corresponde al primer hombre fundacional de la vanguardia peruana, es un puro desconcierto de la memoria, de la que van surgiendo destellos poéticos en tanto que el protagonista pasa varios días en un sanatorio, profecía tal vez de los años finales de la vida real del escritor Martín Adán, que serían consumidos físicamente en sanatorios.
Hay en Adán una sobreestimación fabulosa de la poesía, y del poeta como ser supremo. Y de ahí surge la hermosura del libro, incomprensible como siempre es la belleza. La casa de cartón Perorata del Apestado de Gesualdo Bufalino, podría ser perfectamente una (pre)cuela de Un año, de Juan Emar, también parte de un engaño: un falaz diario anual, que consta de 12 capítulos tomando como base el día primero de cada mes. La estructura de dietario pronto muda a perfecta maquinaria de destrucción de sí mismo, de negación de cualquier simbología (por la vía de la inversión y la prosopopeya), de la lógica (anulando la necesidad de la estructura por el capricho temporal, o mejor, “atemporal”) y de la continuidad de la trama de la historia. La narración pues abunda en retruécanos, supersticiones vacuas y extrañas hibridaciones fantasiosas. Y es de ahí de dónde saca todo su humor descabellado. No en vano es conocido Juan Emar como el Kafka chileno (en palabras de Pablo Neruda). Un año cierra con un imposible viaje regenerador que hace el protagonista, en un barco llamado Orangután, hacia el sueño, y en el que le acompaña un enorme y amistoso alcatraz.
Tanto Emar como Adán mezclan en sus libros elementos tradicionales (incluso arcaizantes) y contemporáneos que al lector le resultarán tremendamente atractivos. Sus fustigamientos estéticos son una burla mesiánica principalmente hacia la convicción del orden y la dialéctica del clasicismo, que se manifiesta en una constante evidencia del artificio (explicitando que la unidad textual se consigue sólo por la voluntad del escritor), en la forzosa soledad del lenguaje (en cuyo seno es el poeta quien domina el abismo) y, en último término, en una confianza suprema en el hombre como instrumento de la modernidad.
Por ello son ambos libros delirantes, siguiendo el sentido que le da Vicente Huidobro en su Manifiesto de Manifiestos, diciendo que ““mientras que el ensueño pertenece a todo el mundo, el delirio pertenece a los poetas”.
El lector español encontrará que Emar es quizá más terrenal y Adán más áureo, pero sentirá que ambos podrían participar sin problemas de la greguería de Goméz de la Serna, que tan bien se conoce por aquí.
En estos momentos en los que en España se trata de reactivar el movimiento de vanguardia con el corolario de los así llamados escritores mutantes, encontrará el lector ibérico una oportunidad magnífica para descubrir las raíces polifónicas de una continuidad vanguardística y experimental que hasta ahora teníamos huérfana en las librerías de la península.

J.S. de Montfort.

29 noviembre 2009

Humo hacia el sur


Debo a la Claudia Apablaza el descubrimiento de Juan Emar. Ya daré más crítica-ficción sobre Un año, la "anti-novela" que ve acaba de ver la luz en la editorial Barataria con prólogo de Enrique Vila-Matas. Ahora dejo un blog que es dedicatoria a su memoria, para el lector curioso: Juan Emar/Umbral
Además de Un año, la nueva colección de Barataria con título Humo hacia el sur también nos presenta La casa de cartón, del escritor peruano Martín Adán. Prólogo de Vicente Luis Mora.

25 noviembre 2009

Humo hacia el sur


Así, en homenaje a la novela homónima de la chilena Marta Brunet, se titula la nueva colección que Barataria dedica a las vanguardias latinoamericanas.

El proyecto, dirigido por Claudia Apablaza, pretende ir publicando cada dos meses un par de obras de las vanguardias latinoamericanas con prólogos de un escritor español. Se trata de recuperar un eslabón olvidado con frecuencia: la ruptura con la tradición indigenista, realista y tardocostumbrista que promovieron las vanguardias en los años treinta. Una ruptura que hizo posible que algunos años después se produjese la primera explosión del Boom con Onetti, Borges, Asturias o Carpentier. Aquellas vanguardias latinoamericanas introdujeron la modernidad en aquella literatura y marcaron una transición imprescindible para renovar la novelística de Hispanoamérica.

Se presentaba la semana pasada en Sevilla en un cuidado y asequible formato de bolsillo con dos títulos: Un año, una novela breve de 1935, del chileno Juan Emar. Inadaptado y rebelde llama en su prólogo Enrique Vila-Matas a aquel Juan Emar al que Neruda consideraba nuestro propio Kafka, tranquilo y excéntrico.

La casa de cartón, del peruano Martín Adán, con prólogo de Vicente Luis Mora, es la otra novela breve con la que se abre la colección: una novela lírica y descriptiva que refleja la capacidad poética de Martín Adán y la intensa elaboración metafórica de su estilo.